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Entrevista 1.

La paciente es aceptada con prioridad ya que insistió por teléfono en tres ocasiones, la última de las cuales repetía: "estoy loca, ayúdeme" entre llantos y con un discurso incoherente y exaltado. En su historial clínico sólo guarda relevancia una crisis de ansiedad hace cinco años por la cual fue dada de baja una semana.

A juzgar por las conversaciones telefónicas, la primera impresión es que se trata de una paciente con un trastorno de personalidad límite, dada la grandilocuente demanda de auxilio, el empeño en destacar la gravedad excepcional de su caso y dado también el perfil típico por edad y sexo. La intención en esta entrevista era dar parte a un psiquiatra clínico especializado en este tipo de trastornos.

Sin embargo, su conducta en la primera entrevista contrasta con esta impresión. La paciente se halla controlada y comedida en sus expresiones, incluso disculpándose por sus "exageradas peticiones de auxilio". Pero lo que hace descartar definitivamente un TPL según el DSM-IV, es que sus explicaciones no son autoreferenciales más allá de cuestiones rutinarias o de cortesía.

La paciente ronda cuestiones normales en torno a su ámbito familiar y laboral. Admite sentir algunas insatisfacciones pero sin que ello le sobrepase en ningún caso. Se le pregunta cual es la razón de necesitar ayuda psicológica. La paciente responde con un escueto: "Yo no encajo en estas cosas", un rato más adelante dice: "son viejos préstamos que estoy pagando con unos intereses demasiado altos". Evade ser más clara al respecto.

Al finalizar la entrevista, se plantea concertar una segunda cita de control varios meses más adelante. En este punto la paciente duda y pide, educadamente esta vez, más entrevistas con frecuencia.

En toda la entrevista la paciente se muestra controlada y amable. Escucha las preguntas y observa mis gestos con atención. Su lenguaje es ordenado, culto e incluso con licencias humorísticas que muestran empatía y una normal preocupación por proyectar una buena imagen. En general sus habilidades sociales son adecuadas. Esto descarta, a priori, una psicosis, una fobia social o una carencia transferencial.



Entrevista 2.

Se dirige la entrevista hacía el entorno de la paciente. Desempeña un cargo directivo como ejecutiva, su entorno laboral es razonablemente sano y la carga de trabajo, soportable aunque a veces se siente estresada. Está casada con un compañero de un anterior puesto de trabajo desde hace ocho años. Aunque los trabajos de ambos cónyuges les impide pasar más tiempo juntos y con sus hijos, la relación es estable. Sus hijos tienen tres y siete años.

Según la paciente, ambos hijos respetan la autoridad de los padres y sienten un normal apego por ellos. Su desarrollo cognitivo y social parece ser adecuado. El mayor parece tener problemas con algunas asignaturas. El pequeño, que parece ser el preferido de la paciente, acude a la guardería. Destaca, entre otras cosas, la opinión de su monitora: "dice que es un chico muy espabilado y que ya tiene amiguitas".

Al hablar de su marido se muestra parca en palabras. Admite que a veces "no se siente acompañada" aunque también dice de él que es una persona fiable y atenta. Al preguntar por su vida sexual la paciente responde "es un hombre muy atractivo" pero evade rápidamente la pregunta.

Su red social es amplia y los contactos se establecen con mucha frecuencia y regularidad. No tiene quejas especiales excepto, según sus palabras: "todo lo que hacemos es demasiado programado". También dice no sentir una total confianza con ellos.

Se confirma con la paciente la necesidad de establecer la siguiente cita.

Dada la explosión emocional en las primeras llamadas tan diferente de la conducta controlada y funcional en estas entrevistas, se sospecha la existencia de un hecho culpabilizador que atormenta a la paciente, pasado o presente, pero en ningún caso, unas pulsiones que se hallen reprimidas puesto que la paciente no "reinventa" una realidad ideal. La posibilidad de un trastorno de personalidad o una enfermedad de origen endógeno parece remota. La paciente, que parece fuerte y sensata, puede estar luchando por hacer frente a una situación muy conflictiva aunque necesite sentir la suficiente confianza con su terapeuta.



Entrevista 3.

Esta vez la paciente no espera una entrevista guiada y nada más entrar a la consulta me pregunta casi inmediatamente si soy psicoterapeuta o psicóloga cognitiva. Trato de focalizar la entrevista hacía la paciente pero ante su insistencia explico que mi método combina varias escuelas, que esa separación no es normal en la actualidad.

La paciente insiste en que "le han recomendado una buena psicoterapeuta" y que "lo normal en estos casos es preguntar por el pasado de la paciente". Pido a la paciente que se explique y me dice que "por ejemplo, es raro que no haya sondeado la relación con mis padres o mi infancia o esas cosas freudianas". Para tranquilizarla y estimando que la paciente desea establecer un tipo de relación simétrica le digo que para mí es importante todo lo que me pueda contar pero también es importante cómo lo cuenta y qué prefiere contar.

La paciente parece desconfiar de mí a nivel personal lo que hace imposible la necesaria relación con el terapeuta. En un momento de la charla me pregunta si estas conversaciones están siendo registradas de alguna manera. Decido ser totalmente transparente con ella y la explico que con cualquier paciente grabo cada conversación que me ayuda a elaborar un informe. También le digo que "en cualquier caso todo es completamente confidencial".

Estas palabras parecen disgustar a la paciente y mirando a su alrededor dice: "¿Y esos espejos?. No suele haber espejos en una consulta y menos por todos los rincones". Le pido que se explique mejor y contesta: "será mejor continuar con el método oficial".

A partir de ese momento la paciente habla de pequeños problemas domésticos, saltando de un tema hacía otro sin especial carga emotiva en ninguno de ellos. Parece claro que está haciendo una representación sarcástica de terapia de chaise longue en el papel de ama de casa neurótica. Trato de simular normalidad en todo momento hasta que acaba el tiempo de la sesión.

Es la primera vez que la paciente muestra una conducta agresiva, cuestionando al terapeuta y tratando de dar significados amenazantes a detalles inocentes. La gratuidad, la agresividad dirigida hacía "la autoridad" y la sospecha de terceras personas implicadas hace pensar en un trastorno paranoide. Apoya esta tesis la agudeza y meticulosidad de la paciente, el entorno competitivo en el que se desenvuelve y el control, a veces férreo, de sus palabras y actos.

La paciente se muestra conforme en convenir una siguiente cita.

Podría mostrar una conducta pasivo-agresiva que habitualmente practica una personalidad paranoide, implicándose en una terapia en la que no piensa colaborar constructivamente inflingiendo daño y robando el control a la persona que debería llevarlo. Planeo alejarme de una imagen autoritaria para que la paciente no se sienta insegura.

(sigue en la entrevista 4...)

Texto agregado el 10-07-2007, y leído por 72 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-10-2007 sueguire leyendo (...)***** ismaela
 
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