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La bestia II.





Las crónicas aseguran que Peter Kürten fue denunciado por su esposa a las autoridades y éstas pudieron al fin atraparlo y ejecutarlo en la guillotina (o acaso en la horca). Todos –o al menos algunos– saben de esta versión, y está bien, puesto que no interesa cómo lo atraparon sino que lo atraparon. Sin embargo, hay quienes creen que este homicida escribía cartas sobre sus crímenes a una mujer que no era su esposa. Ahora bien, su esposa sí sabía de los crímenes de Kürten pero al enterarse que él mantenía correspondencia con otra, mandó las cartas a un periodista y éste a su vez las entregó a un miembro de las autoridades. Las cartas nunca fueron publicadas, vaya uno a saber por qué, ya que no dicen mucho más de lo que todos saben.
Cierta vez tuve la oportunidad de ver algunas de estas cartas y pensé que no estaría mal incluirlas aquí. Como ven, mi imaginación no es de lo más fluida, puesto que no tengo más remedio que recurrir una y otra vez a distintas fuentes, y, en el mayor de los casos, debo utilizar como recurso literario la transcripción lisa y llana.
Debo aclarar que más que cartas, lo que Kürten escribía eran pequeños textos y fragmentos, veamos qué dice:

“Siento esta necesidad desde que puedo recordarlo. Teniendo yo ocho años de edad maté a mi mejor amigo. Mis padres, sobre todo mi madre, me hicieron creer que había sido un accidente, que él se había ahogado. Yo lo creí, ¿qué más podía hacer? Mis padres nunca se equivocaban, así que debió ser un accidente. Sin embargo, querida amiga, algo me decía que había sido yo. ¿Sabes qué era? Era que no sentía pena, ni remordimiento, ni extrañaba a mi amigo, nunca sentí nada de eso. El único pensamiento que pasaba por mi mente era: ¿Cuándo volveré a hacerlo? Tú sabes… la sed.”

No es difícil darse cuenta que ésta no era la primera carta que Kürten mandaba a la mujer, él menciona la sed como si ella ya lo supiera. Él padecía, según dicen, de una enfermedad llamada hematodipsia, un trastorno psíquico que provoca en el individuo una sed de sangre incontenible que una vez saciada, culmina con una excitación de carácter sexual.

“Recibí tu carta, mi estimada amiga. Me preguntas si tuve una infancia difícil y la verdad es que no sé qué decirte. ¿Infancia difícil? Mis padres no se aprovecharon de mí en forma lasciva –aunque alguna vez lo hubiera deseado de mi madre–, ni me golpearon. Tampoco me torturaron, ni física ni mentalmente. No sé qué es una infancia difícil, no la tuve. Más aun, cuando tenía trece años, mis padres me acercaban animales vivos (algunas ovejas y conejos, tal vez perros) para que yo pudiera saciar mi necesidad, o, mejor dicho, mis dos necesidades…”

Kürten no sólo tenía sed de sangre, sino también de matar. Gozaba matando a sus víctimas hasta el final, primero estaba el sacrificio –en muchos casos con violación incluida–, luego seguía la succión de sangre y, finalmente, destrozaba los cuerpos de las víctimas a martillazos, y nunca dejaba de experimentar excitación.
La carta continúa:

“… Quiero matar, amiga. El sentimiento es grande, único. Sólo así debieron sentirse los orgullosos dioses griegos cuando mataron hombres. El poder, nada hay más grande que el poder, y está ahí, al alcance de nuestras manos, en un cuchillo, en un martillo, en un arma –si es que estás tan loco como para no desear la sangre–, en cualquier cosa… Siempre está ahí. ¿Qué puedo hacer yo, amiga? Me dieron poder cuando era un niño, ¿y luego esperaron que me aburriera? No funciona así. Soy únicamente lo que debía ser, soy lo que se dio por el curso natural de las cosas, por la ley de la Madre Tierra. Soy el efecto de una causa y la causa de otros efectos. ¿Acaso debo luchar? ¿Acaso luchan los animales? Conozco tu respuesta, me dirás que no somos animales, que podemos elegir, etcétera, etcétera. Pues te digo que yo, justamente porque podemos elegir, elijo ser animal.
”No tardaran en atraparme, ¿crees que no lo sé? Probablemente me ejecuten en la horca o el la guillotina, eso también lo elijo. No creas que tomo lo fácil solamente, elijo mi vida de crimen junto con su consecuencia, con esa consecuencia que también se da por el curso natural de las cosas.”

Vemos que era muy consciente de sus delitos y fue por esto mismo que no hubo manera de alegar demencia para amenguar la sentencia en el juicio.

