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Para quien la quiera

El pueblo aún dormía cuando el conserje llegó al Ayuntamiento. Pedro ya le esperaba sentado en el umbral con cara de no haber pegado ojo en toda la noche. Sólo él sabía cuánto tiempo había esperado aquel instante. Era su cumpleaños y alcanzaba por fin la mayoría de edad: requisito imprescindible para que la llave le fuese entregada. Entraron al consorcio y allí —colgada de una pared junto al escudo preconstitucional con su águila y flechas— estaba la llave, bajo un letrero en el que se leía: “Para quien la quiera”.

—¿La quieres? —le preguntó en broma el conserje señalando con el dedo índice la llave.

Sabía perfectamente la respuesta. La cara de incredulidad y más tarde de ansiedad de Pedro no le dejó la menor duda. ¡La deseaba con pasión!

—Siéntate y en cuanto llegue el concejal te la entregamos —solicitó a Pedro. Llenándose de paciencia se sentó justo enfrente de ella. Sin quitarle la vista de encima, ojeó un libro que estaba sobre una mesa.


La llave, que estaba colgada por un cáncamo en la pared del ayuntamiento, abría la casa del pueblo conocida como “la embrujada”. Tenía dos plantas, con una almena en cada esquina, adornadas con esculturas de San Jorge matando al dragón, y una puerta de hierro forjado presidida por una de Lucifer. Su apariencia era tenebrosa, acentuada por las sombras de los árboles del espeso bosque anejo a ella y por un pequeño cementerio en un lateral con sólo veinte lápidas. Ninguna tenía el nombre de los que en sus tumbas yacían, tan solo un número, del uno al veinte, y las fechas de nacimiento y óbito de sus inquilinos.

El último dueño de la casa había dado la llave, cincuenta años atrás, al alcalde de por aquel entonces con todos los papeles de propiedad. Nunca más se supo de él. Las únicas palabras que dijo en el momento de entregarla fueron: “Para quien la quiera”. De ahí que se decidiera colocar un letrero con esa frase junto a ella en la pared. La huida sin explicaciones y la apariencia demoníaca que siempre tuvo la casa produjo, a lo largo de los años, un mar de rumores y leyendas que hablaban de muertos vivientes y de almas que esperaban el descanso eterno vagando por la casa y el bosque. Ninguna persona vio jamás algo que le permitiera asegurar que aquellas leyendas y rumores tuvieran visos de realidad.

Pedro era el único humano que en el último lustro se había atrevido a acercarse a la casa. Jugaba alrededor de ella y jamás hizo caso de los rumores que corrían por el pueblo. Nunca llegó a entrar en el bosque, no por miedo a que se le aparecieran sus supuestos inquilinos, en los que no creía, sino por el temor de que por su espesura no fuese capaz de salir de él.

Llegó el concejal y sin muchos preámbulos descolgó la llave de la pared.

—Vienes a por ella. ¿Verdad? —le preguntó a Pedro al tiempo que le entregaba la llave. Pedro se limitó a cogerla, guardarla en un bolsillo y a dar las gracias antes de salir corriendo por la puerta del ayuntamiento. Tenía la llave en la mano e iba a entrar en “la embrujada”.

No tardó en llegar a la casa. El día, que hasta ese momento era soleado y caluroso, empezó a obscurecerse, y una tormenta seca iluminaba con cada relámpago las cuatro almenas. El ambiente daba un aspecto extraño a aquella casa. A Pedro la casa le empezó a parecer rara, y sin saber por qué, decidió recorrerla antes de entrar.

—Le daré una vuelta completa antes de usar la llave —pensó. Se sentía como si hubiese tomado alguna droga. No era él.

Mientras andaba, empezaron a moverse las copas de los árboles del bosque sin que se sintiera una pizca de viento y, en la lejanía, casi de forma imperceptible se podía oír voces profundas y misteriosas.

—Ven a jugar con nosotros.

Miró a su alrededor, movió rápidamente la cabeza de una lado a otro, pero no conseguía ver a nadie. Las voces parecían cada vez más cercanas.

—Ven a jugar con nosotros.

