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Inicio / Cuenteros Locales / nanchogalarreta / El pasajero del asiento trasero

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Tres Avemarías y un Gloria. Me los vas rezando ya mismo mientras caminas, hija. ¿Está claro? ... Ah... y un Padrenuestro, lo necesitaremos.
- Pero Padre... si yo...
- Vete, vete rápido que llueve, y pídele ayuda a Calisto, el de la panadería. Es un hombre bueno. Yo, lamentablemente... no puedo hacer más.
- Gracias Padre.

Estela se lanzó por las escalinatas lo más rápido que pudo. No bajó los escalones de a dos porque eran de piedra, y con la lluvia se habían puesto muy resbaladizos. Corrió por Emilio Mitre hasta Rivadavia, y antes de doblar volvió su cabeza para mirar la cúpula iluminada de la Iglesia de Santa Julia y persignarse. La lluvia arreciaba ahora, al punto que no podía abrir bien los ojos. Un auto que giraba por Mitre la empapó de pies a cabeza con una mezcla de gasoil, agua y mugre de la cuneta. Le costó cruzar Rivadavia, porque hacía poco tiempo que vivía en Buenos Aires, algo totalmente diferente a las tranquilas calles del pueblo, donde todos le cedían el paso y hasta la saludaban. Las luces de los autos se distorsionaban con el agua que se metía empecinadamente en sus ojos. Intentó arreglarse un poco el pelo antes de entrar a la panadería, pero con semejante diluvio resultaba absurdo.

- Disculpe, vengo de parte del Padre Rafael, de Santa Julia...
- Ah, sí, señora... lo tengo aquí todas las tardes pidiéndome medialunas. Gratis, por supuesto...
- Mire, Sr. Calisto, me dijo el Padre que hablara con usted, pero es privado.
- Epa... ¿qué necesita ahora Rafael? ¿Una caja de bombones...? Jaa jaa... ese curita...
- Escuche, no sólo es privado: es muy urgente...
- Bueno, a ver... venga, vamos afuera. ¡Carlitos...! Atendé un rato el mostrador, enseguida vuelvo.
Salieron a la avenida, que a su ruido habitual agregaba el de los neumáticos chistando sobre el asfalto mojado, más los bocinazos por los constantes embotellamientos. Se pararon debajo de una cornisa, que no los protegía demasiado pero era la más próxima. Tenían que hablar prácticamente a los gritos para hacerse entender.
- ¿Usted conoce a mi marido, Ralf Wittaker?, el alemán rubio, grandote...
- Ah, sí.... viene cada tanto a comprar tarta de manzana...
- Bueno, lo maté.
- ¿Cómoooo?
- Sí, hace un rato. Llegó a casa pasado de “blanca” y me empezó a pegar, me gritaba que yo lo había denunciado. La verdad es que andaba en cosas... bueno, drogas, lavado de dinero, tráfico de mujeres. Estaba muy violento, tuve que pegarle en la frente con una lámpara de bronce... no fue muy fuerte, pero quedó muerto ahí mismo, tal vez la droga...
- No sé qué decirle...
- Mire Calisto, en cuanto cayó al piso salí corriendo a contarle al padre Rafael, que es mi confesor. Y él mismo fue hasta casa y me ayudó a correr el cuerpo desde el living hasta el garaje. Me dijo que usted podría darme una mano... que tiene un horno de pan que no usa... en... en la Provincia, y que hablara con toda confianza con usted, porque la idea es... que a lo mejor podríamos llevarlo allá, ¿no?... Así no quedan rastros... digo, total no tiene parientes, estaba prófugo de toda la Policía Provincial, la Federal y hasta de Interpol... ¿Me entiende? Yo nunca fui como él, una delincuente, y por tratar de defenderme podría ir quince años a la cárcel...
- No puedo creer que el Padre le sugiriera eso...
- Sí: sabía perfectamente que mi marido era un mal bicho desde que me empecé a confesar con él. Por eso me ayudó. Y nos pareció que... si usted viniera a mi casa con su auto...
- No, no, nooo... ¡Ni loco..! El horno queda en Avellaneda, tendríamos que cruzar toda la ciudad y de noche hay operativos policiales...
- Por favor, Calisto... Estoy absolutamente agobiada... Si usted no me ayuda, directamente voy a la Policía y me entrego.

Calisto era de ese tipo de personas que cuadran en muchos refranes. Si se dijera “bueno como el pan”, uno diría que es exacto. “Vale su peso en oro”, sería otra definición perfecta del gordo. “Haz el bien sin mirar a quién”, también podría resumir en pocas palabras su personalidad y su historia personal.
Calisto era, definitivamente, un hombre bueno.

A medianoche, la rural VW Country estacionaba de culata frente al garaje de Estela. Antes de abrir el portón miraron sigilosamente hacia ambos lados de la calle. El Padre Rafael temblaba, y Calisto secaba su transpiración con la manga del saco. Se había puesto saco y corbata - insólito en él – pensando que eso le daría un aspecto más serio en caso de encontrarse con alguna patrulla policial. Para peor había dejado de llover, lo que sin duda aumentaría el tránsito y la presencia de policías en las calles.


