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Inicio / Cuenteros Locales / gui / La lenta metamorfosis de los virtuosos (II)

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Cuando Filippo abrió sus ojos, se encontró frente a la imagen casi transparente de un ser que parecía sonreírle. Intentó moverse, pero su cuerpo parecía pesar más de una tonelada.
-Hola- le dijo el personaje y su voz resonó cristalina en el recinto, una sala pequeña de colores suaves. –Veo que por fin has recuperado la conciencia.
-¿En donde estoy?-preguntó Filippo y le pareció que esas pocas palabras, moduladas por sus labios, caían pesadamente al suelo y rodaban como ruedas de un enorme camión.
-Estás donde debes estar. Acá se encuentra la respuesta a tu gran inquietud- dijo el ser y aquella frase simuló el agitarse de una guirnalda de cristales.
-¿Acaso esto es el cielo? ¿Es que fallecí en ese accidente?
El ser sonrió una vez más y se aproximó para acariciar sus cabellos. Filippo nunca había sentido sobre sí una mano más ligera.
-No estás muerto- dijo el ser -pero tampoco estás vivo.
El Virtuoso, quedó desconcertado. No tenía referencias de un sitio con esas características. Ninguna religión proclamaba algo así, ya sea porque no era conveniente para nadie saberse un ser inexistente o porque el atractivo turístico de un lugar que no ofrecía nada, carecería de devotos que quisieran radicarse allí. El Purgatorio, acaso podría ser lo más parecido a aquello, pero dicha parcela había sido cancelada por un decreto papal.

-¿Es preciso que delimite este lugar para que te sientas cómodo? ¿No te sientes seguro, aún en la incerteza de estar vivo o muerto, si no ves un mapa, una bandera o un himno?

Filippo no entendió aquello. Y eso, simplemente porque en su vida terrena –si es que esta no lo era- su patria carecía de fronteras y las razas eran una mera excusa para pregonar ideales chauvinistas. Para él, la virtud era un bien transnacional y la caridad era redonda y gigantesca, igual a un manto que cubriese cada ámbito de la tierra. El era un ser que trascendía todo aquello que a otros agobiaba y sus preocupaciones no eran mensuradas por los instrumentos del hombre.

-Acá se está camino de- dijo el ser. –en camino de tantas cosas que, o bien nos enturbian por la misma densidad de su naturaleza o nos aclaran, no por la ausencia de juicio, sino por la depuración del mismo.

-¿Acaso es usted un santo?- se atrevió a preguntar Filippo y su pregunta rodó de sus labios, como si cada vocal fuese construida de acero.

-Mírame bien. ¿Te parezco tal?


(Finaliza)












Texto agregado el 22-08-2007, y leído por 145 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
26-09-2007 Me sigue gustando y ahora me tiene más intrigada del lugar dónde fue a parar nuestro buen amigo. Un beso y estrellitas. Magda gmmagdalena
 
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