La invitación se repetía una y otra vez. Caminando muy despacio, con sus piernas cada vez más agarrotadas, llegó al cementerio. Un relámpago iluminó cada una de aquellas lápidas, su resplandor casi le hizo caer. Cuando se repuso, un nuevo rayo le permitió ver que una nueva lápida ocupaba un lugar en el cementerio. Caminó hacia ella, la limpió de hojas y ramas con sus manos. Estuvo a punto de desvanecerse cuando la tormenta descubrió dos fechas que bajo el número veintiuno estaban grabadas en su piedra. Una de ellas era la de su nacimiento, la otra, la de su decimoctavo cumpleaños. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Pensó que había muerto, que su cuerpo yacía bajo aquella lápida convirtiéndose en parte de la leyenda que sobre aquella casa circulaba por el pueblo.

—Entonces son ciertas todas las leyendas que sobre aquella casa se contaban. –Pensó.

—¡Ven a jugar con nosotros!

El tono de la petición la había convertido en una orden que ya escuchaba con total nitidez. Pero allí seguía sin haber nadie. Las copas de los árboles se movían cada vez más y producían un murmullo aterrador, el intervalo entre los relámpagos eran cada vez más corto y su miedo más intenso. Sus rodillas flaqueaban con cada paso, sus ojos estaban desencajados y un sudor gélido brotaba de sus sienes. Miró el cristal de una ventana de la casa. Pedro vio reflejada, como si de un espejo se tratase, una cara demacrada y enjuta, los ojos a punto de salir de sus órbitas y los pómulos prominentes. Con las manos tapaba y destapaba su cara con rapidez. No podía creer lo que estaba viendo. Era su cara, blanca y cadavérica.

Pero algo le empujaba a continuar, su interior le pedía que abriera la puerta de “la embrujada” a pesar de todo lo que estaba viviendo.

El ritmo de su paseo había descendido. Miró su reloj y aunque marcaba una hora temprana, la Luna llena se había apoderado del cielo. Aquellas almenas que tanto le gustaban, ahora le causaban pavor. Intentó sobreponerse.

—Todo es producto de mi imaginación.

—¡Ven a jugar con nosotros!

Esta vez al oír la llamada se sobresaltó, se oía como si el que la gritaba estuviera junto a él. Aquella frase, la lápida y su cara reflejada en el cristal estaban clavadas a su mente. Casi no podía andar, un peso invisible le impedía mover las piernas. El pánico se había apoderado de Pedro.

Con el andar pesado que le permitían sus piernas, llegó a la parte de atrás de la vieja casa. Había una piscina de arena de playa en la que había jugado infinidad de veces. Estaba llena de huellas de pies descalzos y de manos de niños. Indicios claros de que allí habían estado divirtiéndose no hacía mucho tiempo. Pero ¿quién? Sólo él visitaba la casa desde hacía cinco años. Se sentía vigilado; ojos que le observaban desde el bosque y desde la casa; miradas de muertos vivientes, que como él, no descansaban en paz. Era una intuición sin fundamento; pero la impresión de ser perseguido era cada vez más fuerte.

—¡Ven a jugar con nosotros!

Esta vez la llamada venía de la parte de arriba de la casa. Temeroso de encontrarse con algo inesperado, levantó la cabeza y observó como una luz tenue, probablemente de una vela, se dejaba ver en una ventana del segundo piso. Una cara se echó hacia atrás en el momento que él alzó la mirada, no pudo verla, tan solo apreció su sombra.

—¡Ven a jugar con nosotros!. —Le estalló la frase en la cabeza.

Siguió con un andar pasmoso alrededor de la casa. La luz iba de ventana en ventana persiguiéndole; pero cada vez que alzaba la mirada un nuevo relámpago le impedía reconocer la cara que se echaba hacia atrás para no ser vista y que sólo se dejaba adivinar por su sombra. Una voz seguía gritándole al oído: ¡Ven a jugar con nosotros! El miedo que hasta entonces le sujetaba las piernas, ahora le hacía correr sin sentido, alocado. Corría fuera de sí mientras que la luz le acosaba desde del segundo piso. Se detuvo y alzó la mirada.

—¿Quién eres? —chilló. Y obtuvo como respuesta el grito de una voz que salía del interior de la casa: Ven a jugar con nosotros.

Se encontró de nuevo frente a la puerta de casa, la luz de la vela había desaparecido de la ventana que estaba justo encima de la puerta. La estatua de Lucifer que la presidía y que él consideraba un prodigio de escultura, parecía darle la bienvenida con una expresión en la mirada que en anteriores visitas a la casa no había percatado. En su interior algo le decía que a pesar de todo debía abrir la puerta, creía que tras ellas encontraría una respuesta. Se sobrepuso a la tormenta, a la llamada para intervenir en los juegos, a la imagen de su tumba con el número veintiuno y a su cara reflejada en la ventana.

