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Inicio / Cuenteros Locales / punk13 / EL CASO DEL INVENTOR DE LAS MUÑECAS INFLABLES-enamorado de una Maniqui

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Ella estaba ahí, detenida, sin prisa, apresada en un mundo de gruesos cristales destellados. Me sonreía sin detenerse, con los labios levemente acoplados, sin alardear esa su coqueta alegría que cargaba por dentro, muy dentro de ella. Sus pupilas estáticas no miraban más que mis trémulos ojos ruborizados. Siempre me decía, con esa su aura sin sabor que brotaba de su figura, que callada se sentía mejor, que solo así podía permanecer conmigo por más tiempo; Yo lo sabía perfectamente, mejor dicho, lo entendía, como se entiende que la luz no pode ser oscura. No obstante; así nos llevábamos mejor, nuestra relación constituía la relación más pura y sublima de todas, superando las ortodoxas leyes religiosas. No, eso no era amor, era otra cosa más extraordinaria. Yo sentía por ella algo extremadamente peculiar. Como diría el pacífico hombrecillo que aguardaba la puerta de su universo, un hombrecillo presumido de paciencia-entiendo por que- que todas las mañanas higienizaba la parte posterior de su mundo mientras yo estallaba en celos: “amor loco” Pero yo no le hacía caso, yo estaba ahí cada mañana a las diez en punto, para ver como, el hombrecillo verde (policía), limpiaba la vitrina.

Como iba diciendo, lo que ambos sentíamos no era amor, era algo extraño. Nos comunicábamos por telepatía, era muy efectivo y ameno practicar esa comunicación en esos tiempos. Nuestra relación sentimental era virtual, abstracta, y hasta metafísica; pero eso no importaba cuando me detenía cada mañana a las diez a plantarme igual que ella frente esa destellada vitrina. Más bien, lo que importaba era hacer que ese momento sea más prolongado, pues el pacífico hombrecillo verde tenía su lapso de temperamento, decía que yo espantaba a la clientela y que era mejor no demorarse mucho.

Siempre estaba a la moda, limpiecita, transparente, y sobre todo, dispuesta a ser amada. Esa su figura sensual de televisión que tenía, despertaba un cierto grado de excitación sexual en mi. Excitación de sentir su piel rozando el mío, de quitarle su pantaloncito apegadito y descubrir el edén que naufraga entre sus entrañas. Pero me conformaba con hacerle el amor telepáticamente, como decía ella, “loquito mío, haremos el amor lejos del universo”.

Pasaron seis días desde que la descubrí en el Jirón de la Unión, en una tienda de moda.

Un domingo agradable, ni bien abrí los ojos me vino a la cabeza su cuerpecito estático, después de echar al viento una matinal sonrisa pensé en regalarle un anillo de compromiso que encontré en un parque- ella no lo sabría-para celebrar una semana de nuestra extravagante relación. Aquella mañana, me puse muy guapetón, me eché un perfume y estrené un peinado que dividía mi cabello por la mitad, me puse a la moda igual que ella.

En realidad no se como sucedió todo. Yo había salido de mi casa a las nueve y media, para llegar temprano. Mientras caminaba por el apretado jirón de la unión, antes de llegar ahí, donde estaría ella, como siempre, quieta, esperándome tan cándida, advertí en la puerta de la tienda a muchas gentes que entraban y salían como de un estadio de futbol, eran muchísimos. Yo, por supuesto, muy preocupado por Luz (así le llamaba yo), eché a correr para ver que había pasado. Pasó algo terrible, nunca lo había imaginado. Unas mujeres con trajes de baño desfilaban en una alta plataforma horizontal, como en los desfiles de moda. Yo sabía perfectamente que es lo que estaba viendo, pero no me importaba, me aventuré a buscar a Luz, como loco. Todos me insultaban, algunos hombrecillos verdes intentaban apaciguarme, pero yo, entre lágrimas, seguí buscando a Luz. Después de unos minutos la halle en un baúl que estaba en la trastienda, pero ya no estaba igual, le habían amputado todas las extremidades, le habían desnudado. Sus ojos me ignoraban, estaba muerta, pues no pude irradiar ningún atisbo de telepatía con ella. No quedaba otra, solo lloré y lloré.

Después de que yo casi matara a esos tristes hombrecillos verdes, me llevaron a un lugar donde estaba limitado a salir: la cárcel, o el manicomio, daba igual. Pasé algunos años ahí, un lugar donde hasta en el baño uno encuentra opresores. Luego logré escaparme, gracias a un psiquiatra a quien le prometí una noche con Luz; mejor dicho, gracias a mi mentira.

A estas alturas, uno tiene que dedicarse a cualquier cosa, este en un país difícil, la Lima de hoy esta pasando por grandes aprietos económicos; uno tiene que buscar el modo de sobrevivir, haciendo a un lado a esos impotentes políticos buenos para nada, no todo es queja y queja, Por eso y por otras razones, después de una larga jornada de banales tratamientos psicológicos, puse un pequeño negocio, allá nomas, en la avenida esperanza. Desde luego, yo agradezco a Luz por la inspiración, sin ella no habría logrado lo que hoy tengo. Ahora soy un prospero empresario, hasta he viajado a otros países, y me consideran el gran inventor de las muñecas inflables, con mucho orgullo. Pero no me siento completo. Dinero no me falta, tengo de todo: lujos, viajes y todo. Pero, como iba diciendo, me siento vacío, quiero enamorarme de nuevo, quiero amar como amé a Luz, pero no encuentro a nadie igualita a ella, tan igualita.

Texto agregado el 25-06-2007, y leído por 168 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
26-06-2007 Lo siento, pero es mejor la canción de Serrat. Saludos eride
25-06-2007 jajajajaja es divertida esta fabula nocheluz
25-06-2007 ***** LUZDEMEDIANOCHE
 
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