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El camino bajaba y se perdía hacia adelante, imperceptible entre las rocas, los pastos y el mismo polvo de tierra sobre el cual se abría. Tenía alpargatas, un saco al hombro y la cabeza desnuda al calor de la tarde.
Era esa parte de la tarde que el llamaba el brote de la tarde, cuando el sol hervía.
Tenía dos recuerdos, dos manojos de imágenes que le brotaban, eran recuerdos de niños, de sus hijos. A los costados todo era terreno, un amplio lugar con subidas y bajadas, con valles, y yuyos y piedras.
Los pies le dolían. Las piedras se incrustaban en las plantas de los pies a través de la delgada suela de las alpargatas. La sed lo llevó a abrir el saco, sacar una botella de agua, beberla. El líquido penetraba fresco en su boca, algunos chorros caían al piso, salpicaban la tierra con tachones oscuros sin forma.
Se sentó sobre la base de una roca, la espalda apoyada en la superficie dura. Debes irte. Me quedaré. Debes abandonar el pueblo, te van a matar. Me quedaré. El silencio de lo noche lo empapó de instantes de calma y pudo pensar.
A la mañana, justo antes de que descampara salió de su casa. Caminó por uno de los caminos laterales del pueblo, sin ser visto, sin ver a nadie, y cuando el sol estuvo a la altura de los ojos ya caminaba por el cañón.
Cuando el pueblo se transformaba en una mancha gris a sus espaldas sintió ganas de darse vuelta, de mirarlo. Tal vez sea esta la última posibilidad de ver al pueblo, me daré vuelta para mirarlo. Pero no se dio vuelta, por miedo a sentir el frío de abandonar el lugar donde había crecido. Prefirió llevarse todos los recuerdos menos ese último; con la mirada tratando de divisar el futuro del camino continuó sobre sus pasos.
Te van a matar. Era obvio que lo iban a matar, nadie le faltaba el respeto a ese tipo, y menos en frente de otras personas. Pero tampoco iba a permitir que le quiten su trabajo así porque si. Lo agarró del cuello, lo apretó contra la pared, le pidió explicaciones. La gente miraba pasmada. Todo el mundo sabía que esas cosas no estaban permitidas, que se estaba cavando su propia tumba. Que miran ustedes, dijo. Después abandonó la oficina rompiendo el silencio de un portazo.
Llegó a su casa, los niños no estaban, sólo aquella mujer en el patio, su esposa, cebando mates. Dame un mate. Qué te pasa. Nada, dame un mate. Los niños, preguntó. Ella le contestó. El sorbió el mate, con dos gruesas chupadas dejo el mate seco. Andá de tu hermana, tengo que estar solo, pensar. Que te pasa. Nada. Andá por favor.
Quería más a sus niños que a ella. Estaba con ella porque se había acostumbrado a esa mujer tan servicial, que lo quería tanto, pero se preocupó por los niños no por ella. No encontraba salida, sabía que procedió equivocado, pero una parte de él se sentía satisfecho. No quería que nada le sucediese a los niños. El hombre llegó cuando él estaba sólo, pase, pase, que no hay nadie.
Estaban los dos sentados en la mesa de la cocina. Él le contó lo que había hecho, la cara del otro demostró confusión, cierta lástima. Eso no se hace, le dijo. Ya sé, pero no pude soportarlo. Hubieras esperado a otro momento, hablarle de otra forma, ahora sabés que tenés que irte. Se quedó callado, era un silencio ambiguo, sin forma, sin respuesta. Desde afuera, a través de la ventana podía percibirse la agonía de la tarde, las primeras estrellas salpicar el cielo. No me quiero ir. Es por tu vida, dijo el otro.
Caminaba sobre el suelo de tierra seca. El saco que llevaba sobre el hombro era liviano, pero de tanto andar había ganado peso. Las alpargatas se le salían con los golpes de las piedras, se las sacó, caminó descalzo, era la mañana y el piso estaba fresco. Sobre la línea del horizonte parches de nubes blancas se encendían en el cielo. Será un lindo día, a pesar de los recuerdos.
Al mediodía sacó del bolso un sándwich, era de jamón y queso. La tierra era una alfombra en pleno hervor. Se arrepintió de no haber traído un sombrero, no podía mojarse la cabeza, no le quedaba mucha agua, sentía los pelos calientes como una esponja candente. Masticaba el pan, el jamón, el queso, era un sabor agradable, un tesoro sobre ese camino árido entre los yuyos duros y las rocas espesas. Hacia atrás ya no se veía el pueblo, era la misma imagen parca, insípida, que se veía hacia delante.


Texto agregado el 12-05-2007, y leído por 115 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
13-04-2009 Sin mucho que decir. Lupisha
24-08-2007 Un texto donde los datos están bien dosificados. Es narración que es cuento. Te felicito. peco
 
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