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Empresa enojosa.


Es sabido que los dioses no tienen una existencia del todo relajada. Conocemos algo acerca de las trabajosas y enojosas empresas que en ocasiones deben realizar. No es probable que a Zeus le haya hecho mucha gracia tener que perder momentáneamente los tendones al enfrentarse a Tifeo; y es dudoso que Yavhé haya deseado la traición de Lucifer, el más bello de sus ángeles. Ser muerto, por ejemplo, a traición, por la mano de Seth, no debe ser muy agradable tampoco, Osiris puede corroborarlo. Sin embargo –y los dioses estarán de acuerdo– el peor trabajo de todos debe ser convertirse en mortal; Apolo puede ser un buen testigo de esta condición. Es verdad que muchas veces las deidades se convertían voluntariamente en mortales, pero lo hacían durante el periodo necesario para tener relaciones carnales con alguna hermosa mortal y nada más.
Odín, luego de entregar un ojo en la fuente de Mimer para obtener conocimiento, decidió ir tras las fórmulas de la poesía. Este secreto se obtenía bebiendo el hidromiel que brotaba de otra fuente custodiada, esta vez, por el gigante Gunlad. Para obtener el brebaje había que sortear arduos trabajos. Tal actuación, se cuenta que conmovía al gigante. Odín cumplió con todas las pruebas y obtuvo las fórmulas poéticas.
Existe una tradición tardía –y acaso poco creíble– que asegura que una de las empresas –la última y la más dificultosa- era la de convertirse en mortal. Esta tradición cuenta que, a la hora de imponer la prenda, el gigante, sintiendo ya aprecio por el dios, le permitió elegir qué clase de mortal quería ser. El dios pidió, sin dudarlo, ser un rey. Gunlad, no sin antes corroborar la decisión, le concedió la majestad. Odín se convirtió en rey.
Sabemos bien que los mortales tenemos que vivir en un tiempo y lugar determinados, por este motivo, Gunlad envió a Odín a los tiempos del Imperio Romano, tiempos en los que gobernaba Pompeyo. Además, como el dios había pedido ser un gran rey, el gigante le dio un gran reino. Pero claro, un reino en épocas del Imperio no era garantía de una buena o cómoda posición como rey.
La mortalidad –hay que decirlo– no le sentó muy bien a Odín. No lograba comprender el cansancio, ni la implacable necesidad de alimentarse, ni mucho menos, las necesidades escatológicas. Otra cosa, producto de su humanidad, que le llamó la atención, fueron los sueños. A veces eran agradables, lujuriosos, interesantes, pero otras veces eran tortuosos y aterradores. Urgido de respuestas, el dios rogó a Gunlad que le explicara lo que le estaba sucediendo, le confesó que no podía seguir así y le hizo saber que tenía un reino que atender. El gigante se le presentó en un sueño y le confesó –no sin antes hacerle saber que la decisión ya estaba tomada- que la existencia de un mortal no era fácil. Le habló sobre lo insignificantes que eran los hombres, sobre lo corta que era su vida y sobre la incomprensible mente que poseían. Le dijo también que en parte era su culpa por haberles dado el conocimiento. Al dios no pareció interesarle este hecho más que el de volver a su estado anterior, a su naturaleza divina, y se lo hizo saber al gigante; pero éste le respondió que ya era demasiado tarde, que ahora tendría que aguardar a morir como lo hacen todos los seres humanos. Sólo entonces podría volver a ser el rey de los dioses. Gunlad también dejó bien claro que, con arreglo a las costumbres nórdicas, Odín no debía –si quería volver a ser un dios– morir a causa de suicidio, de senectud, de enfermedad o de cualquier muerte impropia.
La vida, en adelante, del rey Odín es conocida. Luchó contra el Imperio, propagó su cultura y su religión por cuanto lugar conquistó, dejó descendencia y, llegando al fin de su vida y viendo que la senectud le ganaba, decidió realizar una ceremonia para su muerte. Ésta consistió en procurarse heridas de lanza y de espada en todo su cuerpo para así esperar el fin. Ordenó también que su cuerpo fuera incinerado en un complejo ritual mortuorio. Por fin, Odín volvía a ser un dios y por fin, pudo obtener las fórmulas poéticas que fueron la causa de todo.
Con la poesía en su poder, el dios le ordenó a Gunlad que se la otorgará a los hombres, le dijo que eso los ayudaría para palear el tormento que implicaba ser un mero mortal. El gigante obedeció.

Texto agregado el 02-05-2007, y leído por 327 visitantes. (0 votos)


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