No resultó fácil levantar el peso muerto de Wittaker. Entre el cura y Calisto lo tomaron de los sobacos, mientras Estela, desde el asiento trasero del auto, levantaba las piernas para ubicarlo. Diez minutos después, el corpulento alemán estaba atado con el cinturón en el asiento trasero. Calisto resoplaba apoyado sobre el techo de la rural.
- Se cae para adelante -, dijo el Padre Rafael en voz baja. - Hay que estirarle más las piernas, cosa de que las rodillas se apoyen contra el asiento delantero...
Entre Estela y Calisto hicieron un máximo esfuerzo para lograr que la cabeza de Wittaker quedara reclinada hacia atrás en el asiento.

En lugar de tomar por Rivadavia, que era muy transitada, Calisto eligió la calle paralela, Bartolomé Mitre, que no tenía demasiados semáforos, y seguramente menos controles. Estela iba en el asiento del acompañante, y el cura detrás, sosteniendo a Wittaker del cuello de la camisa para que no se cayera. Llegaron hasta la amplia avenida 9 de Julio, y encararon hacia el Puente Pueyrredón. Hasta allí las cosas iban bien: Wittaker aparentaba ser un pasajero más durmiendo en el asiento trasero del vehículo. Pero de todas maneras el Padre Rafael se persignaba cada dos cuadras.

Antes de encarar el largo puente, Estela, liberando la angustia contenida, comenzó a cantar y reírse:

“Lo nuestro duró...
lo que duran dos peces de hielo
en un whisky on the rocks..”


- Shhh, basta señora, cállese que ahí abajo está la policía...- masculló Calisto entre dientes.
Estela siguió a las carcajadas, casi sin escucharlo.

“En vez de fingir
o estrellarme una copa de celos
le dio por reír...”


A cincuenta metros los esperaban dos patrulleros de la Federal. Un agente con una linterna les hizo señas para que se detuvieran a la derecha de unas clavijas reflectantes. Otro tenía una escopeta Itaka, hasta el momento, apuntada hacia el suelo. Estela, totalmente fuera de control, empezó a corear y palmear al ritmo de las hinchadas de fútbol, acercándose en forma descarada al parabrisas:

“Si éste no es el muerto...
el muerto dónde estáaaa...”


El Padre Rafael le pegó un sonoro coscorrón en la nuca pero ya era tarde. El policía de la linterna se cruzó delante del auto y con la mano izquierda les indicó que estacionaran.
Una oleada de adrenalina barrió de punta a punta el cuerpo de Calisto. Solamente pensó en su mujer, sus hijos, la panadería que a estas horas debería estar horneando medialunas, miñones, criollitos de grasa y baguettes. Sin dudarlo, puso segunda y aceleró a fondo. El policía tuvo que usar todos sus reflejos para esquivar el auto, mientras el de la escopeta efectuaba dos tiros al aire.

El Padre Rafael sostuvo como pudo el pesado cuerpo de Wittaker, pero la pronunciada bajada del puente lo hizo soltar ambas manos para afirmar ambas manos contra el techo. En cuarta a fondo la VW encaró la avenida a más de cien kilómetros por hora.

No alcanzaron a recorrer cien metros. Golpearon primero contra el refugio que divide la calle entre los que vienen de la Provincia y los que bajan del puente. El auto, descontrolado, pegó contra un poste de luz y terminó clavado contra un contenedor lleno de escombros. No llegó a incendiarse, pero el motor partido despedía humo blanco de aceite y vapor de agua.

El primer patrullero llegó antes de treinta segundos. Los policías desenfundaron sus armas y se acercaron hasta el vehículo humeante, pero la quietud era absoluta. El agente de la linterna recorrió palmo a palmo el interior del auto con el haz de luz, deslizándolo sobre los rostros desfigurados y ridículos de sus ocupantes.
- Están todos muertos- , le dijo a su superior con una expresión de asco y horror.
- No, no... iluminame bien, - dijo el oficial -, ahí, en el asiento de atrás... El que está con el cinturón puesto, el rubio grandote... tiene un buen golpazo en la frente, pero fijate cómo respira.

Cuando el rayo de luz de la linterna se clavó en sus ojos, el alemán alcanzó a murmurar:
- Wittaker... Ralf Wittaker.

A pocas cuadras comenzó a escucharse la sirena de una ambulancia.







© RNPI Nº 155707 - Junio 2008

Texto agregado el 25-04-2007, y leído por 111 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
28-04-2007 Excelente!!! Qué bien narrado, qué expectativa que crea!! Un gustazo leer esta historia. tiresias
27-04-2007 perpleja!!! así quedé al terminar de leerlo, esta buenísimo....Mis minúsculas 5* rene_parra
 
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