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Había una vez, en una gran metrópolis, un sujeto extremadamente adinerado. Poseía todo lo que su excentricidad pudiera desear, cualquier antojo hallaba instantánea satisfacción gracias a su abultado bolsillo. Tal era su opulencia, que no había objeto e incluso persona que escapara a sus redes en todo el mundo conocido. Ni la justicia ni la moral eran capaces si quiera de desviarlo de sus objetivos, o de hacerlo pensar dos veces una acción. Pero como sabiamente se dice, nada se aprecia si no hasta que se pierde, y nada parecía satisfacerlo. Tenía el mundo a sus pies, pero no le era suficiente. Es esa probablemente una de las principales características del ser humano: el ser insasiable; nunca se posee, conoce o sabe lo suficiente. No quiero decir que esto sea malo o bueno, pues nadie puede decirlo a ciencia cierta, pero si de algo podemos estar seguros, es que en este hombre se podía ver la ambición más clara que en cualquier otro. Pues nada más le podía ofrecer el mundo, ya nada había aquí que él deseara, ¿cómo satisfacer entonces la natural ambición humana?, ¿cómo prevenir que ésta creciera descontroladamente hasta consumirlo?.

Su vida perdía rumbo, sin tener objetivo alguno (por haber ya conseguido todo lo que habíase propuesto). Nada había ya para él, nada que buscar, nada en qué empeñarse, nada por lo cual vivir. Sin embargo, si no quedaba nada, ¿por qué sentía aún aquella ambición?, ¿qué era lo que aún podría faltarle?, ¿aquello que por más que buscaba, ni si quiera sabía qué es lo que era?. No podian ser aquellas cursilerías sentimentalistas, habiendo él ya pasado por ellas. Necesitaba llegar más allá que cualquier otra persona antes lo había hecho. Nunca nadie había tenido tanto como él, por lo que nunca nadie había deseado aquello como él lo hacía. Ésta realidad le era insuficiente, no se hallaba a su nivel, la había hacía tiempo superado. Mientras se mantuviera así, nada le esperaba más que la eterna y silenciosa muerte, o el abrupto suicidio.

Estaba claro que ni su dinero ni nadie podría satifacerlo, ninguno de los pensadores conocidos lo había logrado tampoco, fallando también toda clase de religiones y esotéricas sectas. Debía buscar más allá, más lejos de lo que cualquier otro había intentado. Solo podría hallar la respuesta a su pregunta, a su búsqueda, fuera de este mundo.

Los preparativos se llevaron a cabo, y uno por uno se realizaron desde los más macabros hasta los más sutiles y diáfanos rituales invocadores. Miles de ángeles, demonios, serafines y potentades fueron llamadas por su nombre, antes de que al menos uno apareciera. Cuando las esperanzas comenzaban a flaquear, el tan esperado milagro se llevó a cabo. Un ser, de aspecto amenazador pero incorpóreo, hizo su aparición en la sala que tantos dibujos, nombres y rituales había presenciado, pero nunca antes un ser como aquel. Su sola presencia hacía temblar el mismo aire, y su mirada parecía atravesar incluso a las personas, cual frágil cristal trizado.

Tras un breve momento, en que el pudiente invocador miraba no menos extasiado que sorprendido a la inclasificable criatura, ésta habló claramente, como si sus palabras viajaran directamente al pensamiento de su interlocutor. "Puedo darte lo que quieras, pero todo tiene un precio", dijo, con una voz que más parecía pensamiento que sonido. "¿Sabes tú lo que quiero?, muéstramelo y te daré lo que desees: desde sempitermas montañas, hasta los más poderosos ejércitos", respodió el aludido, no pudiendo disimular su excitación. "Nada de lo que posees me interesa, ambiciosa alma, más que tu felicidad. Aquello es lo único que de tí deso" interpeló la criatura. Ésto tomó al sujeto por sorpresa, ¿cómo podía aquella criatura pedirle jústamente lo que no tenía, y buscaba conseguir mediante el cumplimiento de su deseo?. Por primera vez se sintió pobre, incapaz de pagar un precio, tan alto que probablemente nadie estaría dispuesto a pagar. Pero había aún una paradoja, una pregunta que surgía de este inesperado acontecimiento: ¿qué sería aquello que la criatura le mostraría, tras darle su felicidad? ¿qué sería entonces lo que buscaba, si al parecer no era la felicidad misma?, ¿qué podía ser aún mejor que ello?. "Me fijas un precio demasiado alto, aún para mi", dijo el sujeto "pero si bien ahora no puedo satisfacerte, si que lo lograré dentro de poco, y entonces habremos de hablar nuevamente". La criatura pareció erguirse y crecer de estatura, su porte y apariencia eran ahora aún más descomunales. "Entonces habré de volver, humano, cuando estés listo para pagar mi precio", alcanzó a oir el sujeto antes de que un destello cubriera toda la habitación y se llevara a la criatura consigo.

Muchos años le costó al adinerado conseguir con qué pagar el precio de la criatura. Al principio se sentía desorientado, sin saber cómo conseguir aquello que tanto ansiaba. Pero la esperanza de conseguir felicidad lo mantenía vivo y en este mundo. Su meta, antes difusa y lejana, era ahora clara y bien acotada, si el precio era tal, significaba que podía ser conseguido con sus medios.

Habiendo por fin alcanzado la esquiva felicidad, el sujeto, doblemente contento por el premio que habría de conseguir, invocó a la criatura como había dicho que lo haría. Sin demora, y tal como lo recordaba, ésta hizo su impresionante aparición. "¿Tienes lo que pedí?", preguntó la criatura. "Sí, tras largos años de infructuosa búsqueda lo he conseguido, ahora te corresponde a tí mostrarme lo que prometiste a cambio de mi felicidad". La habitación tembló, rayos de luz y bocanadas de algo parecido al fuego surgieron de todas partes. De pronto, ya no sintió el suelo bajo sus pies, ni sus ropas sobre el cuerpo, y sin darse cuenta se vió a sí mismo frente él. "Miles de años he esperado por esto" se oyó decir, sin ser capaz de comprender. "He aquí lo que durante toda tu vida buscaste, torpe humano: le felicidad. Hoy te la muestro, pues tu propia avaricia te ha hecho perderla". Intentó coger a la criatura que ahora ocupaba su cuerpo, recuperar lo que era suyo. Pero era ya muy tarde. No quedaba de él más que su pensamiento, que rápidamente era tragado por una vacía oscuridad.

Texto agregado el 21-02-2004, y leído por 138 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
27-03-2004 He vuelto a releer el cuento. Ahora te digo porqué me atrapaste: por la trama que te exige leer hasta el final, por las muchas preguntas que exige, al lector: "reflexión", por el engarce perfectamente hecho entre entre los "simbólico" y la realidad humana desnuda. Muy bueno. Decía Hegel del Meister Echkart: "es un alimento demasiado fuerte para estómagos débiles". Ahora, mis 5 estrellas. islero
21-02-2004 Me atrapaste con tu cuento. Lo mejor que te puedo decir: gracias. islero
21-02-2004 Me atrapaste con tu cuento. Lo mejor que te puedo decir: gracias. islero
 
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