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En Santiago los pecados se pueden esconder.

Llueve copiosamente y en las pasarelas el vaivén de los frenéticos paraguas semeja la piel de una culebra negra. El atardecer late a pecho abierto y sin esternón.

Una mujer muy nerviosa hurguetea en la médula de su cartera. No encuentra lo que busca.

Más allá, la postura firme de un carabinero, pinta de seguro el cuadro del lugar. Ella estuvo allí dos veces antes.

La noche es de los negros. Una sangría de luces se mueve en la avenida. La avenida es un río desatado de almas en fermento. La mujer sucumbe ante el miedo de verse entregada a la historia. Un rumor la asola: la fuerza desmedida; esa que la anduvo trayendo sanguinolenta la última vez. Cinco veces se le apareció el diablo antes en su vida, y ninguna como la última vez. Sin embargo allí estaba.

Lleva puesto un abrigo que la esconde del mundo. La formidable lana le cubre todo el enjuto cuerpo. La solapa le tapa la cara como un moribundo soldado de Tolstoi. El frío es resistido también con un par de guantes y un sombrero de liquidación.

El parpadeo moribundo de la luz en la micro en que se vino, la adormecieron. Ya no era pena lo que sentía, sino más bien, adormecimiento. Desde hacía días que la sangre no le corría, estaba dura, pero viva. No tuvo problemas en la víspera cuando se subió al tren subterráneo para ir a cobrar la pensión. Todavía cognitivamente funcionaba. Odiaba ser vista como una víctima, sin recibir nada concreto a cambio. “Algo que le diera de comer a ella y a sus críos”, como solía pregonar a los cuatro vientos, y en cada reunión a la que asistía.

Esta vez vino sin los hijos. Tanto trámite, tanto gasto y ese parpadeo sádico de las cámaras en la comisión, los había terminado por aburrir. También los cansó su dolor. Ellos eran apenas unos mocosos cuando todo pasó y la tristeza de ella no la sentían en la piel. Cada cual arrastraba sus propios demonios. Sin embargo siempre hubo tiempo para acompañarla.
………..

Ella todo se lo achacaba a Alejandro. Hacía años que se lo había tragado la tierra. De allí en más, sola con los niños, sola con la noche y sola consigo misma, que era lo peor de todo. Un día el Alejo salió a una de sus reuniones en el barrio Brasil y nunca más volvió. Así de simple. Hasta el día en que le llegó la última citación, ella siempre tuvo el presentimiento de que estaba vivo como el Elvis, y que se había ido no más con la Ingrid, como siempre le aseguraron sus hermanas. Es que Alejandro era buen mozo y además tenía el don de la palabra. Y es que una vez ella misma los vio saliendo coloraditos del baño, mientras se desarrollaba una fiesta para reunir fondos para las juventudes. Se veía encachado cuando se ponía su camisa. El cuello era tan grande como las alas extendidas de una gaviota. Pero así como tenía sus atributos, tenía sus caídas: era bueno para hablar pero un fiasco a la hora de meterle fuerza y trabajo a las cosas. Con el vino se ponía bruto. Una vez casi le dio vuelta la cabeza de un tremendo cachuchazo, y de puro celoso y curado que estaba.

Una vez ella se enteró que lo vieron en el norte, en el puerto de Tocopilla. Le contaron que estaba de estibador y que estaba gordo y negro de tanta chicha y sol. Otra vez se enteró del rumor de que estaba en Alemania y que cantaba música andina en la plaza de Munich.

……….

Cada vez que a la mujer le bajaba la regla, le venía la nostalgia y esa rabia incontenible que le salía del alma y que por lo general descargaba con los pacos. Una vez se acostó con uno de ellos de tan perdida que andaba. Nadie supo, eso sí. El paco se ponía celoso cuando a ella le bajaba la nostalgia por Alejo. A sus encuentros el amante llevaba berlines con salsa pastelera. Ella se los comía desnuda sobre la cama de cualquier motel piojento del centro de Santiago. Amaba meter sus dedos en la espesura de la crema. Cuando podían fumaban marihuana.

