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BENJAMIN EL GNOMO

Después que se despidió de sus compañeros, Benjamín se encasquetó su sombrero con la plu-
ma verde sobre la cabeza y se encaminó con paso firme y decidido por el sendero que lo aleja-
ba del lugar. En realidad no se llamaba así. Su verdadero nombre era mucho más largo y me-
lodioso, pero todos los demás gnomos lo llamaban Benjamín porque era el más joven del gru-
po, sólo contaba 523 años y 7 meses como agregaba con orgullo, ya que en sólo 5 meses más
cumpliría 524 años, y eso le daba el derecho a buscar una pareja para formar su futuro hogar,
y como tenía puestos sus ojos en la gnoma más linda de su pueblo contaba los días con entu-
siasmo y optimismo.

Dejó de lado esos pensamientos que lo distraían de su misión y orientándose por la luz de la
luna se fue derecho a la ciudad cuyas luces centellaban a lo lejos como brillantes engarzados.
Le gustaba la noche. El bullicio del día lo aturdía. Las personas que corrían de un lugar a otro
como si temiesen perder los minutos del día, sin darse cuenta que perdían las horas de su vida
buscando afanosamente algo con que llenarlas. Los coches que mordían el asfalto echando
gases por todos los poros, para llevar a sus ocupantes a ningún lado en especial. Todo el mun-
do corriendo, apurado, nervioso, empujándose el uno al otro para llegar más rápido adonde en
realidad no querían ir.
Pero la noche era distinta. Cubría con su manto oscuro la suciedad de las calles, las paredes
pintadas con frases sin sentido y los carteles con las caras de políticos que prometían cual-
quier cosa con tal de ganar. Sí, la noche le gustaba. Empezó a silbar bajito mientras sus pies se
movían al compás de la melodía como si tuvieran vida propia. Le gustaba la música.

De pronto se paró en seco. Su sombrero se le ladeó sobre un ojo tapándole en parte la visión.
Pero con el otro pudo distinguir lo suficiente como para que se despertara su curiosidad. Ahí,
delante de él se movía alguien. No sabía quien era. Corrió detrás de un árbol para no ser visto.
Siempre se olvidaba de que era difícil verlo `porque apenas contaba `pocos centímetros de
altura, y más de noche en donde la oscuridad no dejaba ver a un palmo de las narices.

Se adelantó corriendo. A pesar de sus pasitos cortos corría rápido. Miró hacia arriba. Vio unas
piernas gordas y desnudas que llevaban un cuerpo que se balanceaba de un lado al otro. Una
pollerita muy corta apenas tapaba indecorosamente lo esencial y dos bultos enormes parecían
querer escaparse de un escote peligrosamente amplio. A pesar de lo poco que conocía sobre
los seres humanos y de lo joven que era, ya sabía distinguir un sexo del otro, y estaba conven-
cido que aquella figura que caminaba con dificultad, tratando de no perder el equilibrio dentro
de unos zapatos con tacos demasiados altos, pertenecía al sexo femenino.

Decidió seguirla. La mujer delante de él parecía apurada. De vez en cuando miraba su muñeca
izquierda y apuraba el paso. Al fin pareció haber llegado a su destino.
Golpeó la puerta de una casa vieja.
Había rajaduras en los muros y las persianas habían visto tiempos mejores. De las ventanas entreabiertas se oían risas y música.
Decidió entrar con ella porque la música le fascinaba. Modestamente se creía un buen bailarín y en la orquesta estudiantil de su pueblo tocaba la viola y según comentarios de su familia y amigos lo hacía bien, eso significaba que no desafinaba.
Decididamente entró con la gorda escondiéndose entre los pliegues de una cortina roja y pol-
vorienta que lo hizo estornudar ruidosamente. Pero nadie lo vio ni lo escuchó, así que más
osado se escabulló entre las patas de las sillas buscando un lugar desde el cual podía observar
sin ser visto. Lo encontró en una planta alta con hojas anchas y verdes que se interpuso en su
camino. Sin muchos miramientos se encaramó en ella sin olvidarse antes de pedirle disculpas
por usarla como escondite. Desde chiquito su madre le había enseñado que los buenos moda-
les distinguían a los gnomos más entre ellos que la ropa que usaban. Siguió trepando por los
tallos agarrándose con una mano de las hojas y con la otra sosteniendo su sombrero para que
no se le resbalase sobre la nariz. Llegó al final del camino y sentándose sobre una hoja y
usando otra como respaldo se acomodó. Al fin pudo ver bien.
Dejó correr su vista alrededor. La habitación era grande con techo alto y abovedado, con pare-
des que una vez fueron blancas pero con el paso de los años se agrisaron. Varias grietas en las
mismas eran tapadas con enormes cuadros que cubrían en parte el daño causado por el tiempo
y falta de cuidado. Miró el cuadro que tenía más cerca. Lo estudió con cuidado ladeando la
cabeza para verlo en todo su esplendor. No lo entendía. Miró los otros para ver si lograba des-
cifrar el enigma de lo que veía, pero su confusión aumentaba con cada uno. Sólo se veía en
ellos mujeres desnudas y en posiciones raras y difíciles de sostener. ¿No tenían ropa y por eso
el pintor las pintó sin ellas? ¿Pero porque todas mostraban partes de su cuerpo que la decencia
y moral enseñaban a ocultar?
Benjamín se perturbó, sintió que la vergüenza lo invadía en una ola de calor y su cara se puso
del mismo color que las cortinas. Bajó la cabeza y se sintió apenado por aquellas mujeres que
posaron y por aquél pintor que plasmó lo que veía en un lienzo, y por todas aquellas personas
que colgaban esos cuadros para tapar grietas en las paredes. El se preguntó si no habría otro modo para taparlas.

