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Mateo ve alejarse su delgado cuerpo y cuenta las horas que le faltan para poder volver a verla. Suele venir todos los días, a eso de las diez de la mañana. Compra un pan payés partido en rajas, y él cualquier día se va a cortar los dedos por mirarla. Buenos días, le dice, no le da más conversación. Alterna un hasta luego con un hasta mañana y los ata con un adiós. Así lo hace. Pero la otra mañana le deseó, les deseó, Feliz año Nuevo a él y a su señora, a los dos. Estaba ojerosa. Su mujer también tiene ojeras, por eso se casó con ella. El apoyo oscuro de sus ojos fue lo primero que le gustó de Elena. Sí, su mujer también tiene ojeras, pero son de otro color. Marrones. Las de Iguazú son malvas. No se llama Iguazú, claro, se lo ha puesto él en honor a lo que siente. Le da un vuelco el corazón cada vez que la ve y sus emociones se derraman con furia de cascada, como las cataratas.
Mira a Quietud arrastrar sus zapatillas viejas hartas de harina y se pone a pensar. Su mujer se llama Elena, pero él le puso Quietud hace mucho, mucho tiempo. Porque ella es la calma por más que trabaje y sude, que vaya o venga. Siempre Quietud.
Mateo adora las llamas tranquilas que arden y los unen, el crepitar de las ascuas que doran el pan que venden y que comen. El pan suyo y el que se come Iguazú. Claro que ha soñado amarla. Ayer le tocó la mano al devolverle el cambio, y todavía está tonto de pensarlo. Pero para eso basta con cerrar los ojos cada noche, con apagar la luz. Anoche hizo el amor con Quietud con la misma pasión de cuando estaban recién casados, de cuando aún eran novios. Besó por fin una y mil veces los labios carnosos de Iguazú. Su mujer los tiene delgados, pero anoche se le engordaron, mientras la besaba, o eso le pareció.
Ahora acaba de irse, pero hoy ha sido Elena quien le ha despachado. Mateo no ha tenido valor, se ha limitado a mirar su cuerpo, que tiene un escorzo danzarín, ahogándose de emoción, arrimado a la boca caliente del horno. Y está esperando que se acabe la mañana, la tarde de hoy, la noche, y que amanezca pronto y lleguen por fin las diez de la mañana para que vuelva a salpicarle el agua fresca y limpia de las cataratas.
Realmente no espera nada más. Sólo aguanta la salvaje caída del agua durante unos instantes al día. Cinco minutos, diez a lo sumo. Los mil cuatrocientos treinta y cinco minutos restantes le gusta pasarlos en calma. La tempestad está bien, se busca, se desea, se necesita de vez en cuando. Pero la furia acuática es como un sueño. Y es lindo soñar, y Mateo duerme y sueña. Pero, si ha de elegir, prefiere estar despierto.
No, él nunca le dirá nada a Iguazú. Necesita el ruido, es estrépito del agua, durante cinco minutos al día, diez a lo sumo, y el resto del tiempo tranquilidad. Veinticuatro intensas horas de Quietud es lo que tiene, y es lo que quiero. No es necesario que elija.

Texto agregado el 11-09-2007, y leído por 137 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
27-09-2007 Excelente, casi me dan ganas de empujarlo hacia la catarata, pero mejor no, está mejor así, bien decidido.***** andrula
26-09-2007 Mucha calidad y pocas visitas.***** jozeluiz
24-09-2007 Todo agua, todo vida +++++saludos antoniana
13-09-2007 Un texto acuático y revitalizante. Juegas entre el ensueño y la realidad. Muy bueno!***** josef
11-09-2007 Delicioso texto que te confronta ante dos realidades, una de ensueño, otra de cotidiana realidad. Ambas auténticas. Me agradó leerte. 5* THEOTOCOPULOS
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