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Era una pequeña aldea en progreso, los pueblerinos unían sus fuerzas para construir los diferentes edificios que harían adquirir importancia al pueblo.
Los más pequeños ayudaban en las tareas más sencillas, trasladaban de un lado para otro los materiales de construcción. Los jóvenes, más atléticos, se encargaban de ir al bosque más cercano en busca de los fuertes troncos que tanto acabarían siendo andamios como fuertes vigas en los futuros edificios. Los hombres más robustos, por su parte, se encargaban de la construcción: allanaban la tierra, pegaban mazazos, levantaban sendas tablas y se subían a los tejados para colocar las tejas. Los más ancianos, llenos de sabiduría, hacían los planos y ultimaban los detalles, puliendo ventanales. El servicio de las mujeres quedaba en un segundo plano, en general se limitaban a llevar agua fresca y comida a los hombres, además de seguir con todos los quehaceres diarios.
Poco a poco la pequeña villa fue tomando forma: se irguió una pequeña iglesia, fue inaugurado el ayuntamiento, y poco a poco, alrededor de la plaza principal aparecieron calles que se entrelazaban como en un laberinto.
La gente inmigraba desde los pueblos de alrededor para asentarse en la que poco a poco se estaba convirtiendo en una pequeña ciudad. Los hombres más ricos de alrededor, enriquecidos por la ganadería y la agricultura empezaron a crear pequeñas empresas que crecían y crecían. Empezaron a construir sus fábricas a lo largo del río, en la loma donde el bosque ya desaparecido había servido de materia prima para la construcción de las primeras casas. Poco a poco, la fructuosa loma se plago de polígonos y las aguas del río adquirieron un tono grisáceo.
La ciudad crecía y crecía, sus calles se empezaron a llenar de vagabundos, de gente que no podía pagar los encarecidos impuestos de una ciudad prospera de principios de siglo. Los burgueses cada vez eran más ricos, y el proletariado, en cambio, más y más pobre. La ciudad se engriseció bajo las espesas nubes que venían de aquel bosque de hojalata y el sol que en tiempos mas limpios iluminaba la pequeña aldea que antes fue, era tan solo un punto mas claro entre la densa polución.
Las industrias comenzaron a renovarse y a tirar sus desperdicios químicos al río, matando todo ser vivo que se alimentase de aquellas aguas, por lo que los habitantes de la prospera ciudad comenzaron a emigrar a otros pueblos en crecimiento.
Ahora, la que fue una prospera aldea es una ciudad fantasma, llena de cristaleras rotas y polvorientos escaparates. A perdido todo el brillo que tenía a perdido toda esa vida que antes poseía, ha muerto.

Texto agregado el 19-04-2007, y leído por 67 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
25-04-2007 Has sabido transmitir mediante palabras una de las pegas fundamentales que tiene el progreso, felicidades. Un saludo de FAROBLANCO
19-04-2007 a esa ciudad fantasma podríamos ponerle más de un nombre...todos vivimos en una similar..5* KUMBE
 
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