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—Está lloviendo. Ojalá que no continúe así. ¿Tú crees que cuando termine la fiesta, ya habrá pasado la lluvia?
—Bueno, a veces cuando la lluvia comienza después del medio día, a las nueve de la noche ya sólo queda una ligera garúa.
—No me gusta nada. Mi papá estará preocupado. Caminar hasta mi casa es un poco peligroso.
—Nada va a pasar. Dame tu mano, hay que cruzar el charco.
—No. Yo puedo sola.
Celinda se levantó la falda y cruzó pisando algunas piedras. La lluvia caía tupida. Buscaron refugio en una tienda semi abierta.
—Te veo un poco delgada.
—Estuve peor —dijo Celinda—. Pero no hablemos de eso. Temprano estuve por acá recogiendo los análisis que me hicieron. No pasa nada. Pero esta maldita lluvia que no cesa.
El muchacho sonrió
—Apenas lleguemos a la fiesta, verás, te vas a olvidar de la lluvia. Te van a faltar piernas para bailar. ¿Qué me dices de tu enamorado?
—No tengo.
Agachó la cabeza y un ligero estremecimiento cruzó por su cuerpo. Calculó que sería el frío que traía el viento. “Estoy mejor así”, concluyó.
—Lo pregunto porque no vaya a ser que esté molestando.
—No, estoy bien así. Me gusta estar sola.
Celinda observó que la tarde se iba poniendo oscura. A lo lejos escuchó que la música le iba llegando por chorritos. Recordó a su madre. Era la primera vez que acudía a una fiesta dominical después de la muerte de su madre. Ella lo recuerda apenas. No puede precisar cuándo fue que falleció ni cómo, sólo recuerda a su padre buscando al hombre que hacía los ataúdes en el pueblo mientras su madre, dormida en la cama, esperaba sin tener cuando levantarse. Después se enteraría, cuando la niña lanzando un grito, se quedaba a vivir con ellos.
—Estoy apenado por esto de la lluvia —dijo el muchacho.
Ella sonrió
—Estoy acostumbrada a las lluvias —dijo. Además, hemos venido a divertirnos. Tienes el permiso de mi padre. El nos va a esperar.
Llegaron. La fiesta había comenzado hacía más de una hora y unos cuantos muchachos intentaban marcar sus pasos en el salón de baile.
—Hay poca gente - dijo él
—Ya vendrán. ¿Quieres invitarme una gaseosa?
—A pesar de todo vamos a divertirnos. ¿Les pedimos alguna canción?
—No. Todas me gustan. Vamos, invítame la gaseosa.
El muchacho trajo una gaseosa y un par de cervezas. “Tengo sed”, dijo soltando una pequeña carcajada.
—Si llegas mareado, mi padre se va a enojar. No va a querer que vuelvas a salir conmigo.
—¿Te molestaría?
—Sólo te pongo sobre aviso lo que dirá mi padre.
—Está bien. No hay que hablar más de esto. Tenemos hasta las nueve. ¿Te has fijado lo bien que toca el conjunto? En un par de horas esto estará lleno. Espera a que pase un poco la lluvia.
—Dios, me olvidé que tenía que alimentar a mi lorito.
—Alguien te reemplazará.
—El sólo recibe comida de mis manos.
—Dijiste que habías venido a divertirte. Así que olvídate.
—No puedo. ¿Cómo puedo hacer?
—Ya no queda nada por hacer. Además una tarde que no recibe comida no le va a pasar nada.
—Mañana me va a recibir con un picotón en la mano.
—Mañana amanecerá mejor. Disfruta tu gaseosa. Quiero bailar contigo. Esta es una cumbia que me gusta. Siempre he pensado que una fiesta debería empezar con esta canción. Prepárate mujer que la tarde es nuestra.
Algunos jóvenes hicieron su ingreso al centro del local. Traían una caja de cerveza que la depositaron en el suelo mientras uno de ellos abriendo una botella con sus dientes dejaba escapar burbujas en un vaso.
Celinda y Arnaldo se pusieron a bailar tímidamente, sintiendo que demasiadas miradas se posaban en sus cuerpos ondulantes.
—Alguna vez te dijeron que eres hermosa.
—Arnaldo, no me digas esas cosas que me pones nerviosa.
—Es la verdad. Mira que estoy celoso de tantas miradas posadas en ti.
—No tienes por qué estar celoso. No eres mi dueño.
—Celoso de ser tu acompañante.
—Ya cállate. Sigue bailando que vas a perder el compás.
Antes de las seis de la tarde la sala estaba repleta. Sin embargo, la lluvia había aumentado su estrépito. Golpeaba el techo de calamina opacando a veces la conversación que fluía entre ellos.
—Estoy un poco triste, ¿sabes? -dijo Celinda.
—Toma un vaso de cerveza. Olvidarás tu tristeza.
—Es por mi loro. Me espera cada tarde como si fuera mi hermana menor.
—¿Cómo está ella?
