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Para Santiago Martínez, esta historia chancha


El viernes 23 de diciembre de 1999, la Asamblea Extraordinaria de Propietarios del “Tamarindo Golf Club” lograba reunir a 107 de los 108 propietarios del exclusivo barrio privado. Solamente faltaba Amadeo Rosales, el dueño de Pinky, el chancho.

Ese viernes Rosales había salido de camping con su familia. El tema excluyente a considerar era, por supuesto, Pinky: el chancho de Amadeo Rosales.


- Hay que expulsar al “señor” Rosales y familia, - gritaba exacerbada Finita Forte de D´Arguinteguy.

- Bueno, sólo se trata de que retire a Pinky del barrio, señora,- intentaba suavizar Funes, el administrador.

- Ese chancho está creciendo demasiado... y el olor no se soporta – vociferaba el Presidente del Consorcio, don Guido Lorenzatti, agitando su puño derecho.


En realidad nadie había visto a Pinky desde que Rosales lo trajo al barrio: entonces era un chanchito rosado, pequeño y simpático. Seis meses después, los ánimos de los consorcistas se encendían pidiendo la cabeza del porcino. Decían que el animal era suficientemente grande y estaba listo para ser sacrificado, que a nadie se le hubiera ocurrido traer un cerdo al barrio, por más que Rosales tildara de cerdo a más de un vecino. Que la triquinosis y las moscas, la basura devorada con bolsa y todo, que las tripas de pollo que utilizaba para alimentar a su mascota, en fin, que el problema debía derivarse a los abogados del Country, el estudio “Starke, Rosenberg, White, Weers y Asociados”, para que se intimara al criador de esa basura a sacar el animal o abandonar el barrio en 48 horas...”
El acuerdo fue unánime, y la primera carta documento terminante: el chancho o Rosales, Rosales o el chancho.

El abogado de Rosales, Lisandro Pérez, rechazó la demanda por improcedente, y la causa pasó a los Tribunales de Familia, ya que los consorcistas aducían que el chancho había provocado una ruptura en la vida familiar del barrio, porque los niños hablaban de Pinky como algo simpático, y los padres enarbolaban el argumento de pestes y enfermedades, ruidos molestos y olores nocivos. La justicia llevaba tres años de dimes y diretes mientras Pinky crecía. Se cruzaron nuevas cartas documento, intimaciones y telegramas, amenazas solapadas y abiertas.

Si Rosales pedía una milanesa en el bar del Club, el mozo decía:
- Lamentablemente... no tenemos más, señor Rosales-, aunque bajo la campana de vidrio se apilaba más de una docena de milanesas.

Cuando Enriqueta Lazcano, esposa de Rosales, invitaba a sus amigas a jugar al tenis, sistemáticamente recibía la respuesta: -Todas las canchas están reservadas.

Facundo y Mariano, sus hijos adolescentes, veían cada fin de semana romperse sus ilusiones de jugar al fútbol. En cuanto se acercaban, los otros chicos se retiraban en silencio y los dejaban solos, pelota en mano.

La noche del 29 de febrero de 2004 había luna llena.

Todo el barrio podía escuchar los aullidos de Pinky, violines profundos y desafinados que desgarraban el aire. La familia Rosales estaba de viaje. Siempre que lo dejaban solo, Pinky lloraba.

- Ahora o nunca, dijo Guido Lorenzatti.

Juntaron cuchillos, picos, tijeras de podar, una escopeta, y forzando el portón ingresaron al jardín de Rosales. Los gritos de Pinky –cada vez más fuertes y graves- provenían del garage. Los doce integrantes del operativo dirigieron sus pasos hacia allí. Lorenzatti preparó la escopeta y se paró frente a la puerta mientras dos hombres accionaban el portón levadizo. Funes y un vigilante iluminaron hacia adentro, permitiendo que el Presidente del Consorcio se lanzara al ataque como un comando.

Todo lo que alcanzó a ver fue la enorme cabeza que ocupaba casi todo el garage. No tuvo tiempo de retroceder. Se introdujo disparando dentro de la boca gigantesca, resbalando sobre una lengua desproporcionada. Cayó espantado al descubrir las muelas descomunales de Pinky, grandes como macetas, colosales cubos de porcelana blanca que se cerraban sobre su cuerpo, una trampa mortal de cuatro toneladas triturándolo como un marlo de maíz. Escuchó a lo lejos las voces de Funes, del vigilante, los gritos de los vecinos que corrían espantados. Sintió crujir sus propios huesos y después, nada.





© RNPI Nº 155707 - Junio 2008

Texto agregado el 21-04-2007, y leído por 115 visitantes. (0 votos)


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