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Inicio / Cuenteros Locales / delfinnegro / POR FIN LLEGA EL AMOR.

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“El bien es deseado, y el deseo tiende hacia él,
y sólo lo alcanzan aquellos que suben a la región
superior, se vuelven hacia él y se despojan de los
vestidos de que se revistieron al descender a la
manera en que los que suben hacia los santuarios
de los templos deben purificarse, dejar sus antiguos
vestidos, y subir desnudos…”
Plotino




No abandonas esa creencia de que nadie miró nunca tus ojos, sino a Elizabeth Arden o Helena Rubinsteins en ellos. De que nadie miró tus pechos, ni soñó con tus senos, sino con la blusa Pierre Cardin que los cubría. De que nadie miró tus cabellos, sino a Giorgio Armani u Oscar de la Renta brillando en cada hebra con sus tintes, sus brillantes, sus fórmulas que no son suyas pero que hay que creer que lo son para consumirlas y consumirse en ellas. Convencida como estabas de que tus ojos venían del saurio al cocodrilos al principio, de renacuajo luego, y de sapo después. Al final te convenciste de que yo tenía razón. Que en tus ojos reptaban tres tristezas, o reptan -¡Con qué autoridad hablo en pasado a la persona que tengo al frente mirándome hablar!-. Primero la del sencillo y huidizo lagarto, compadre de sacramentos de las rendijas, que corre por el verde poniéndose tontamente verde para esconderse del criminal ojo humano que ya conoce el truco. Luego evolucionaron tus ojos, crecieron, pero no tanto como los dinosaurios, porque esos son muy tontos, muy vegetarianos como para permanecer, sino que se quedaron en el cocodrilo feroz de las aguas quietas cuyas mañas aún no puede domeñar el peligroso animal humano. Finalmente, el tiempo te ha hecho ojos de sapo, o sapa, porque zapa no serás jamás. Con los de maco o maca sí colindan tus ojos. Ahora brotan sobre los párpados como los tres, pero son sobre todo sapo pequeño y huidizo, tierno, melancólico e indiferente a sí mismo y a quien lo mira. Con el quieto ademán de la ranita que estudia qué harán con ella, si un niño la perseguirá y apaleará por todo el patio, hasta cansarla , y luego tirarla hasta que quede sólo la funda de huesos dentro de una piel que ha abandonado las ganas de estar viva desde los primeros golpes. O, si eres tan dichosa que logras escapar ilesa del niño, por el contrario, vendrá un adulto con más sentido de lo útil y serás la ranita que llevará sin maltratarla a la hermosa trampa donde le darán de comer y beber, podrá descansar, sentirse libre en un pequeño territorio graciosamente otorgado como provisional país que le permite crecer, y hasta multiplicarse si ha tenido la suerte de encontrar pareja. “Que corran, que griten en las madrugadas, que se entretengan bien, que sean felices les deseamos con todo nuestro corazón, -pero sobre todo con nuestros estómagos- porque de buenos deseos está lleno el camino hacia el plato de ancas de rana, ya sea al ajillo o en escabeche, guisada o al vapor, y hasta frita”. Cosa que no te importará eso de que vivan de ti, que te digieran y te expulsen tan “in”humanamente, pues ya tú no estarás ahí. Habrás abandonado tu vida a su suerte, en la primera o segunda cuchillada a tus huesos y carnes y sangre, y habrás viajado a un lugar muy feliz donde no hay nada más que un profundo y grande, muy grande silencio, gigantesco silencio a un tamaño que no alcanza a medir el pensamiento, y luego calma, paz, total ausencia donde ni siquiera escuchas que no se escucha nada.
