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* (Se ruega encarecidamente, por el bien de la historia y del lector, que comiencen leyendo las distintas confesiones según su orden de publicación; debiendo comenzar por "Confesiones inseguras", que podrán encontrar en mi bibliografía. Gracias mil)




Disculpen, en primer lugar, mi aspecto desaliñado; no he tenido mucho tiempo ni ganas de arreglarme para la cita.

Pues bien, este jueves tuve un sueño un tanto preocupante, nunca he creído en la interpretación de los sueños, pero algo sugería que todo no iba a marchar según lo deseado.

En mi presagio, me encontraba entallado en una toalla blanca, haciendo ejercicios respiratorios. Focos, micrófonos ambientales, una habitación de hotel, Nancy Goldshine perfilando sus labios. ¡Y… acción! Perfecta, es perfecta. Esta mujer no es sólo una diosa, sino que está espatarrada frente a mí. Me pongo morado de Nancy Goldshine, la trabajo a conciencia, sabe riquísima; se gira, me ofrece esas nalgas que tantas veces he visto a través de internet. Entro como un huracán, destrozándolo todo a mi paso. Nancy gime, grita, se retuerce y ¡ups! ¿Dónde está mi río medio oriental? Ella se gira, el técnico se parte, mi cacharro se escurre de intimidado que está, me salgo, pido unos segundos (¡Vamos, vamos, vamos! ¿Dónde está la más bonita mi casa…? Por favor, preciosa, no me falles). Nada, nada de nada; supongo que a alguno de ustedes le habrá ocurrido algo similar, vamos, un gatillazo de ésos que los afectados juran y perjuran que no tienen importancia… Pues hagan un ejercicio de empatía: ocho personas, incluyendo los maquilladores, siendo testigos del batacazo iniciático del gran Éufrates…

Las risas dejan paso a la impaciencia, Richard se levanta y me machaca: “¡Que entre el doble!” (¿El doble? ¿Es que todo esto estaba previsto?). La puerta de la habitación se abre, aparece imponente, envuelto en un albornoz rojo, un tiarraco encapuchado; se despoja de su envoltorio. (No puede ser, está mucho más bueno que yo, qué abdominales, qué gemelos; no creo que pudiese conseguir unos semejantes ni permaneciendo de por vida en la bicicleta estática; ¡y qué pollón!). Desmoralizado, sujetando mi cabeza entre las manos y con la mirada perdida en el suelo, tomo asiento tras taparme las vergüenzas con mi toalla blanca. Mi sustituto comienza su faena, perfecta. Nancy para allá, Nancy para acá; la sube, la baja, la voltea. Desde luego este tipo no es nuevo. ¡Cachetada va! De repente, me fijo por primera vez en su cara. (A mí éste me suena de algo, tiene que ser un profesional. No alcanzo a recordar las películas que ha protagonizado, pero a ese nivel, estoy seguro que tendrá una buena filmografía…acorde con todo lo demás).

El show está apunto de terminar, Nancy de rodillas, parece que no le hayan dado de comer en meses, le da un par de sacudidas y “boom”, queda envuelta por completo en una masa viscosa, mientras lucha por desprenderse de ella. A mi me recuerda la concepción de Peter Jackson sobre el nacimiento de un Uruk-Hai. Se limpian, se sonríen, dos besitos en la cara; el equipo aplaude y Richard se acerca a felicitar al semental. “¡Felicidades Miguel, has estado fabuloso, bárbaro!”

(Miguel… Miguel, ¿Mi-Mi-Miguel?).

No puede ser: Me levanto de un salto, camino hacia Miguel, le empujo, tomo su mano izquierda. Ese dedo anular, esa barbita bien perfilada tan pasada de moda. “¡Así es como me pagas todo lo que he hecho por ti! ¡Hijoputa! Tantas horas invertidas en pulir tu piel, en completarla con trocitos de yeso, en bruñir tu pelazo… los mejores materiales, las mejores intenciones y me lo pagas de esta manera. ¡Dios, he creado un monstruo! ¿Sabes lo que te digo? ¡Que te van a echar del cielo!”

Desperté sobresaltado, entre sudores fríos y un pitar de oídos que me desorientaba. Me tomé mi tiempo, corrí hasta la cocina para beber un vaso de agua. De pronto, como una centella, un instinto exterminador se alojó en mi cabeza. (Te vas a cagar). Entro en el estudio; con aquélla anécdota de Miguel Ángel empuñando su mazo dirigiéndose hacia el pobre Moisés en la cabeza. Miro mi obra, tomo un buen pedazo de lija del cuatro… “ras, ras, ras”.

Terminé mi destructora actividad a eso de las seis menos cuarto de la mañana, pero mereció la pena. “Ala, santito, ni se te ocurra moverte de ahí.” Y allí quedó, incrédulo, San Miguel. Convaleciente, al menos, hasta que pase la prueba de la semana que viene. La verdad es que descargué bastante estrés, pero les recomiendo hacer caso omiso de sus sueños, a veces es mejor no buscarle los tres pies al gato. Deseadme suerte, la voy a necesitar.

Texto agregado el 22-05-2007, y leído por 439 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
30-10-2007 Jajajajaja. Fantástico. chorizoensalchicha
04-09-2007 Vaya vaya. margarita-zamudio
21-07-2007 Que risa chaval, que risa!!!!. Saludos y sigo runhelrun
02-07-2007 jajajajajajaja, "la pesadilla" por excelencia de los caballeros. Lo de Miguel como doble, un puntazo, no se lo cuentes al cura. m_a_g_d_a2000
23-06-2007 Claro, si contaba con ayuda divina... Como sea, es mejor no fiarse de los sueños. sereira
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