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EL KILO DE MANZANAS



El hombre habló nerviosamente al soldado que le apuntaba con un fusil automático.
-¡ Oiga, poh. Si yo no tengo na’ que ver…Yo pasé a dejar un encargo no más…Si trabajo ahí al frente, en ese puesto de frutas que está ahí, ¿ve? Yo vendo fruta y me encargaron que trajera un kilo de manzanas. Ya pues, mi cabo. Déjeme ir. Si yo no soy na’ comunista y esas cosas. ¿No le digo que trabajo en frutas? ¡Puchas, por qué no me deja hablar con su jefe. Le apuesto a que él va a entender al tiro lo que le estoy diciendo. ¡Ah, y no se preocupe. Si no le voy a decir na’ que me dejó ir. Yo no sé en qué hora estuve que se me ocurrió venir pa’ca. Pero ahí, de la ventana, me gritaron que le trajera las manzanas. Fue una señorita, una medio rucia, bien bonita. Yo la había visto antes, porque me pasaba a comprar ahí al puesto. Siempre llevaba manzanas y alguna otra cosa. Parece que tiene niños chicos, porque compraba tres plátanos, tres peras, tres de esto, tres de esto otro…Ahora no la he visto. A lo mejor está por allá adentro. En otro lado. Yo no conozco mucho por aquí. He estado sólo hasta ese patio que tiene cañones. ¡Oiga poh, mi cabo. ¡Hace como dos horas que me tienen aquí! ¡Imagínese manso sustito que pasé con los cañonazos! ¡Soy más quemao. Cuando me iba a ir, comenzó esta cuestión y tuve que quedarme encerrado. Si hubiera sabido que iba a pasar esto, ni tonto pa’ venir a dejar las manzanas a la señorita. Total, habría perdido una venta no más. Ahora ¿qué me van a decir cuando llegue a la casa? La patrona va a estar más asustada. Va a creer que me ha pasado quién sabe qué cosa. Y con lo enojona que es. ¡Chuuta, ya me imagino! Ella siempre piensa que cuando llego tarde, es porque ando tomando con los amigos. Pero, ¿quiere que le diga? Hace como tres años que no pruebo ni una gota. Es que sabe, la cosa está mala pa’ allá donde vivo. Los «patos malos» han aumentado, viera usted, así que no se pueden hacer desarreglos. Debe ser por la situación, digo yo. Ha estado harto mala la cosa. ¿ah? Con decirle que me cuesta harto ahora encontrar fruta buena. Y aquí hay que tener de buena calidad, no ve que toda la gente es de plata por aquí y le gustan las cosas buenas. Bueno, yo siempre he traído de buena clase. Yo conozco de fruta porque resulta que soy de San Fernando, ¡de la zona de la fruta, pueh! Ahí tiene tierras mi papá y todavía trabaja en eso. Yo le ayudaba también, pero me dio por venirme a la capital. Allá es medio aburrido, ¿sabe? Como uno es del campo, la única entretención era ir al pueblo el fin de semana. Bueno y ahí nos entreteníamos un poco con los amigos, conocíamos algunas chiquillas y al final, íbamos a dar a una quinta de recreo que había en la plaza, ahí pa’bajo. ¿Usted conoce San Fernando, Bueno, es bonito, pero igual a uno le dan ganas de venirse a la capital. Acá la cosa se veía bastante diferente. Hay hartas mujeres bonitas y las posibilidades de trabajar son más. Al principio es difícil. A mí me costó ubicarme. Al principio le hice empeño en varias cosas. Trabajé en construcción, haciendo casas y edificios para el barrio alto. Ahí me fue bien, pero después se echó a perder y tuve que buscar otra cosa. Me metí a una panadería después y ahí aprendí a hacer pan. La señora mía me dice que me queda muy bueno y siempre me está diciendo que le haga, que le haga y dele y yo le digo que ya no, que ya no me dedico a eso, que terminé cansado con eso de amasar. Era entretenida esa pega y además, uno se llevaba todos los días como cinco kilos de pan pa’la casa. Pero también se terminó. Al fin, un amigo me llevó a la Vega a cargar y descargar camiones y ahí conocí a otro amigo, que m e enseñó el negocio. En eso invertí los pesitos que había ahorrado y comencé vendiendo en un carretón, por las calles, hasta que me establecí. Por ese tiempo conocí a la Rosa, también. La Rosa es mi mujer. Ella trabajaba como asesora del hogar por allá en el barrio alto. Era bien bonita en ese tiempo. Bueno, ahora también es bonita, pero de otra manera. Usted me entiende ¿no? Así son las mujeres. Van cambiando. Supongo que nosotros los hombres también cambiamos su poco. En fin, como le decía, me establecí y al principio costó harto. Pa’que le cuento. No ve que es pleno centro. Pero hablé con unos amigos que me ayudaron y al fin me dieron el permiso. Llevo como cuatro años ya y me ha ido bien. No me puedo quejar.
- ¡ Oiga pueh, mi cabo, pa’onde me lleva. Déjeme le digo. Si yo no tengo na’que ver en esto. No se ponga pesao, pueh. Pucha que la embarra, oh. ¡Ya, poh! No me pegue, si ya voy, ya voy caminando, ¿ve? A qué hora iré a llegar a la casa. Me va a retar bien retao mi mujer…Pucha, oh. Si ya voy!..

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El 16 de Octubre de 1994, los restos de trece personas fueron identificados en el patio 26, del Cementerio General de Santiago, donde fue sepultada gran cantidad de detenidos el día 11 de Septiembre de 1973. Entre ellos, los detenidos desaparecidos que se encontraban en el Palacio de La Moneda. De los restos identificados, uno de ellos correspondía al de Miguel Angel Castillo, 28 años, comerciante ambulante, de quien no se tuvieron informaciones desde ese día y que fue visto por última vez, entrando al Palacio de Gobierno, con un bolso de frutas en las manos.


FIN

Texto agregado el 27-02-2004, y leído por 193 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
29-09-2005 Excelente! ***** peinpot
19-11-2004 Excelente. Es una historia de ésas que erizan el vello y el alma. Muy bien hecho! Nicodemus
06-03-2004 Ché, he vuelto a leer este escrito. Es magnífico. Espero que otros cuenteros lo lean! islero
27-02-2004 Me emocionaste. El drama de Chile, América Latina; el drama tuyo y mío contado magistralmente. Vayan mis estrellas. islero
 
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