Siempre lo supiste, aunque no sé quien te lo dijo. O más bien, siempre lo creíste , y no sé quién te lo mintió. Sí. Así es más correcta la oración, se corresponde más con tu realidad. La realidad de que no eres tan fea como te has imaginado. Tu feúra no puede estar en que un hombre te haya abandonado por otra mujer. Y la verdad ha de decirse: ella es mucho más hermosa que tú. Sobre todo en el brillo de su sonrisa, capaz de conquistar hombres y mujeres, y hasta dioses, si existieran. Pero tu belleza no puede estar dependiendo de que ningún hombre te mire. No puede desvivir de angustias, de pensamientos negativos, de lloros, de sangre salida de las manos que las uñas castigan. Porque no tienes derecho a que tu cuerpo pague los dolores de tu espíritu. No tienes derecho a que tus manos sufran las consecuencias de tu teoría del dolor, de tu tesis sobre el abandono. De tus estudios científicos sobre las causas de un desahucio amoroso. Porque no es así. No tienes razón a castigar un cuerpo que tú no has criado, no has alimentado, no has invertido un centavo en mantenerlo ni en cuidarlo, ni en cubrirlo del frío de tus 32 inviernos ni darle fresco del acondicionador de aire contra tus 33 veranos. No tienes derecho a destruir lo que no has construido, lo que no has sufrido por mantener, por lo que no has trabajado. Por lo que no has respirado siquiera, pues el aire entra y sale a tus pulmones sin que medie tu voluntad. Tu rico padre, tu archirico padre es quien ha pagado las habas de tu cuerpo, quien ha pagado religiosamente los platos rotos de tu espíritu, y él ya no está para consultarlo ni insultarlo.
Un hombre no es todos los hombres, una sociedad no es todas las sociedades, y un dolor no es todo el dolor, como un amor no es todo el amor. Al sufrir, tomamos una tajada del sufrimiento que hay disponible en el universo, que es mucho, muchísimo. Lo mismo que del amor, cuando lo damos a un hombre o una mujer, tomamos un pedacito del infinito arsenal que tenemos. Así que podemos dejar perder ese pedazo y buscar otro en los oscuros rincones de la mente, y ser felices con esa otra mitad de la naranja. Tú puedes hacerlo todavía. De todo podrías librarte, si lograras librarte de ti misma, del pedazo de ti que te apremia. De la que te asedia. De la que viviendo dentro de ti quiere matarte. De la que habiéndola alimentado con pensamientos tristes, con sueños pesadíllicos, con búsquedas de dolor en libros y películas y cuentos y novelas y poemas, esa misma quiere exterminarte sin entender que también a ella la echarán en tu caja y se descompondrá y se pudrirá contigo, o digamos que sintigo, -valga el invento de esa palabra-.
Ahora estás en tu ventana, y miro tu silueta, y tú la mía. Tu ventana victoriana, victoriana como tu pensamiento. Te veo tomar una copa, tragar, levantar la cara y pienso qué buena ha de estar el agua o coñac o whiskie o ron o tafiá o triculí o clerén o cerveza o guavabery o vino que esta mujer levanta con esa elegancia y lo toma como ha de tomarse el vino, hasta las heces. Y sigo mirándote, y veo que poco a poco tu cuerpo baja por la ventana, y mis ojos van perdiendo pedazos de ti. Primero baja el cielo rosado de tu vientre y el oscurillo sol que en hilos de luz negra ilumina dentro de tu ombligo rodeado de rosadas nubes. Luego va el viaje de esos apetitosos mangos de tu pecho, deseosos de labios, afrodíticos, temblorosos, bajan, y los pierdo. Tu hombro derecho se inclina junto al izquierdo y entra en el desfile ida, ese hombro derecho sobre el que quise poner mis manos una tarde imaginaria en que camináramos sobre la nieve de Vermont o la verde grama silvestre de los potreros donde mis ojos estrenaron sus pupilas. Tu cuello, tu mentón, tu barbilla, tus labios, tus pómulos, tus mejillas, la punta de tu nariz, tu nariz toda, tu párpado inferior, el superior, tu ojo derecho e izquierdo, tus pestañas, tu frente preocupada, tus cabellos que hace un instante era enamorado y penetrado por el oscuro viento, que te penetra con su sexo transparente entre hebra y hebra de cabellos, y hacer el amor con tu piel que huye a tenderse en los mosaicos de tu terraza. Hasta que te pierdo toda.
Ahora me cruza por la cabeza y me enferma la idea de que tú has desparecido de la ventana porque un hombre te acompaña y te ha llevado hacia el piso. Que te ha hecho o está haciéndote el amor luego de haberte emborrachado y quitado la voluntad férrea por la que no te habías entregado a ningún hombre, pues para ti todos estaban enamorados de tus zapatos Giorgio Brutini, en vez de tus pies, o de tus calcetines Yves Saint Laurent en vez de los dedos que los llevan.
