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Conciencia Lingüística

“Las cosas son el nombre”
Octavio Paz.


A Blao le sobrecoje por dentro como un desvanecimiento verbal. No recuerda el nombre de una palabra. Quiere comunicarle a Azulada su predilección por aquellas flores endebles que pintan de mariposas la verde campiña que se asoma por la ventana de la tarde.

Pero a Blao se le ha encasquillado el habla. No da con el vocablo en concreto. Y un estremecimiento parecido al que sintió cuando de niño un gorrión expiró entre sus manos, lo zarandea de arriba abajo. Sus neuronas amotinadas le vetan la voz de la imagen de esa flor a la que se agarra cual náufrago en un mar abandonado de prosodias impronunciables. El escritor se siente decepcionado por la flor que tanto admira y que desagradecida le regatea su nombre.

Un vacío lingüístico le impide evocar esa sumidad que crece silvestre entre los sembrados, en el campo, a la orilla de los caminos. Blao intenta ayudar a su memoria con pistas descriptivas que aún retiene en su mirada a pesar de haber olvidado como se llama la flor. No hay manera, se siente perdido. Y le pide ayuda a su editor:

"No creas que se trata de una adivinanza, Azulada. Es que me he quedado en blanco. Sólo te puedo decir que los pétalos de esta flor van del rosa al rojo y que son muy frágiles. La simplicidad y la abundancia de sus estambres es altamente seductora, y su tallo es delgado como el cálamo de una pluma."

Azulada no está muy pendiente de lo que le cuenta Blao. A él, más que las lingüísticas y semánticas de su escritor desmemoriado, lo que le preocupa es acabar con el pulgón y la roya de sus manzanos y rosales emponzoñados. Y le dice como quien no quiere la cosa:

"Ese es tu oficio. Te contraté precisamente para eso, para que escribieras, para que pusieras letra a mis ideas y dieras nombre a las flores de mis pensamientos."

Blao de nuevo se esfuerza por recordar el nombre de esa flor, y siente como una anticipación de la nada. Miedo. Caos. Aturdimiento. Como si amnesia y muerte fuesen sinónimos. Y le viene a la cabeza aquella frase que con frecuencia le repite a su editor en sus días bajos: "las palabras lo mismo nos salvan que nos pierden".

Al margen de la casual connotación degenerativa propia de un simple amago de su memoria perezosa, Blao aprovecha para decirle a Azulada que este incidente de la flor no recordada le revela por su ausencia el poder vivo que toda palabra ostenta: su omnímodo valor ontológico. De hecho el escritor, al no dar con el nombre, duda incluso de la existencia de la flor. Aunque considera desorbitado que la naturaleza de las cosas dependa exclusivamente de su expresión oral:

“Es verdad que no caigo en el nombre de esta flor, pero conozco bien su estilizado tallo, sé de sus débiles pétalos, y veo en mi mente como sus diminutos ojos negros cimbrean con la brisa de la tarde. Aún quedan atisbos de su brillo aterciopelado en algún rincón perdido de mi corteza cerebral. Puede que ni la misma flor se acuerde de sí misma, pero yo sé que vive. Y la veo ahora erguida y desafiante por los ribazos de la huerta. Esa flor es tan inocente y jovial que luciría su presencia por trigales ignotos de la tierra aún a pesar de la ceguera del mundo entero."

Pero esa tibia certeza de que la flor sigue viva independientemente de cualquier reconocimiento humano, no le quita a Blao ese gélido escalofrío ante la duda de que la flor y su nombre sean, como dice Octavio Paz, la misma cosa. El que pierde la llave de su casa no se desespera del todo, porque le dejó una copia al vecino. Y sabe que tarde o temprano podrá de nuevo entrar a su casa. Blao confía en que el nombre de la flor vendrá a la punta de su lengua cuando menos se lo espere.
Pero ¿qué pasaría si la referencia verbal entre simbolismo y realidad desapareciera indefinidamente? Supongamos que Blao no hubiese dejado copia de la llave a su vecino. La entrada a la casa de la vida, al hipotálamo del conocimiento, al escenario de las esencias y categorías ¿le estaría cerrada para siempre?

Desconocemos si por la mente del escritor pasan en estos momentos preguntas tan filosóficas. Lo que si sabemos es lo que ahora Blao le dice a Azulada:

"A veces siento como si en el hablar me fuese la vida. De hecho la muerte es muda, muda y analfabeta. El lenguaje es la puerta de la conciencia. En un mundo donde las palabras no existen es imposible forjar la realidad. Sin la palabra la anarquía, la ignorancia, la descentración, la desautorregulación, la oscuridad, la incomunicación, el desconocimiento están completamente asegurados. O dicho con palabras recientes de Antonio Gamoneda: "No sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias y ya escritas palabras".

Por fin parece que Azulada se decide por ayudar a Blao. Y le larga el nombre de su flor perdida:
"Amapola."

Y es entonces cuando Blao siente el despertar de aquel gorrión muerto en aquella su "infancia" de palabras todavía sazonadas.


Juan Martín Serrano : AZULADA
Murcia

Texto agregado el 21-05-2007, y leído por 260 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
28-05-2007 "las palabras lo mismo nos salvan que nos pierden". 6236013
28-05-2007 Excelente, al leer este texto, recordé cuantas veces a los seres humanos nos sucede.Tenemos el nombre en la punta de la lengua y sin embargo nuestro cerebro no responde.Es angustiante vivir esa situación, tenemos todo el recuerdo de esa flor, su tallo ,su grosor sus hojas y el nombre no viene. Y mientras todos suguen enfrascados en sus propios pensamientos, el que se olvida se detiene en elo tiempo para solo querer recordad sea como sea. Un gusto mi querido amigo leerte. Besitos Victoria********** 6236013
26-05-2007 Amapola, Blao... sencillamente AMA_POLA. Un olvido pasajero del sonido que la representa y casi nos deja sin flor... Blao, nunca olvidaré tu nombre porque sería como quedarme sin parte de mi alma. lilianazwe
26-05-2007 Amapola, Blao... sencillamente AMA_POLA. Un olvido pasajero del sonido que la representa y casi nos deja sin flor... Blao, nunca olvidaré tu nombre porque sería como quedarme sin parte de mi alma. lilianazwe
25-05-2007 Tantas horas pasamos buscando ese vocablo, ese matiz que proporcione armonía y frescura a nuestros textos, que es normal que en muchas ocasiones, la mente se nos quede en blanco, trantdo de recuperar esa palabra perdida que anhelábamos colocar en el éxacto lugar... Un saludo! josef
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