“¡Ese conchesumadre de Alejandro!”. Así se ponía a gritar cada vez que se emborrachaba. “¡Que se vaya con sus putas a la punta del cerro y que allí mismo se pudra en su mierda!”

Nunca le perdonó al Alejandro que el último día haya salido igual, pese a su insistencia para que se quedara con ella metido en las sábanas. Siempre amenazó con ponerle una demanda alimenticia, pero nunca lo hizo por dignidad. Solita se la pudo batir con los críos. Trabajó en la feria, vendió paletas en su casa, cuidó viejitos hediondos a orín y hasta de banderillera las hizo una vez para cuando hicieron el túnel de la cuesta ‘el melón’, en la carretera.

………….

De pronto un auto rojo se paró frente a la mujer que fumaba uno sin filtro. Desde el fondo del habitáculo, el abogado de la comisión la invitaba a subir. Con él la mujer estuvo enredada un buen tiempo, al principio, cuando todavía le quedaba cintura. Luego fueron amigos, enemigos, lejanos, cercanos, muy amigos y otra vez amantes. La mujer fue testigo de la caída del pelo y de la blandura progresiva de sus carnes. Al final, y después de todo, cuando el camino llegaba a su fin, él permanecía allí. Nunca dejó de tener su patrocinio y poder, ni su cariño.

Si alguna vez estuvo enredada con él también fue por culpa de Alejandro. Él nunca más la tocó. Le hizo tres hijos y desapareció. Por eso a veces ella disfrutaba metiendo al letrado en su propia cama sin preocuparse de que en ella quedasen vestigios, ni mucho menos de que sus gemidos se fueran a escuchar. Era un genuino acto de despecho.

Mujer y abogado estaban citados esta vez a otro establecimiento del estado.

Luego de atravesar media ciudad sin intercambiar ninguna palabra más que las necesarias para dar cumplimiento al procedimiento y pedirle a ella su cédula, entraron el vehículo por un portón lateral del frío edificio.

…………..

Según ella, Alejandro pensó sólo en él, así fue todo el tiempo, jamás en ella ni en los niños. “¡Maldito egoísta!”- refunfuñaba siempre. Al menos eso pregonaba en su círculo más íntimo, en los te y en los bingos, allí donde la dignidad no está en juego, ni hay que desgatarse en poses ni en explicaciones de ningún tipo. Lo amó mucho, eso es cierto y lo reconocía, sin embargo nunca estuvo cuando se le necesitó, y ninguna explicación valía, por mucho que algunos gritaran a todos los vientos, que poco menos él era un héroe, un gañán con todas sus letras, un icono o modelo a seguir. Nada de eso según ella, la marihuana y el vino lo llevaron a la perdición. También sus compañeros. Tanta palabra bonita no sirvió de nada a la hora de los qué hubo.

Por eso llevaba enquistado tanto sentimiento encontrado y más todavía en aquel momento cuando iba a su encuentro definitivo. Por fin lo volvería a ver. ¡Cuál sería su aspecto? Le dijeron que lo encontraron a principio de mes cerca de Peñalolén, en la quebrada que baja del cerro.

Esa mañana la consumió completa con los preparativos. Fue extraño, porque pese a los años transcurridos, estuvo un largo rato frente al espejo, afanada con el maquillaje, como una muñeca rejuvenecida.

………..

Luego de estar sentada por más de una hora esperando el turno, desde el fondo del pasillo del recinto, escuchó que alguien gritaba su nombre completo. Rápidamente se puso de pie apagando el quinto cigarro que fumaba. La mujer caminó medio perdida. En el trayecto se encontró con otras compañeras de agrupación. Igualmente se encontró con una araña de rincón y una canaleta al pie de todas las paredes por donde corría un líquido viscoso. Al entrar al salón un gendarme preguntó su identidad; ella se la dio. De inmediato el hombre le indicó donde dirigirse: a la camilla del fondo, sobre ella encontraría un cartel con el nombre y Rut de Alejandro. La sala parecía una mesa de dominó con tanta camilla alineada. Había un tremendo murmullo de llantos ahogados.

