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Tiempo de Sobra.

Entro en la oficina, esta Andrés en su escritorio, habla por teléfono, me mira, hace un gesto con la mano para que lo espere un momento. Miro su oficina, en el escritorio tiene la ya típica foto de él con su familia, esa foto que está en todos los escritorios de los jefes, gerentes o supervisores del país, es esa foto que encierra un momento de felicidad que en realidad nunca me he tragado. También hay un DVD, una pizarra, estantes llenos de archivadores y una taza de café, que adivino fría y un gomero en una esquina. Termina de hablar por teléfono y cuelga, me mira, sin decir nada por un momento y junta las manos sobre los labios con los codos apoyados sobre la mesa, como si estuviera a punto de rezar. Sabes por qué te he llamado, me pregunta. Lo adivino, le respondo. Lo adivinas, me dice, mientras acomoda la foto de su familia, la mira un instante, después me mira a mi. Yo le hago un gesto afirmativo con la cabeza. Sí, sí, lo adivino. Él me mira, y luego me habla sobre un tío que tuvo, que ganó un premio de poesía en no sé qué concurso de no sé qué región. Escribía bonito, me dijo, y luego le da largas al asunto sin llegar al punto. Me habla de la responsabilidad, de la confianza, hace énfasis en lo de la confianza. Yo miro un trofeo que tiene en su escritorio y trato de adivinar de qué se trata, mientras él sigue con su monólogo. De qué es, le pregunto. Él me mira sin entender a lo que me refiero. El trofeo, de qué es. Es de mi hijo, lo ganó en un campeonato de tenis, me dice, después se queda en silencio un instante, mira el trofeo como acordándose de algo, pero continua con lo que decía antes de que lo interrumpiera. Miro por uno de los ventanales de la oficina mientras Andrés habla, veo como los demás trabajan, todos concentrados en sus pantallas, todos eficientes, veo mi escritorio vacío y me siento raro o triste, siento por anticipado, como ese lugar, ya no es mi lugar, veo a Rodolfo que lee una hoja que tiene en la manos y a Angie colgada del teléfono y los muchachos de digitación con sus caras de cansancio o resignación y a su lado, las enormes columnas de papeles que deben ingresar al sistema. Andrés habla y habla y yo lo escucho, pero sin escuchar en realidad. Por fin termina. Bueno, la carta te la daremos mañana, ya no es necesario que te quedes hasta el final del día, cuantos años trabajaste aquí, me pregunta. Seis, le recuerdo. No le estrecho la mano. Salgo afuera, algunos me miran, algunos adivinan, y otros son totalmente indiferentes. Voy hasta mi escritorio, reviso por ultima vez mi correo, hay uno de Sofía y dos de unos clientes. Rodolfo me dice algo, pero no le escucho, en realidad no escucho nada de lo que pasa alrededor mío. Angie me mira, que guapa es Angie. Tomo mi chaqueta, son las cinco de la tarde, miro a mis ex compañeros y pienso que aún les quedan por lo menos cuatro tortuosas horas antes de pensar en irse. Salgo de la oficina y creo que siento alivio. Miro a Angie por ultima vez, le guiño un ojo, ella sonríe. Fuera, el día es soleado. Tal vez vaya al cine o quizás pase a buscar a Sofía y la invite a comer una Pizza, o las dos cosas juntas, u otras cosas más, quien sabe, total, el tiempo no es algo que por el momento me preocupe, ahora me sobra.

Texto agregado el 10-08-2007, y leído por 88 visitantes. (1 voto)


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