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Los árboles parecían torres enramadas que apenas permitían ver algunos puntos intensamente celestes penetrando la lona de la vegetación. Al tratar de divisar las cimas de ellas me mareé, me tropecé, y rodé varios metros por lo inclinado que estaba el suelo. La gruesa capa de agujas de pino y hojas de diversos árboles me protegió durante la caída, y aunque su olor a musgo y humedad era algo agradablemente conocido, al sentir una tijerita cruzar mi mano me paré de golpe sacudiéndome la ropa por si traía más bichos encima. Por falta de algún otro plan, me propuse a subir la cuesta con la esperanza de que hubiera vista panorámica con la cual poder orientarme.

Mientras iba escupiendo las telarañas que se me acumulaban en la cara, descrubí un cementerio muy antiguo. Enredaderas de viñas cubrían cada tumba tapando nombres y fechas. En cada tumba había una estatua con forma humana. “¿De quiénes serán estas tumbas?” pensé, “¿por qué tantas estátuas? ¿Quién las habrá hecho con tanto detalle y realismo?”

Sentí una gran tranquilidad en aquel lugar y por lo tanto pensé querer ser enterrado ahí el día que me muriera. De repente me encontré con un viejito que parecía ser el encargado o dueño de esa propiedad.

“¿Qué estás haciendo? Ah.... eres tú.”

“Perdone señor. Es que me perdí. No sé ni dónde estoy, ni cómo llegué aquí... pero está hermoso este lugar. Quisiera que me enterraran aquí el día que me muera.”

“¿Oh sí? ¡Qué gracioso! Mejor ve, sientate ahí en esa tumba a ver si no cambias de parecer cuando anochece.”

Me di vuelta y vi una tumba en la que podía sentarme como si fuera banco ya que esa no tenía ninguna estátua encima. Así que me senté en la lápida cerca al borde de un precipicio a observar la puesta del sol.

La vista se me puso nublada por tanto mirar al sol fijamente, cuando noté un objeto circular luminoso. De repente me dí cuenta que el sol ya había bajado y que era otra cosa lo que estaba viendo. En eso la estátua a mi izquierda se estremeció un poco, como estirándose, suspiró, y dijo,

“la luna” y otra vez se quedó inmóvil. Por un momento pensé que me lo había imaginado hasta que dijo “la veo amarilla”. Miré a la luna y le contesté que yo la veía amarilla, azul, y roja. Todas las estatuas voltearon sus cabezas un poco para verme, y me miraron con cara de “¿y éste?” como si nunca me hubieran visto antes, o por recién llegado, y luego se enderezaron como si se habían dado cuenta de que sí me conocían, o que por lo menos no les molestaba que yo estuviera ahí, y en ese instante entendí el gran misterio.

Comprendí que una persona había sentido tanta emoción al ver la luna alguna vez, que se acordó aun después de muerto, se acordó del ser que había sido, un ser que seguía siendo, un ser tan poderoso que aun sin carne y hueso podía usar una estatua de mármol para expresarse. También sentí mi ser. Pasé la noche de esta manera, casi inmóvil, y justo antes del amanecer me dí cuenta de que yo podía hacer lo mismo, o sea que yo era nada más y nada menos que un ser eterno, y con el primer rayo de luz, justo antes de perder el conocimiento, supe que había estado sentado encima de mi propia tumba.

Texto agregado el 29-08-2007, y leído por 128 visitantes. (0 votos)


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