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MARGOT MIRÓ POR LA ventana y una sensación primaveral le fue llegando lentamente. Aspiró con fuerza, cerrando los ojos, sintiendo que sus pulmones se llenaban de vida. A lo lejos oyó pregonar a un ropavejero.
—No tiene ningún derecho —murmuró corriendo las persianas.
—¿Tu ex marido te ha indispuesto?
—Es un pobre diablo que no vale la pena mencionarlo —Se soltó el cabello y caminó hacia la cocina—. ¿Quieres fijarte si hay periódicos viejos para vender? A ver si nos alcanza para comprar un poco de arroz.
—No debes ponerte así.
—¿No oíste mi risa?
—Nada va a pasar. Todos estamos contigo. Vamos a terminar las tareas antes que llegue mamá. ¿Tú crees que Mariano se moleste si se entera que ha llamado tu ex...? ¿A qué hora crees que llegará?
—Por Dios, Noemí, Mariano nada tiene que hacer en esto.
Abrió la ventana que daba al patio del primer piso. El viento le trajo un olor de siglos.
—¿No sientes lo mismo?
—Pensé que era mi idea.
—Es una gran tontería cobrar cuando no se presta un buen servicio.
Su hermana sonrió moviendo la cabeza. Cogió la escoba y dio un par de vueltas antes de detenerse a observar por la ventana que daba a la calle.
—Hay unos muchachos que están poniendo los cables para el teléfono. Se les ve muy atractivos.
—Están porfiando por entrar al edificio. Don Humberto no los deja pasar. Dice que tendría que estar vigilándolos y no tiene tiempo.
—Qué mala suerte —dice Noemí—. ¿Por qué no sales a abrirles la puerta? Mariano no se va a enterar.
—Estás loca. Estoy con el problema de Gustavo y tú que te fijas en cableadores.
—Uno nunca sabe, hermanita.
Noemí abrió la puerta del baño y dejó correr la regadera unos minutos. “Voy a remojarme hasta el cansancio porque siento que la ropa se me está pegando al cuerpo”. Margot cerró la ventana que daba al jardín del primer piso. Renegó al aspirar un poco de humo.
—No sé por qué pienso que no debemos cocinar hoy.
—No lo hagas por ti, hazlo por los viejos. Ellos te reclamarán.
—A ellos no les importa. Ya vienen comiendo del trabajo.
—Entonces hazlo por mí.
Margot se rió por largo rato. Después se asustó de encontrar moscas en la sala.
—Creo que algo se está pudriendo —dijo—. Hace años que no veía moscas de este tamaño.
—Es una exageración de tu parte.
Margot abrió la puerta y vio a Juliana, su vecina, parada en la ventana del pasadizo.
—¿Te has fijado en los muchachos que ponen los cables? —preguntó Juliana—. ¡Están para comerlos!
—¿Tú también? —exclamó Margot—. Noemí está en las mismas. ¿Qué no tienen otra cosa que hacer?
—¡Oh!, te estás volviendo vieja y aburrida —lamentó, Juliana, dándole la espalda.
Margot cerró la puerta y prendió la radio a medio volumen.
—¿Sabes si don Humberto ya se fue para su negocio?
—No sé —contestó su hermana con la voz opaca—, de repente sigue con los cableadores. Me parece que al final va a tener que abrir la puerta del edificio.
—No sé lo que puede pasar con gente extraña en el edificio.
Había amanecido ligeramente despejado y antes que llegaran las doce el sol buscaba abrirse paso tímidamente entre las nubes limeñas.
—Si lo oyes hablar, llámalo, quiero consultarle algo.
—Creo que está subiendo. ¿Por qué no abres la puerta?
Apagó la radio mientras sus oídos buscaban familiarizarse con los pasos que subían. Eran más de tres personas. “Es por tu ex marido, ¿no?”, preguntó su hermana mirándose al espejo.
—Don Humberto está muy enterado de estas cosas.
—Vaya cosas que ha vivido para no estarlo. ¿No vas a abrir la puerta? Parece que han seguido de frente hasta la azotea.
—Le deben haber convencido los cableadores. A la hora que baje le consultaré. Cierra la puerta. No sé qué pasa, hay demasiadas moscas.
—Siento que se enredan hasta en mi pelo.
—Debes volverte a bañar.
Al poco rato bajaron los cableadores seguidos de don Humberto.
—Don Humberto —gritó Margot—, no se vaya, por favor, quiero hacerle una consultita.
—Ahora no, hijita. Conversaremos por la noche.
—Es sólo una pequeña consulta.
