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Luchita, que con sus 16 años es más Lucía que Luchita, está en tumbada en el salón de su casa, la tele encendida, la música fuerte.
Descansa con la cabeza reposando sobre el apoyabrazos del sofá, su magnifica cabellera negra contrasta de manera enloquecedora con el gastado cuero verde por el que corre como un río buscando con urgencia llegar al mar. El pie derecho, descalzo, acaricia la suave alfombra. La pierna izquierda, bien formada y de tersa piel, descansa sobre el respaldo del sofá. La falda escolar se ha plegado dejando descubrir detrás del diseño escocés unos muslos capaces de trastornar a un faquir ciego, más allá queda al descubierto una pequeña porción de eso que hace que los hombres perdamos la dignidad, si es que alguna vez la tuvimos y por lo que somos capaces de perder la vida, sin importar si es la propia o la ajena.
No hay nadie en casa, Lucía esta sola, se suelta un poco los botones de la camisa y pasa revista con su mirada sobre sus dilatados pechos. ¡Cómo han crecido! piensa y continúa la inspección visual de su cuerpo, se siente satisfecha, le gusta verse.
Un ligero cosquilleo, un extraño cosquilleo, la hace sentirse incomoda. Cambia un poco de posición, el cosquilleo continúa, Lucia levanta la mano derecha y la dirige, lentamente, hacia la región donde el cosquilleo toma vida, no logra definir exactamente el punto de origen, flexiona los dedos dejando extendido solamente el dedo índice, su mente esta opacada con una especie de velo que no le deja ver ni pensar con claridad, la mano continua en su paseo de manera instintiva, al sentir la cercanía del punto buscado, el dedo se flexiona ligeramente. Lucía siente el calor envolviendo a su dedo, la sensación del viscoso liquido le proporciona un inexplicable placer, que la hace introducir el dedo aun más, un suspiro de placer sale de su boca.
Lucía no se entera de la música ni de la tele, esta como en trance, hace movimientos circulares con la mano, con los dedos, a veces un dedo a veces otro, de vez en cuando un ligero estremecimiento recorre su cuerpo, sus largas uñas lastiman el interior de su cuerpo dándole al mismo tiempo una sensación de dolor y gusto.
El sonido de la puerta aleja a Lucía de su trance, incorporándose avergonzada al oír a su madre decir, ¡Qué feas se ven las niñas hurgándose la nariz!

Texto agregado el 16-03-2004, y leído por 140 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
16-03-2004 Una ingeniosa historia y efectivamente como dices en tu texto, los hombres oerdemos la dignidad y la vida. Yo nomas de leerlo ya la estaba perdiendo. muy bueno. Golpha
16-03-2004 Ah que bueno, mira que estaba pensando otra cosa... yoria
 
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