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Inicio / Cuenteros Locales / La_columna / La virtud del calor (En un viernes de rojas caricias) –Por El_Galo

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El destino hizo que anoche me viera obligado a participar en la extinción de un incendio. Bastó que una llama iluminara mi ventana para comprender qué tan imprevista y elemental puede ser la fuerza de los elementos, y que tan oportuno es el fin de aquello que debe consumirse. No hizo falta recordar a Juana de Arco, las pretensiones de Kafka o el destino concreto de muchas de las obras de Ernesto Sabato. Sólo había fuego y allí, en su calor, morían todas las interpretaciones posibles.

Eso me llevó a pensar en el ocaso de las fisonomías, la imaginación y las bibliotecas, históricamente cercenadas a fuerza de fogatas e ignorancia; en todo aquello que el pasado reenvía a nuestro presente, y en la necesidad de que ese fuego jamás se apague. Al menos no antes de quemar todo lo que necesita ser transformado en cenizas. Porque si bien en muchos de los casos el fuego es tomado como sinónimo de calor, pasión o alianza, en otros se muestra como un juez de voluntad férrea e inquebrantable. Una ley que jamás puede eludirse.

Medité sobre las llamas y la escritura. Sobre como deben protegerse a ciertas obras, mientras que a otras habría que quemarlas junto a sus autores en una pira que no deje de ser alimentada durante semanas. Reflexioné respecto al misterio que encierra esa combustión que, aunque fácilmente explicable, no deja de sorprender a todo hombre, sea un Premio Nobel o un esquimal. Y tomé una pila de troncos y la arrojé a la hoguera encendida en mi noche, para revitalizar ese crepitar anaranjado. Porque aún había cosas que quemar, reducir a polvillo gris o moldear al calor de las brasas calientes. Sin tomar en cuenta a los sueños, había que fundir a la realidad y darle las dimensiones del cuerpo propio, de la escritura personal, y el sabor y el perfume que nos distingue por sobre otros trogloditas similares.

Ante el fuego, todo lo que queda es la sinceridad. Frente a él no hay mentiras posibles, ni sospechas o plagios. No hay pensamientos forzados a ser brillantes, ni textos rebuscados o construidos mediante una simple combinación de palabras que suenen eruditas. El reino de las llamas juzga a todos por igual. Porque el carácter incorruptible de las brasas excluye el uso que hagamos de ellas, al igual que el método que utilicemos para dosificarlas de manera mortal. Que sean manipuladas para derribar torres, cremar iraquíes o sostener la pelea entre palestinos e israelíes es algo que escapa a la honestidad del fuego. También que merced a las llamas se acabe a una generación de intelectuales argentinos o chilenos durante la década del ’70, se asesine sin miramientos a Augusto Sandino, Ernesto Guevara, Martín Luther King o al movimiento zapatista, poco importa una vez iniciado el infierno. Irrelevante se muestra, ante la inocencia del calor abrasador, que el plan Colombia sea una herramienta del imperialismo para controlar el abastecimiento mundial de drogas, o la política hipócrita respecto a derechos humanos una excusa para doblegar la independencia del pueblo cubano. El fuego sólo es fuego, y con la literatura ocurre lo mismo: importa su naturaleza honrada, no la arbitrariedad idiota que detenta toda actitud humana.

Anoche un incendio golpeó la puerta de mi casa. Alertado a tiempo, pude sofocarlo sin que me causara daño alguno. Pero luego, conciliar el sueño me llevó unos largos minutos. Tal vez era la voz de Hefestos ordenándome comentar sus actividades en un escrito de viernes. O quizás se trataba de una digna hoguera que por fin había logrado cercarme. Pensé en esto una y otra vez. Repasé mis viejos escritos y revisé los posibles argumentos en caso de tratarse de mi juicio final. Pero aún tembloroso, suspiré aliviado: para beneficio de mi insignificancia y la de gran parte del universo, todo mi material se hallaba fuera de mi casa. Tal vez esa previsión oportuna explique porqué hay incendios que no dejan de nacer. Y eso revele porqué hay malos escritores que aún siguen escribiendo, asesinos y embusteros que ostentan el mando del mundo, y llamas justicieras que, por fortuna, nunca dejarán de amenazarlos.


Patricio Eleisegui

-El_Galo-




Texto agregado el 12-03-2004, y leído por 400 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
19-03-2004 Soberbia vuestra manera de escribir y extraer de un hecho anecdótico la fuerza de una argumentación sustancial tambordehojalata
12-03-2004 el fuego es la combustion de oxigeno. eso es lo que la mayoria de humanos percibe. todo el resto solo se hace visible a los que han nacido para salir y entrar de este mundo como Pedro en su casa. leono le decia. ver mas allá de lo evidente, otros le dicen locura. sduv31
 
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