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HISTORIA DE UN PERDEDOR (Prosa)

Filiberto salió del zoológico sintiéndose un tanto ridículo. Ni bajo tortura hubiera confesado que se sentía celoso de un león.
Al llegar a su automóvil, una abeja pasó zumbándole en el oído, lo que le provocó un pequeño ataque de pánico, pues creía ser alérgico.
Cuando el insecto se alejó, ajustó su corbata y con gesto un tanto petulante miró a su alrededor, alegrándose de que nadie hubiera visto lo sucedido.
Ya en el interior del vehículo, se despojó de la corbata, que en su opinión no era más que un estorbo que debía soportar a diario y la lanzó malhumorado al asiento trasero.
Sin querer, sus pensamientos volvieron al león. Aprovechando su hora de almuerzo, Filiberto había empezado a ir al zoológico, principalmente para huir de su oficina y de las miradas burlonas de sus compañeros.
En el zoo, se acomodaba en una banca a comer las viandas que doña Toribia, su madre, le preparaba cada día. Nadie reparaba en él, nadie esperaba nada de él y durante esa hora realmente podía relajarse.
El león llamó su atención desde el primer día, no solo por su magnífica estampa sino también, porque, en su mente, Filiberto lo imaginó como una especie de alma afín.
Encerrado, privado de su libertad, destinado a algo mejor.
El sabía que en teoría, era libre. Pero sólo en teoría, por que en realidad, se sabía atrapado en una telaraña de la cual ni siquiera podía empezar a imaginar cómo librarse.
La traición del león ocurrió un par de días después, cuando Filiberto se dio cuenta de que el animal convivía con dos hembras, con las cuales aparentemente pasaba la tarde jugueteando y dándose mordiscos.
Su indignación fue mayúscula. ¡Qué alma afín ni que cuernos! El era célibe por necesidad, pensaba, no por elección propia.
En una época tuvo una novia a quien doña Toribia vetó con toda su fuerza. No hubo nada que la pobre pudiera hacer para ganarse la aprobación de la severa dama. La chica se enteró de que a doña Toribia le encantaba el atol de elote y en cuanto pudo, se lo preparó. Doña Toribia lo declaró inapropiado para el consumo humano. Lleno de grumos, dijo.
Y ni siquiera el hecho de que la jovencita tocaba el piano como los propios ángeles la convenció.
Finalmente el noviazgo se enfrió y terminó, y Filiberto no se atrevió a pretender a otra mujer nunca más.
Se iba de putas un par de veces al año, pero la resaca moral era tan grande que cada vez juraba que sería la última. Odiaba su trabajo, temía a su madre, pero aún más temía vivir lejos de ella…
Aturdido y furioso por esos pensamientos, pisó el acelerador cuando lo que en verdad pretendía hacer era pisar el freno al llegar a un semáforo que estaba en rojo.
Como en cámara lenta vio al bus que se le venía encima y pensó que ahora sí que había hallado la forma de librarse de la telaraña.

Texto agregado el 15-05-2007, y leído por 97 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
15-05-2007 13º Round del Club de la Pelea. Texto en concurso, por favor no dejar comentarios. Ignacia
 
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