Para mi rabia, alguien esta noche, en este instante, te ha quitado la razón para que la emoción despierte. Alguien te ha hecho olvidar que eres fea para todo hombre. Alguien te ha hecho ignorar que buscaba tu dinero, tu herencia, tu apellido de naviero griego, de nombre de filósofo y apellido del que nace, sí.
Y eso me duele, porque yo te perseguía cada noche entre metáforas, te asediaba en mis adentros con imágenes, con mis tropos, con mis verbos almidonados de agua espesa y blanca y estas manos mías, con mayor maestría que las de Onán en convertirse en tu sexo bordeándome a mí hecho carne larga , llenos mis capilares con sangre de deseo. Yo que te había perseguido a ti, y no a tu apellido ni al brillo de tu oro, sino al de tu piel, yo que te había buscado a ti desnuda aunque tuvieras ropa. Yo que para pensarte pura me hice mago, y así, con el embrujo de mi mirada enamorada te empobrecía, y en un viento de mis ojos quitaba de ti todo lo que no fueras tú misma. Te desnudaba, te dejaba sin ropa ni vetusta residencia, ni sirvienta ni té, ni mesita de noche, ni neceser ni joyas, sino desnuda, completamente desnuda y sin casa donde guarecerte del frío para que corrieras hacia mí, y tu abrigo fuera yo. Porque te imaginaba en una playa sola, sin guardianes que te cuidaran, sin la protección de tus portones, sino sola, únicamente acompañada por mí, que también estaría empobrecido de ropa y zapato, carro, libretas de banco y había hecho volar lejos todo, corbatas, trajes, autos. Para presentarme ante ti sin mácula social, sin más bienes que el bien de nuestro amor, que nos había dicho a los dos como Cristo a aquél rico: “Abandonen todo y síganme. Dejen su ropa y síganme. Dejen su casa y síganme. Dejen dinero y síganme. Dejen vergüenza y síganme. Dejen pudor y síganme". Así, tú a secas, y yo a secas del mundo. Sólo vestidos de nuestras humedades. Sin más liquidez y sin más líquido que el que sale de nosotros cuando pensamos en nosotros. Así te imaginaba yo en mis noches de versos.
Pero tú, ahora has bajado en esa ventana sin preocuparte de cerrarla ni de que yo estoy mirándote. Y, celoso, me imagino que alguien ha ido subiéndo con su boca desde la punta de los dedos de tu pie hasta el tobillo, ha pasado los tersos vellos de las piernas, ha subido a la rodilla y la ha hecho temblar, y ha seguido al lugar que yo soñaba mío y lo ha tomado y tú no has podido resistir más de pie. Ese golpe de pasión te lanza al piso ya hecha carne sin espíritu, entregada por completo al mal, al mal mejor de la vida. Te has caído no estrepitosamente, sino suavemente, sin sentir que caes. Has caído como si subieras. Como tus ojos, que han llorado como si rieran. O tu boca, enrojecida como si la golpearan, cuando lo que han hecho es halarla y dejarla y volver a halarla y hacerla sentir que no es boca sino pubis, que no tiene dientes sino labios inferiores, y que su lengua es abertura junto a otra lengua-tizón que se apaga en ti para encenderse. Lenguas que son sexo macho y hembra, que luchan y se envuelven, que se acuestan y mugen con tambores de victoria y retirada y vueltas y revueltas.
Todo eso imagino, y me desespero y desnudo como estoy salgo y corro cuchillo en manos. Voy decidido a hacer una locura, a matar, a perseguir, a delinquir por amor, a hacer mi venganza contra ti y contra el que contra mí peca contigo, y yo sin derecho a defensa ni a reproche, sin derecho a nada, porque nada me has dado ni te he pedido, pero con mis nervios endureciendo mis músculos, salgo con puños al ristre, furor al cinto, con la vida y la muerte a cuestas, para darlas o recibirlas sin calcular conveniencias… Voy corriendo a cortar de raíz esa pasión de aquella que yo busco por ella y los demás buscan por ropa y zapatos y perfumes y dinero al portador. Voy a derramar sangre de la sangre que amo.
