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21 de diciembre de 2005
Santiago de Chile.
Clínica Santa María.

Querido lector,

Esta próxima carta debe ser leída después de mi muerte y dejo a juicio del lector divulgar la confesión aquí presente o callarla. La confesión trata de Luis y su desaparición hace ya casi once años. La razón por la que la hago es que ayer el doctor me informó que no me queda más de tres semanas de vida, quizás un mes, uno y medio a lo sumo, y necesito sacarme este peso, este angustioso secreto de encima.

Fue un trece de febrero. Era un día caluroso, de aproximadamente treinta y dos, quizás treinta y cuatro grados, no había ni una nube en el cielo ni tampoco corría gota de viento. Ese día fuimos al supermercado a eso de las seis de la tarde, después de tomar el té y haber estado un rato, un largo, largo rato, bañándonos.
El supermercado estaba repleto, todos comprando cositas, bombones, flores, alguna leserita que regalar para el día de los enamorados. Es impresionante la cantidad de gente que lo hace. No sé si realmente todos ellos tendrán pareja. Posiblemente mucho de ellos estén intentando conseguir una, muchos otros recuperarla y solo la mitad la debe tener, quizás menos, quizás más.
Eso no importa, lo que importa es que el supermercado estaba lleno y eran las seis de la tarde en un día caluroso de febrero del año mis novecientos noventa y cinco, hace casi once años ya, y estábamos mi mamá, mi hermano menor y yo (mi papá estaba trabajando y mi hermano mayor estaba en el sur con su polola y amigos). Estábamos(cambiar) (Habíamos ido a comprar - opción) comprando las cosas de la casa, vamos cada quince días al supermercado, aunque ya nunca vamos los trece de cada mes; teníamos que traer una caja de leche, frutas y verduras, carne (quedaba pura carne molida, que cosa más fome), shampoo, pasta de dientes, mi desodorante, mantequilla, manteca, margarina, harina, polvos royal, tallarines y un largo etc.
Cuando esto pasó estábamos en la sección de lácteos, sacando queso chedar, cuando mi mamá se da cuenta que Luis no está y me dice: ¿dónde está Luis?. Estaba hace medio minuto detrás de mí, le respondí. Anda a buscarlo, me dijo.
Por lo que partí a buscarlo. Primero por los alrededores, es decir la leche, la carne, las cosas congeladas, etc. Pero no estaba. Luego pensé que se podría haber ido a la parte de los juguetes, pero tampoco estaba. Ahí fue cuando empecé a asustarme. Mi hermano se había desaparecido. Empecé a entrar en pánico. Con el corazón más agitado me dirigí a la sección de música, en eso entonces soñaba con un equipo que no le habían regalado para navidad, costaba como quinientas lucas. Llegué y tampoco estaba. Me dirigí corriendo donde estaba mi mamá y le dije: no encuentro a Luis por ninguna parte, con una voz de angustia... igual como estoy ahora, igual de angustiado.
Mi mamá me miró con cara incrédula, aun estaba calmada, dentro de lo que una mamá puede estar si se le pierde su hijo. Sin decir ni una palabra y con una cara que comprendí en un segundo, partimos los dos a buscarlo, llamándolo, en un principio no muy fuerte, al cabo de diez minutos gritando. Habíamos dado un par de vueltas completas al supermercado. Unas cinco personas nos estaban ayudando. Mi mamá seguía buscando desesperada. Yo había ido a informaciones, aterrado, desesperado sobremanera, y entre sollozos pedí que llamaran a mi hermano. Esperé diez minutos, luego dejé esperando a una mujer cincuentona mientras iba a buscarlo fuera del supermercado. Vi a mi mamá llorando a mares, vi a medio supermercado buscando a mi hermano, vi a los guardias, a las cajeras y cajeros en alerta, vi como se movía el personal en el segundo piso, vi como todos ayudaban, a las mamás con mas intensidad que las solteras, y lo vi a él. Ahí estaba, parado fuera del supermercado, con una cara no sé sí de risa o de llanto. Me quedé estupefacto, no atiné a hacer nada. Cerré los ojos y vi a una persona blanca caminando, descalza y con un aire de extrema serenidad. Los abrí y ya no estaba.
Nunca más lo vi. Nunca le he contado esto a nadie, excepto a ti, al lector de esta carta, que será leída después de que me vaya de esta vida. Dormí durante todas las noches esperando a que cuando despertara estuviera en su cama, transpirado como todas las noches. Viví durante quince años esperando que llegará a la casa y mi mamá o él mismo me llamará para saber que estaba de vuelta. Soñé, todas las semanas, que yo reaccionaba al verlo y todo volvía a la normalidad. Y durante los últimos días de mi metástasis, en estos momentos que añoro dejar de sufrir, morir ya, he soñado constantemente con ese señor de esmoquin blanco, descalzo, cada vez más cerca de mí.
Saluda atentamente,

Antonio Echeverría.

Texto agregado el 08-05-2007, y leído por 200 visitantes. (0 votos)


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