“Me preguntas cómo conocí a mi esposa. Te lo contaré. Bien sabes que mi vida ha pasado muy desapercibida –espero que siga igual– teniendo en cuenta mi actividad. Había conseguido un empleo y todo eso que uno debe tener para no despertar sospechas. La conocí, recuerdo, en una plaza, era –es– hermosa. Debo confesar que estaba en mi lista de víctimas, pero algo me impulsó a querer conocerla. No voy a entrar en detalles tediosos, sólo te diré que nos casamos.
”Con el tiempo tuve que confesarle de mis costumbres, lo supo aceptar.
”También voy a confesarte, amiga, que tú no estabas fuera de mi lista, pero tu sonrisa me cautivó. Más me cautivó aun tu comprensión, no todos los días una persona como yo puede comunicarse con alguien. Espero –por tu bien– que nuestra relación siga igual.”

Vemos con esta nota que la relación no era muy democrática. La mujer, claramente estaba bajo la amenaza de Kürten. Sin embargo, me parece que algo distinto la impulsaba a conocer al homicida. Qué cosa era, imposible saberlo.

“Querida amiga, te escribo más que excitado. Anoche maté a tres personas, dos eran chicas muy jovencitas, el tercero, un anciano. Quiero contártelo todo, debo hacerlo.
”El anciano era un indigente, no vale la pena. ¡Las muchachas…ah! No sé cómo empezar, todo fue tan rápido. Yo había salido a hacer lo mío, sólo una persona, cuanto más sola mejor. Encontré al viejo durmiendo en un parque. Lo maté. Pero cuando regresaba a mi hogar vi luz en una casa. Me acerqué, las vi. Estaban solas, sus padres probablemente habrían salido, incluso es factible que fuera la primera vez que decidían dejarlas solas. Grave error.
”No quiero afectar tu sensibilidad entrando en detalles, puesto que el crimen fue aberrante. Primero forniqué con la menor y obligué a la mayor a observar… para que tuviera una idea de lo que le esperaba. Terminé con la primera, repetí la acción con la segunda y luego las maté. Su sangre joven y temerosa me dio nueva vida. Creo que entonces llegué al placer máximo, estaba fuera de mí.”

En una carta ulterior, esto decía:

“Hace poco me pasó algo curioso, algo que me hizo meditar. Estaba haciendo una de mis rondas habituales. El crimen que antes te comenté me había conmovido sobremanera, por lo que quería volver a intentarlo. Encontré una casa, no muy lejos de la mía, cuyos dueños, ausentes en ese momento, tenían una hija. La muchacha no tendría más de quince años de edad. Furtivo, me introduje en la casa y entonces fue cuando me pasó. Procedí de la misma manera que la última vez, o, mejor dicho, eso tenía planeado, pero cuando comencé a violarla me di cuenta –imposible no hacerlo, debido a los gemidos– que ella lo estaba disfrutando. Pedía más, había controlado la situación. Ella estaba teniendo sexo conmigo. Me estaba privando del placer de sentir el terror de una presa asustada. Entonces yo me asusté, no pude matarla. Debo decírtelo, esa muchacha era demasiado para mí. No recuerdo haber estado tan confundido. Me marché, no sin que antes ella me pidiera que regresara. Jamás volveré a ese lugar.
”Estoy casi seguro de que ahora mismo estarás pensando que soy un cobarde y que esa chica me asustó, y no te culpo por ello, puesto que yo pensé lo mismo. Incluso suspendí los homicidios por un tiempo. Al final, me di cuenta de cuál fue la razón que me impidió matarla. Tu bien sabes que no sólo la sed impulsa mis actos, también tengo otras necesidades propias de un depredador, una de ellas es sentir el miedo de la presa –ya lo mencioné–, y, ciertamente, esa chica no iba a satisfacer tal necesidad, incluso sospecho ahora que tampoco saciaría mi sed, ya que una cosa desemboca en la otra, ¿comprendes?”

Esto es todo lo que tengo sobre la correspondencia clandestina de Kürten, no es mucho, pero es lo que hay. Se dice que una vez que las autoridades lo encerraron, él escribió algunas cartas a los familiares de las víctimas en donde les explicaba el porqué de sus crímenes y la necesidad de consumir sangre humana.
Las fuentes afirman que fue sentenciado a nueve penas de muerte en 1931 y luego, ejecutado en la horca. También se habla de que sus víctimas ascendieron a ochenta. Fue conocido –y con razón– como el Vampiro de Düsseldorf.

Texto agregado el 03-05-2007, y leído por 170 visitantes. (0 votos)


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