Huyo hacia esa casa, y entro a romper con todas mis fuerzas ese asalto de amor, y te encuentro aquí, en el piso. Con tus ojos que me miran que he entrado desnudo. Te sorprende el cuchillo. Caigo sobre ti después de abandonar el arma y cambiar la pasión de matar por la de amar, de herir por sentir, la de vencer por poseer. Te torno y te retorno, y entro en toda tú. Entro en ti en cuerpo y alma y me envuelvo en tus labios que imaginaba rojos y veo lívidos. Los pongo morados de placer como suponía que el amante los había puesto y hago todo lo que especulaba yo que hacía el amante cuando pensaba que te había secuestrado hacia el piso. La concuspicencia te da energía, el pecado te hace descubrir la pasión, por la lascivia vives, y descubres que fornicar es vivir, que el paraíso habita en la carne, y que la salvación está en la ausencia del alma, que lo cede todo al cuerpo enseñoreado sobre las aguas vitales. Todo el aire no alcanza para nuestros pulmones, nos ahogamos, nos soltamos y nos sentamos y volvemos a caer, y esta vez subes sobre mí, rítmicamente te meces, y te duermes. Suavemente. Y mientras entras en el sopor del sueño te explico que yo siempre te amé por encima y por debajo de la ropa y sin contabilidad. Tus ojos me dicen que lo sabías. Que siempre lo supiste. Y esperabas que te lo dijera. Y te dije: llegó el momento de decírtelo. Y te dije: Voy ahora a mi casa a buscar los poemas. Con un ligero movimiento, tus labios dijeron no. Lo repitió tu cuello al inclinarse.
Mientras te veía con tus ojos cerrados, feliz de haberte extenuado de placer, yo me senté a tu lado y te dije un poema, el otro, el otro el otro, sin saber cómo podía recordarlos, poemas de los cientos con que llené papeles por tus ojos de lagarto, de cocodrilo o sapo. Por tu boca de horizonte. Por su nariz de acantilado. Por tu senos de pirámides erectas a las que el tiempo multiplica la pasión por su misterio cuando desafiantes miran hacia el cielo. A tu vientre de mejillón con su ostra que brilla desafiando tu caída. Y quisiste consolarme, distraerme, seducirme, envolverme cuando tu respiración me hizo sospechar que te ibas, que te ausentabas de tu cuerpo. Que abandonabas el cuarto donde estábamos. Quisiste devolverte, rechazar el camino. Y volví a recordar y a decirte mis poemas, tus poemas. Fue inútil la letra, pobre la palabra, ruido el ritmo y descendí del verso a lo vano.Y concluí en que debía decirte en forma poco lírica la palabra más repetida del amor. Decirte sin belleza, sin rima, sin mesura, sin hermosos tropos, sin sublimes imágenes, mi antiguo y místico secreto.
Y así le gané la carrera por unos segundos al implacable veneno que tomaste. El tiempo me alcanzó para decirte en forma cursi, en rústica y burda y desesperada prosa, la vieja y repetida, la tontísima frase, la insulsa invocación de los enamorados de Corín Tellado. Le plagié el final de sus novelas y le dije vulgarmente a tus sordos oídos que te amo.

Texto agregado el 21-03-2004, y leído por 1139 visitantes. (20 votos)


Lectores Opinan
22-02-2010 Tus escritos son de lo mejor que he leído. Felicidades. Un honor leerte.Afectos. medixi
26-11-2008 hermoso ....no sabria que mas decir ...pero le quedaria corto. ***** lisinka
15-07-2008 wao...!...no pude respirar hasta que terminé de leer...es impresionantemente apasionado...admiro la forma magistral como narras...ví la película ante mí. Gracias por compartirlo.***** albaclara
07-04-2007 No sirvo para comentar porque siempre temo poder no hacerlo como yo quisiera. En este caso sólo voy a decirte que me gustó mucho y convencerme más de que ese temor mío no es ingenuo manueldenis
29-12-2006 Yo se que en loscuentos no es mucho decir MARAVILLOSO. Pero creo que este si lo es. Un lenguaje impecable, poético, único. Es una pieza. Un soliloquio o monólogo o lo que sea tan bien estructurado que permite que el lenguaje sobre pase a la historia. Sólo por no dejar comento: que no lívido es color morado, entonces como pudo después de ver sus labios lívidos ponerlos morados. roberto_cherinvarito
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