Su mirada buscó a la gorda con la cual había entrado. La encontró sentada en una silla con
una pierna levantada masajeándose el pie. Su pollera que apenas le cubría los muslos estaba
levantada y del susto de lo que veía casi se cayó de la hoja. No usaba ropa interior. Oh, no
pensó Benjamín, no puede ser y miró más atentamente. Era cierto, sin ningún reparo mos-
traba con lo que la naturaleza la había dotado. Y lo peor era, que un hombre a su lado acercaba
su mano peligrosamente al punto neurálgico del escándalo público, y la gorda en vez de mo-
lestarse, aún lo invitaba con gestos y palabras.

Pobre Benjamín. No sabía que había entrado a un prostíbulo. No conocía esa palabra. No sabía
que acá en la Tierra todo estaba en venta, también el cuerpo humano.
Siguió mirando a su alrededor. Casi todas las mujeres se comportaban de un modo peculiar y
los hombres que las acompañaban reían y bebían mientras con sus manos cometían actos ver-
gonzosos. Trató de no mirar más los cuerpos y sus ojos buscaban los rostros que pertenecían a
esos seres. Vio bocas pintadas abiertas que reían mientras que los ojos estaban tristes. Vio la tragedia pintada en esos rostros. Los surcos que el dolor, la angustia, la desesperación marcó con el tiempo. Vio el desinterés por la vida, la desilusión, el pesimismo, el callejón sin salida en algunas miradas. Pero también vio el egoísmo, la lujuria, la comodidad y la falta de hones-
tidad en otras.

Para unas era el descenso en la escala humana; era la involución en lo espiritual, no difiriendo
en mucho de los animales. Teniendo como fin sólo la muerte, pues las esperanza, si la había,
se había disipado, fue pisoteada y enterrada. Pero para las otras era el camino fácil para ganar-
se la vida. Era un trabajo como cualquier otro, y quien sabía lo que el destino le deparaba.
Quizás uno de esos hombres que gustaba de sus cuerpos un día buscaba también su alma, y la
sacaba de ese lugar para ofrecerle su nombre y un hogar decente. Ese era el sueño y la quime-
ra de todas y cada una de ellas. Era lo que le proponían a su imaginación como posible o ver-
dadero. Era lo que cada una soñaba en los momentos en que su mente escapaba de la sórdida
realidad de hoy para sumirse en los sueños de una esperanza futura. Un mañana que podía asomar con el próximo cliente. ¡Quien lo sabía. Existían aún los milagros, y si no existían uno se los imaginaba, se los fabricaba para poder seguir en el diario vivir y no sucumbir. Pero
mientras pasaban los años y los cuerpos se volvían cada vez más fofos y blandos y la mente
cada vez mas dura e insensible, los surcos de la vida se marcaban en esas caras que ninguna
pintura podía borrar.
Con un ayer sin alegría y un mañana sin futuro, la decadencia moral y espiritual se adueñaba
de todo el ser enterrándolo en los abismos del propio infierno.

Porque no era verdad que el infierno lo esperaba a uno después de haber dejado el cuerpo. El
tormento y castigo de los condenados estaba acá sobre la Tierra. Acá se expiaba, se purificaba
por medio de un sacrificio la pena impuesta por un tribunal superior. Cuando esas mujeres
llegaban a esa Vía Crucis en sus vidas las bocas reían mientras los ojos que reflejaban su alma
lloraban. Lloraban por lo que pudo ser y no fue y por lo que nunca más sería.

Benjamín lanzó un suspiro. Captó las vibraciones negativas de ese ambiente y se apuró para
bajar de la planta. No se olvidó de agradecerle la hospitalidad concedida, y salió de ahí más rápido que una flecha. Al llegar a la puerta lanzó una última mirada hacia atrás. Había apren-
dido mucho esa noche. Aprendió que el ser humano es un fantasma sobre la Tierra, pues no ha
querido asumir la responsabilidad de su vida. La responsabilidad de crear para todo ser vi-
viente un lugar seguro y hermoso para vivir en donde el Universo y la Tierra crean una sim-
biosis perfecta y armoniosa para elevar el espíritu a las más altas esferas según el plan divino.

Una ráfaga de viento abrió la puerta y él se escabulló por ella, adentrándose en la oscuridad
que lo envolvió con la perfección de la noche. Sólo veía las estrellas en el firmamento, sentía
la brisa en sus mejillas y aspiraba el perfume de las flores. En ese momento supo en su fuero
interno, que toda la creación era hermosa, y que como un diamante en bruto pulido por los avatares de la vida, un día surgiría y brillaría como el más puro brillante también en la Tierra.



Texto agregado el 22-06-2007, y leído por 628 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
22-06-2007 Muy buen cuento,nos muestra,el mundo de las "mujeres faciles" visto desde los ojos de un ser un tanto inocente.Hermoso***** gfdsa_elisa
22-06-2007 Excelente, me ha impresionado verdaderamente este cuento, pues muestra el lado positivo y negativo de las personas, de la vida, de nosotros mismos. omenia
 
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