—Se está haciendo tarde. Quiero llamar a ese inquilino que tengo en la azotea. Hace días que no lo veo. Él tiene una copia de la llave, y las mías las dejé en el negocio, así que los muchachos van a tener que cablear de otro sitio. Puede estar donde su madre. Ojalá lo encuentre. Hay que tener suerte para tener inquilinos de buena madera. No te olvides, conversaremos por la noche.
—¡Don Humberto, espero que le sobre algo de tiempo para mí!
—¡Por supuesto que la tendré! Me voy.
Por la tarde, antes que llegaran sus padres, Margot prendió el ventilador. Se sentó a la mesa haciendo compañía a su hija. No se atrevió a probar bocado. No supo si era por la calor, por la preocupación de la conversación que sostuvo con su ex marido o por esas moscas que habían invadido de pronto el edificio. Se sobresaltó al escuchar el timbre del teléfono. Era su madre: no llegaría para el almuerzo. Encogió los hombros como no dando importancia al hecho y alistó a su hija.
—¿Sabes que los vecinos son de la idea de subir a la azotea y acompañar a los cableadores a que terminen con su trabajo? —comentó su hermana—. Lo dicen por si alguien asegura que han estado robando en los cuartos que hay en la azotea. Hay mucha dificultad cablear del otro edificio.
—Creo que habrá que volver a llamar a don Humberto. Bonito inquilino que se ha conseguido.
—¿Volvió a llamar tu ex?
—No creo que lo haga. Sólo quiere probarme.
—De todas maneras cuando vuelva a hacerlo pásalo conmigo. Alguien tiene que ponerlo en su sitio.
—¡Bah!, déjame con mi problema. Además, tengo mis argumentos.
—Lo mismo dirá él. De repente se ha enterado que estás saliendo con Mariano.
—¿Y?
—Celos retrasados.
Margot hizo un gesto con su mano y se tendió sobre la cama. Tenía ganas de empezar una siesta. Se despertó como a las cuatro de la tarde con la bulla que hacían los cableadores desde el otro edificio. Su hija le pidió permiso para salir a dar una vuelta por el barrio. Prendió la cocina y al instante se sintió mal. Le dolía la cabeza y algo en ella le estaba molestando.
Abrió la puerta y salió a comprar pan y mantequilla. Juliana, parada en la puerta del edificio, seguía contemplando a los muchachos.
—No soporto esta calor, y siento el aire cargado de un sensación de ahogo.
—¿Llamaron a don Humberto?
—Vendrá dentro de un momento. Parece que no ha podido ubicar a su inquilino.
—Avísame, ¿quieres?, necesito conversar con él.
Sonó el teléfono. Era Mariano, iría como a las ocho. Ella dijo, hoy no, Mariano, ¿puede ser mañana? Y entonces recordó a Gustavo, y una sola frase: yo también tengo derecho a mi hija. Y colgó el teléfono sin esperar una respuesta de Mariano. Se sirvió una taza de café y lo sorbió despacio, mirando las fotos de un calendario
Al poco rato escuchó la voz de don Humberto. Apuró el café y, casi tropezándose con la silla, abrió la puerta para alcanzarle. Apenas tuvo tiempo de ver su figura, subiendo a la azotea, acompañado de los cableadores. “Necesito conversar con él”, pensó, y se cuadró en la puerta a esperar a don Humberto. Al poco rato lo escuchó bajar.
—Don Humberto —gritó ella—, hace rato que quería hablar con Ud., quiero que me saque de una duda...
—Pero qué cosas se ve en este mundo, hijita. Sucederme esto a mí —vociferó don Humberto sin hacer caso de Margot.
—Don Humberto —intentó cogerlo del brazo.
Él la miró y ella sintió que su mirada se perdía en algún lugar lejano. Sus ojos dibujaron extraños círculos que la desconcertaron. “Don Humberto”, volvió a repetir, y él se detuvo.
—Cómo diablos me pueden ocurrir estas cosas. Uno ya no puede confiar en la gente, hijita. El hombre se aloca, se encierra y antes que cante un gallo, se suicida. ¿Puedes creerlo? Válgame Dios. Problemas que me esperan —Movió sus manos y bajó las gradas.
Margot se quedó mirándolo una eternidad, oyendo lamentos que la ahogaban.
—¡Ah!, discúlpame lo descuidado que soy, pero debes comprender. Estas cosas no suceden todos los días. Dime, hijita, ¿querías hablarme de algo?
Entonces su mente quedó vacía.
—Otro día don Humberto —dijo dándole la espalda.
Y se encerró.

Texto agregado el 18-03-2007, y leído por 121 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
18-03-2007 jajajajajjajjajjajajajajajaja re biennnn!! medio larga pero entretenida...bsoo Maggie_Lee
 
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