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Inicio / Cuenteros Locales / la_columna / Blao anda ciego.- Escribe Azulada

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Blao anda ciego


Azulada sentado en un tronco viejo de leña y con su espalda apoyada sobre la pared del cobertizo mira con orgullo la tierra recién labrada. Y su mano abierta sobre el sombrero que se acopla en el juego de su rodilla doblada. Se levantó al amanecer. Y antes de que el sol apretara sus carnes deshidratadas ya tenía barbechado el terreno. Ahora descansa bajo la parra.
Bebe de la cántara un buen trago de agua con anís y observa reconfortado el manto marrón de la tierra desgranada. Una tímida pareja de gorriones se acerca a la humedad horadada. Los alegres racimos de uva cuelgan como campanillas de oro por encima de su cabeza. Y su corazón se dilata de vinos y transparencias.

Azulada es huésped de lujo del bancal de este hotel. Rústica suite, bucólica estancia, living de alondras y mariposas. El labriego sacia su peregrino tiempo en un tálamo de surcos y azahares. Nuestro hombre siente anticipada la dulce nostalgia de este momento antes de que el rico instante se evapore como si jamás hubiese existido. Y le roba al día este trozo de felicidad para que cuando mañana después de su muerte lo eche en falta, no le quiten lo "bailao". Por eso se detiene afanoso. Su mirada profunda se agarra a la tierra. Consciente del goce de este momento lo tatúa para siempre en su piel de esparto y azucenas.

Si Blao viniera ahora encontraría a Azulada dormido con su cabeza plácida sobre el fuelle de su pecho, cobijado bajo la sombra de este parral de uva blanca. Un sueño de placer reposado que huele a presente, a tierra fresca. Y su sombrero caído, en el suelo.

Pero el escritor se retrasa. Blao no madrugó esta mañana. La composición de aquel poema que le encargó Azulada ("La vida es todo aquello / que pasa mientras uno / haciendo está otra cosa"), lo retuvo despierto casi hasta el amanecer.

Por fin Blao se presenta pasado el mediodía y después de entregarle el poema a Azulada le cuenta:

"Me figuro que a ti también te habrá pasado. Después de un largo recorrido, vuelves a casa sin recordar los espacios y lugares por donde has pasado. Inconsciencia de andar reflejo, automático, como quien da palos al agua. Ser caminante de un sendero olvidado, sin huellas, trozos rotos y perdidos de un vivir ausente. Pues eso, Azulada es lo que me ha pasado esta mañana.

He venido por el camino de herradura que corre junto a la acequia mayor, la que por aquí llamáis la "suberana".Y es ahora, cuando llego aquí, y me doy
cuenta de lo desconsiderado que he sido con el paisaje.

Me he cruzado con el rojo oscurecido del romper de las hojas de los rosales, esos que dan al camino de regantes y no he sentido el quebranto de sus espinas. Ni siquiera he respondido al florido granado que con sus lamparillas rojas me ha saludado amablemente. Espesos manojos de manzanillas han acompañado la flema de mis pasos ciegos durante el trayecto. El aroma de la hierba buena perfumaba las costras de mis pisadas desaboridas. Y yo sin agradecer su caricia. Las matas de los vinagrillos estiraban sus delicadas cintas rematadas por el amarillo de su rizado campanilleo. Y yo arisco a su incontinente contoneo. He visto sin mirar el crecer de los juncos en el recodo del azarbe, limpios, sin nudo alguno en sus estirados y elegantes latiguillos. Muy descarado ha sido andar rodeado de margaritas, escuchar sin oír a los pájaros, tocar y no sentir el rocío de las hojas del limonero. Un despilfarro, un suicidio, el no agacharme al reclamo de las violetas silvestres, no deslizar mi mano vergonzosa por el azul de los lazos de las plantas de los ajos. Cada uno tendrá sus motivos para huir de sus miserias, pero yo esta mañana no he tenido razón alguna de pasar sin darme cuenta por el musgo del camino que me ha traído hasta tu huerto, a este jardín de limoneros cargado de luces blancas."

Azulada ha escuchado al escritor atentamente, recoge el sombrero del suelo, se levanta del pilón de la olivera vieja y le dice a Blao:

"Vivir, es andar sin darnos cuenta. La vida nos encuentra siempre ocupados en otra cosa."

Y Azulada con gesto disconforme le devuelve el poema a Blao, no sin antes advertirle:

"Mañana, me traes tus versos corregidos. Y vuelve por el mismo camino, recorre los mismos pasos de hoy, pero sin dejar de mirar como la abeja fecunda la flor de los ciruelos."


Azulada

Texto agregado el 18-06-2007, y leído por 313 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
29-06-2007 Azulada sabe donde radica la verdadera esencia la vida: En los detalles costumbristas, que pese a su apariencia simple, encierran el encanto de la vida. Un saludo! josef
21-06-2007 Muy delicado, fino el relato. Es verdad que para la lectura es igual, hay que leer varias veces para no perderse nada . Pero en la vida hay que caminar y seguir adelante : el ritmo del caminar cambia en funccion de las circunstancias, de los obstaculos, de las gans de caminar, que a veces nos faltan. Mis 5* salambo
19-06-2007 para mí leer esto es como un remanso de paz india
19-06-2007 Nada que añadir, só que es bellísimo, como siempre. margarita-zamudio
19-06-2007 ¿Qué decirte...? Es un escrito bellísimo y profundo. Es cierto, andamos casi ciegos por la vida inmersos en el diario sobrevivir y de pronto levantás la vista y ves los frentes de los edificios de los pisos superiores y estás como en un lugar desconocido a pesar de ser las mismas calles de todos los días. En las grandes ciudades es menor el contacto con la naturaleza pero igual hay belleza en cada rincón, depende de no estar demasiado ensimismado para poder ver. Seguro que Blao habrá recuperado la vista por el camino en herradura bordeado de rosales junto a la acequia mayor. Eso espero... Un abrazo. lilianazwe
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