—Papá se la ingenia para cuidársela. Tú sabes, cada uno de nosotros se hace cargo de ella. Hoy me tocó libertad.
—¿Tu papá no quiere volverse a casar?
—No quiere saber nada con mujeres. Creo que odia a todas. A nosotras nos mira con cierto temor.
—Mala suerte para él que no le naciera un hombrecito. Fíjate que morir tu madre dejando una mujercita.
—No quiero hablar de esto. Vine a bailar. ¿Tienes un poco de cerveza?
—No te preocupes, aquí hay un hombre para satisfacer a una mujer.
El viento de rato en rato penetraba en el salón dejando ráfagas de lluvia. Un grupo de borrachos empezó a cantar al compás del conjunto mientras otro grupo se burlaba de ellos. Al fondo dos mujeres trataban de bailar entre ellas.
Celinda levantó el vaso y sin decir salud lo despachó de un trago. “Estoy alegrándome, Arnaldo”. El muchacho sonrió moviendo su cabeza. Luego pidió otro par de cervezas y una gaseosa con el cual mezcló el vaso de la muchacha.
—Si sigue lloviendo así no vamos a poder regresar -dijo él.
—Olvídate. Tenemos que regresar como sea.
—¿Crees que será posible caminar hasta tu casa?
—Mi papá se va a preocupar.
—Pero, eso es sólo si sigue lloviendo. Mira, vamos afuera, estira la mano y comprobarás que las gotas caen más delgadas.
—Me quieres engañar. Tú sabes que no tenemos donde quedarnos. Un rato más y nos vamos a casa.
—¿Qué hora crees que sea? Apenas serán las ocho. Una hora más y estamos partiendo. Mientras ¿otro par de cervecitas?
—Las últimas. Ya casi no te veo. Así me vas a tener que llevar cargando.
Celinda bailó las últimas piezas sin sentir donde ponía los pies. “Quiero que me lleves a casa”, dijo. Y ella sintió unos labios posando los suyos. “Llévame a casa”, insistió. Y él le sacó del salón del baile para caminar con lluvia y todo, por la vereda, sin preocuparse de sortear los charcos. Un relámpago le hizo perder el equilibrio.
—Arnaldo, eres un tipo bueno. Tú eres muy bueno, eso dice mi papá. ¿Dónde has estado durante tanto tiempo?
—Por ahí, tratando de hacer fortuna. ¿Te divertiste?
—Sí, pero me molesta la lluvia. No sé cómo vamos a regresar. ¿Qué dirá mi papá? Tú le harás comprender cuando lleguemos.
—El nos entenderá.
—No veo nada, Arnaldo. ¿Tú puedes caminar a oscuras?
—No puedo. Me siento mal y de repente te puedo soltar por el camino.
—No, Arnaldo. Me da miedo el bosque.
—¿Por qué no nos quedamos a dormir por acá?
—Tú estás loco. ¿Y qué le digo a mi padre?
—No se me ocurre nada. Pero mañana temprano ya tendremos una idea.
—No, Arnaldo.
—¿Quieres que te deje por acá? La lluvia está cayendo más fuerte y no va a parar. Deben ser más de las diez de la noche. ¿No crees que sería peligroso regresar a esta hora? ¿Qué tiene de malo pasar la noche por acá? ¿Me tienes miedo?
—¡Si! Te tengo miedo. Pero, más miedo tengo de mí.
Dicho esto se resbaló, cayéndose en medio del charco. Arnaldo al levantarlo se dio cuenta que ella imploraba descanso. “Lo siento Celinda”, murmuró y tomándola del brazo se encaminó hacia un pequeño hotel.
La lluvia recién escampó más allá de las cinco de la madrugada. Celinda se despertó como a las seis sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Se asustó de encontrarse desnuda y al lado de Arnaldo. Quiso gritar y soltar unas cuantas lágrimas.
—¿Era esto lo que querías? - preguntó
El se movió y sin darle cara dijo, no, pero se presentó.
—¿A qué horas me llevarás a casa?
—¿Ya no llueve?
—No.
—Bueno, dijiste que hoy sería otro día. Puedes caminar. Además no eras virgen. Tanto teatro para nada.
—Eres un cobarde. ¿Qué piensas decirle a mi padre? ¿que no era virgen?
—No voy a decirle nada. Me voy de viaje antes de las diez. Tu padre comprenderá. El es un hombre como yo y quién me asegura que no hizo lo mismo. No te pongas a llorar que no va conmigo.
Celinda cogió una de las puntas de la sábana y lo mordió sintiendo que su impotencia le iba hundiendo. Después movió la cabeza. Le vio arreglarse despacio, levantando las cejas de rato en rato, para luego despedirse con una levantada de mano. Al oír cerrar la puerta soltó el llanto. “Pobre tonto”, murmuró recordando el resultado de los análisis de sangre.

Texto agregado el 18-03-2007, y leído por 155 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
19-03-2007 noooo buenisimo!! que turro el arnaldo!! tendra lo que merece? (quiero segunda parte)....mis 5!! Maggie_Lee
 
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