Sacó la llave del bolsillo. Con mano trémula la introdujo en la cerradura y la giró, tras un leve chasquido sintió que con un pequeño empujón en la puerta, a pesar de su peso, se abriría para él. Por un momento desaparecieron todos sus temores, ya no se oía la voz que había estado torturándole, las copas de los árboles dejaron de moverse, la tormenta había desaparecido, ya no recordaba la imagen de su cara en la ventana y pensó que la lápida con el número veintiuno había sido producto de su imaginación.

—Estoy vivo. —Gritó.

Parecía que todo el lugar había detenido su trepidante actividad esperando que Pedro cruzara la puerta. Respiró profundamente y la empujó hasta abrirla de par en par. Un fuerte resplandor le cegó, gritos que le daban la bienvenida, serpentinas y globos de colores se alzaban hacia el techo de la casa. ¡Era su fiesta de cumpleaños! Todo el pueblo se había citado en el interior de la casa para hacerle una broma macabra.

Se relajó, todo su miedo había desaparecido. Sonrió. Cuando el resplandor dejó de cegarle vio a dos niños a los que no conocía con los ojos colgando y las mandíbulas desencajadas. Estaban sentados en una mesa de piedra, moviendo fichas de un juego que no había visto nunca, al tiempo que le hacían señas para que se acercara.

—Ven a jugar con nosotros. —dijo uno de ellos al tiempo que le ofrecía sentarse en una silla vacía junto a la mesa.

Miró al resto de la gente. Todos le sonreían. Sus vestimentas eran de distintas épocas, desde la Edad Media hasta principios del siglo XX. Sus caras estaban famélicas, cadavéricas; recordó que la cara en cristal de la ventana era igual que las que ahora tenía enfrente. Veinte muertos vivientes celebraban su cumpleaños y le daban la bienvenida a la casa.

Todos sus miedos regresaron y volvió a quedarse paralizado. Recordó de nuevo la lápida con el número veintiuno. Un golpe le despertó del letargo en que había entrado al ver a aquellos personajes. La puerta acababa de cerrarse a sus espaldas. Corrió hacia ella entre risas estridentes. Era imposible abrirla y la llave que tanto había deseado se quedó fuera. Las risas se convirtieron en estruendosas carcajadas mientras que los dos niños seguían gritando.

—¡Ven a jugar con nosotros!

Todo intento por abrir la puerta fue vano. Desfallecido, torturado y sin fuerzas se dejó caer junto a ella. Entonces supo que no volvería a salir de allí, estaba enterrado en vida en la casa de sus anhelos.

Mientras yacía en el suelo, junto a la puerta y con lágrimas en los ojos, observó cómo aquella gente había dejado de reír, los niños se levantaron de la mesa. La casa se oscureció hasta quedar en penumbra. Sólo podían adivinarse las sombras de sus tétricos habitantes. Cada cual, como si nadie hubiese alrededor, vagaba por el interior de la casa.

El pueblo aún dormía cuando el conserje llegó al Ayuntamiento. Quedó estupefacto al ver la llave que el día anterior se había llevado Pedro. Estaba en el suelo junto al cáncamo que la sujetaba a la pared. Cogió un martillo y la colgó de nuevo al lado del letrero que rezaba: “Para quien la quiera”.


© Francisco Lancharro Pérez

Texto agregado el 15-05-2007, y leído por 101 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
24-02-2017 No me gustan las historias que me dan esa sensación de miedo , pero tengo que decirte "muy bueno" sensaciones
21-02-2017 Muy buen relato de terror. Fijo que no ha tenido más puntos por su longitud, poco apta para leer en la pantalla. Además está miy bien escrito. hipsipila
13-06-2007 Esto es muy bueno...Me pregunto por que no te haces mas publicidad?? y ni me preguntes como te encontre....Es una larga historia, y una casualidad misteriosa....Me gusto demaciado....Piel de gallina. annakiya
12-06-2007 Francisco, este cuento deberìa estar en un libro de antologìa del terror, es màs, se me ocurre que serìa especial para filmarlo con efectos especiales, mùsica tètrica y demàs. Felicitaciones. doctora
 
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