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Inicio / Cuenteros Locales / gui / Paul el transgresor que no pintaba.

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Y he aquí que el hombre arrojó todo al tacho de la basura: familia, amigos, costumbres, compromisos, hojas de afeitar, jabón, desodorantes y todo aquello tan necesario para socializar con el mundo circundante, lió unas cuantas ropas abrigadoras y a paso pleno, sin siquiera voltearse para contemplar los despojos de esa existencia que dejaba tras suyo, huyó de la efervescencia, de la capital. A medida que se alejaba de su cómoda y burguesa situación, con su rostro al viento y el corazón latiendo desenfrenado por el entusiasmo, comenzaron a rodar en la cartelera de su rupturista mente las imágenes de Paul Gauguin en Tahiti, las cuales se iban plasmando a modo de emblema y ejemplo de vida sin ataduras. Claro, no sabía agarrar un pincel, dibujaba de manera deplorable y de supervivencia en condiciones desfavorables, sabía tanto como de latín. Pero el entusiasmo era tal que un cosquilleo que creía haber olvidado en los desvanes de su lejana juventud, recorrió su cuerpo como corriente de bajísimo voltaje que, sin embargo, le impulsó a cantar con todas sus ganas y a entonar esa cancioncilla aleccionadora de Nino Bravo: -Libreee, como el sol cuando amanece yo soy libre… y unas señoras acuicadas le sonrieron y gritaron: -¡Viva mi general!- transportada sus gerontológicas mentes a aquellos años oscuros de la dictadura cuando el temita aquel pasó casi a ser el segundo himno nacional. Paul, llamémoslo así, esbozó una ligera sonrisa a esos carcamales insufribles y se prometió que aquel sería su último gesto relativamente humano. Bueno, tal vez el penúltimo, puesto que sus pies a la miseria debido a la poca costumbre de ser expuestos al rudo pavimento, reclamaron una amnistía y debió hacer dedo a la vera del camino. Una destartalada camioneta fue su salvación y sentado en el piso de la parte trasera, entre cajas de cartón y unas cuantas gallináceas que le miraban con curiosidad desde su jaula de acero, continuó entonando temas alusivos a la libertad y el hombre que conducía la camioneta, contagiado por los sones melodiosos, principió a silbar sin mucha suerte ya que carecía de incisivos que le permitiesen modular esas pequeñas corrientes de aire que penetraban en su boca y el resultado era, por supuesto, una desconcertante exposición de soplidos amorfos.

Se desembarcó a los pies de la cordillera y contempló como la ciudad se extendía amplia en todas las direcciones y en patriarcal gesto, abrió sus brazos como queriendo abrazar simbólicamente a ese conjunto de edificios y trazados de calles que simbolizaban la vida bullanguera, atrabiliaria y sin asunto que el pretendía dejar atrás. Envalentonado por la soledad que sólo perturbaban los cantos de las diversas especies de pájaros que pueblan la pre cordillera, comenzó a improvisar un discurso de despedida en un tono entre severo e irónico: -Señor Gerente, señora esposa del señor gerente, arrogantes empleadillos de terno y corbata, mujeres arribistas de estos empleadillos de terno y corbata, Operarios resentidos y mujeres obsecuentes, señores intelectuales de rostros compungidos y posiciones intransigentes, muchachotes insufribles con sus vestimentas plagadas de elementos extranjerizantes y de discurso tan feble, prostitutas de vida fácil, odiadas por los puritanos y requeridas por los mismos puritanos cuando estos se pasan de copas, comerciantes hipócritas que hablan del bien común cuando es más común que lucren de sus propios bienes a costa de sus esquilmados clientes, abogados que defienden a los criminales y que se queman los ojos buscando en su vasto lenguaje de argumentos articulados algún eufemismo que suavice las atrocidades cometidas por sus defendidos, religiosos de todas las iglesias que no reparan que con su afán divisionista desvirtúan el lenguaje divino al idolatrar a mil deidades distintas en el nombre de uno solo, futbolistas que viven y se hacen tratar como reyes en desmedro del hincha que con mística y esfuerzo los financia desde la galería y que no le responden en la cancha, salen de juergas y luego alegan estrés, políticos insulsos que pregonan justicia, paz y libertad, la misma receta en diferentes conglomerados, haciéndonos creer mediante fatuos discursos que la paz, la libertad o la justicia sólo son válidas si uno las adquiere en sus tiendas, defensores de lo indefendible, nihilistas, nigromantes de conejo en el bolsillo, brujas avarientas que quieren también ser bellas, místicos de pacotilla que usan trajes de Armani y viajan periódicamente a Miami en pos del oropelado sol, traficantes que le envenenan la vida a los compañeros de sus propios hijos … Una hora estuvo Paul mencionando a todos y cada uno de los componentes de este vasto tejido social, rociando su insidia a destajo. Al final, cuando ya no quedaba nadie a quien citar, gritó a viva voz: ¡Váyanse todos a la misma mierda! y haciendo una afectada reverencia, se dio media vuelta para proseguir su camino. Las avecillas se detuvieron en las ramas de los árboles para escuchar la arenga, divirtiéndose quizás con esas palabras altisonantes que no les decían absolutamente nada. Sólo un loro que se había escapado de su jaula algunos días antes y que comprendió de principio a fin el encendido discurso, tradujo todo en idioma de pájaros, comentando al fin: -Otro que se cree distinto. Doy por hecho que el tipo regresa a la tarde con una tremenda insolación, clamando por agua y alimentos. Y se quedó bajo las ramas esperando que el sol fuese a caer vencido y rojo sobre la cresta de los edificios de la gran ciudad. Anochecía cuando un tipo con un pañuelo a modo de sombrero, arrastrándose por los riscos y pidiendo a grandes voces que alguien le convidara un poco de agua, se materializó, para sorpresa de los pájaros que realizaban su vigilia nocturna. El loro sobrevoló por sobre el infeliz, para decirle con su voz nasal: -Si vuelves a la ciudad, ahora tienes que saludar uno por uno a todos aquellos de los cuales te despediste. El hombre sólo atinó a mirar al loro.
-No, no, no regreso más…-dijo el hombre, quien, consecuente con su decisión, escarbó entre las piedras hasta dar con un manantial.

Hace cinco años que su familia busca a Paul Pérez y su fotografía ha aparecido en todos los medios de prensa. Se presume que el hombre sufrió un ataque de locura y se extravió. No andan muy lejos en sus apreciaciones…

Texto agregado el 05-03-2004, y leído por 338 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
27-03-2004 una metáfora de vida, una manera de encontrar sentido al quehacer de una vida. un saludo. Martin_Abad
07-03-2004 Pienso que como Paul hay muchos pululando entre los contenedores de basura y cosas afienes por cualquier ciudad del mundo. Dura realidad. Un saludo FranLend
06-03-2004 Muy bueno ! Ni dudar que existen muchos Paul Perez. Coincido con Rodrigo al decir que todos, en algùn momento hemos querido hacer algo parecido. Sin desaparecer... claro está ! Excelente ! shou
06-03-2004 he disfrutado como un enano. barrasus
05-03-2004 Un Jacinto Cenobio de la vida, pero al revés. La madreada que le da a la vida vulgar y de comemierderismo, es antológica. Creo que todos, en algún momento de nuestro diario caminar, hemos querido hacer esto... sin ni siquiera intentarlo. Ambos tres ( como diría Asturias) Paul, el loro y Gui, cada uno en su tono, son los grandes filósofos del cuento. Excelente para variar... rodrigo
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