Cuando estuvo de pie frente al catre entubado de bronce y óleo blanco, sintió que sus rodillas sucumbían ante el infortunio. Sus ideas se desvanecieron como el algodón de azúcar. Afortunadamente el abogado de la comisión estaba a su lado para sostenerla. El ambiente adentro contrastaba con la convulsión que había afuera.

El Alejandro que siempre esperó ver, ahora se le volvía a aparecer pero esta vez convertido en un puñado de huesos raídos y sin lógica. Así, tal cual. En un montoncito de vértebras atravesado por la luz de la lámpara de yodo que colgaba del centro del galpón. Eran las osamentas encontradas en un patio del cementerio general. Al principio todo le pareció un chiste, pero cuando se encontró frente a frente con la tela raída de la camisa cuadrillé que Alejandro llevaba el último día, el vacío se terminó de instalar para siempre en su talante. Cada fragmento parecía una piedra horadada por el tiempo, -“UNA PIEDRA POME”-, festinó íntimamente, con desmedido humor negro y algo de intencionado masoquismo.

…………….

Más tarde, sentada frente a una deslavada asistente social, la mujer supo que le correspondía una pensión a perpetuidad de doscientos mil pesos chilenos. Así se lo dijo la abogada a cargo en la comisión. Le dijeron que era para reparar en algo el mal causado. Los hijos más jóvenes iban a poder estudiar con beca estatal.

De vuelta a casa, un sentimiento de alquitrán le arrebató los sentimientos. El rimel deshecho homenajeó el raconto sin sentido de su vida. Otra vez la mentira en Alejandro: ¿cómo le venían hablar del patio del cementerio general si en la hoja de la indagatoria decía clarito Quebrada de Peñalolén?; ¿cómo ella misma se hacía estas preguntas tan estúpidas cuando un puñado de huesos continuaba el camino de su mentón lleno de lágrimas? ¿ésto era todo, así sin más?

………

Santiago es una ciudad donde la miseria se puede esconder. Bien en una oficina del centro o bien en el paradero no se cuánto de la comuna no se cuánto.

En el centro antiguo, el cemento se ha comido casi todo. Hoy el extremo más alto de una catedral cualquiera, puede dar con la ventana de aluminio del séptimo piso de un edificio cualquiera. Abajo, apenas alcanzan a pasar un par de autos, y el ensordecedor griterío de las estudiantes de un liceo, en la cuadra siguiente, se hace notar como ventolera sobre las calaminas.


Texto agregado el 08-06-2007, y leído por 249 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
09-08-2009 Tal como dijo gomez: realismo sucio. Me dolió y me hizo conocer profundamente el esqueleto y el alma errante de tu ciudad. Bien escrito. Preciso. Extraordinario cuento nada recomendable para leerlo en domingo. Una sola cosa, la frase: "un sentimiento de alquitrán le arrebató los sentimientos" me hizo un poco de ruido. Felicitaciones. Tarambana
15-04-2009 una buena pincelada de realismo sucio para comenzar el día gomez81
27-03-2008 Me mantuvo atento a todo el relato, me an gustado las aventuras de la mujer, las mentiras de Alejandro, en fin un cuento entretenidamente largo y rico en imagenes para el deleite, creo que Lima tiene algo de Santiago donde los pecados se esconden. Un abrazo Cao y muchos saludos. Aramis
30-11-2007 Texto de corte realista que està bien conducido. Me ha parecido muy bueno. Saludo. Jazzista
23-06-2007 uffff... será el re-nacimiento de un cao-s sub-urbano? Que nivel! CaroStar
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