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El Licenciado Julián compro el periódico al muchacho de la esquina, pagándole sin esperar el cambio según era su costumbre. Panchito, el vendedor, le saludaba agradecido con un “muy buenos días Licenciado”, que en contadas ocasiones obtenía respuesta. El licenciado Julián solía hablar poco con la gente en la calle, para él casi todos eran pobres o tontos, poco merecedores de su atención.
Continuó su camino por la céntrica calle, un traje gris a la medida, corbata a la moda y unos zapatos brillantes lo mostraban tal y como él quería verse, como una persona de éxito, uno de esos personajes que se ven en la publicidad, uno de los pocos que están en la cima del mundo. Para considerarse como persona exitosa, él no tomaba en cuenta sus deudas con la tarjeta de crédito, las letras pendientes de la casa, ni los pagos atrasados en la cuenta del colegio particular de los niños, mucho menos la deuda aun pendiente por el BMW de reciente modelo que acababa de comprar. Llegó hasta el vestíbulo del moderno edificio en el que tenía su oficina, se acercó al ascensor y esperó tranquilamente junto a dos o tres personas más que al parecer, por la intención que tuvieron de saludarlo, debían conocerlo. El licenciado Julián, ni siquiera les dirigió la mirada. Desde que había sido nombrado representante legal de una empresa extranjera, al parecer China o Japonesa, no se dignaba a saludar a cualquiera, él se sentía un nivel mas arriba de “todos esos pobres diablos”.
Tras entrar al despacho y pedir un café a su secretaria, se sentó y abrió el periódico, pasando paginas llegó a los obituarios y una esquela en particular atrajo su atención. La esquela participaba la muerte de Marcos Ganda Bernés, el nombre le pareció familiar, tras leer el nombre de los padres, el nombre de la esposa y los nombres de los hijos, sintió que su corazón palpitaba fuera de control. Julián se dio cuenta que él era esa persona, en ese momento se dio cuenta que el licenciado Julián, él, era, o más bien, había sido también Marcos Ganda.
Los recuerdos se agolpaban en su cabeza de manera incesante y confusa, más que recuerdos eran sentimientos, eran creencias, todas confundidas y mezcladas, sentimientos, creencias y recuerdos de Julián y Marcos, de manera simultanea en una sola persona. ¿Quién era él? Estaba totalmente confundido, volvió a tomar el periódico y su confusión aumento un grado más, el titular que atrajo su mirada rezaba, muere asaltante en enfrentamiento con la policía, en un pequeño recuadro la foto del asaltante hizo que sus piernas flaquearan, era su foto, era él, no era posible y a la vez lo era, de nuevo una lluvia de recuerdos, esta vez compartidos con los del asaltante lo hicieron comprender que el no era solamente Julián, era Marcos y al mismo tiempo era un asaltante sin nombre.
Alterado por completo llamó, dando de gritos a la secretaria, la pobre mujer entró muerta del susto oyendo al licenciado Julián que entre gritos y llantos le preguntaba:
¿Quién soy? Dime quién soy.
La muchacha sin saber que responder, lloraba con desconsuelo.
Julián la tomo por los brazos y la lanzo con violencia al suelo, la muchacha quedó inconsciente tras el golpe.
Un ruido violento de cristales y luego silencio, un total silencio.
Panchito, al día siguiente, vendía el periódico mientras comentaba con los compradores que no lo podía creer, que nunca pensó que se pudiera suicidar.
Mientras tanto, en su casa, Julián se decía frente al espejo que tenía que dejar de consumir esa porquería que lo hacia imaginarse cosas, al menos en horario de trabajo.

Texto agregado el 16-03-2004, y leído por 119 visitantes. (0 votos)


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