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Cuando mis papás nos contaron la noticia del traslado, mi hermanita y yo quedamos desconsolados. Ahora que habíamos logrado tener amigos en esta ciudad extranjera, otra vez debíamos mudarnos. Mi papá es diplomático y toda su vida la ha pasado de embajada en embajada. Primero Tokio, después Berlín, Madrid, donde nací yo y, por último, Buenos Aires, donde nació mi hermanita. Y ahora de nuevo, esta vez hacia París.
Mi mamá ya está acostumbrada y se enorgullece de poder empacar una casa completa en menos de una semana, pero para nosotros es muy injusto. El otro día, en la clase de historia, por fin encontré una palabra para describir a mi familia, somos “nómades”.
No tiene sentido oponerse, es el trabajo de mi papá y él no va a cambiar de opinión, pero yo aprendí que puedo sacar provecho de la situación y hacer pedidos que, de otro modo, nunca me cumplirían, para tenerme contento con la mudanza mis papas aceptarían lo que pidiera. Por eso, al conocer la noticia, pensé y pensé, hasta encontrar algo que sí los fastidiara y que fuera difícil de cumplir, y así fue como se me ocurrió pedir de regalo un cerdito, para criarlo como mascota.
Al principio ambos se opusieron, pero a medida que se acercaba la fecha de la mudanza y como yo me negaba a jugar y a comer, finalmente mi papá aceptó y prometió que, tan pronto llegáramos a París, buscaría un lugar donde comprarlo.
Así fue como partimos hacia Francia, mi hermanita con su muñeca preferida en los brazos, y yo con la ilusión de tener mi propio chanchito colorado.
La casa donde fuimos a vivir estaba en las afueras de París, y tenía suficiente espacio de jardines, como siempre le gustó a mi mama, de modo que no había excusas para que no me compraran el cerdo. Papá demoró y demoró todo lo que pudo, pero finalmente, ante la acusación de estar faltando a su promesa, no tuvo más remedio que comprarlo. Llegó un domingo a la mañana en una camioneta, cargando una caja, en su interior mi cerdito, tan tibio y tan rosado como lo había soñado.
Esa semana fui la atracción de mis compañeros en la nueva escuela, ya que todos querían conocerlo. Finalmente la maestra me autorizó a llevarlo, y allí fui con él, sujetándolo con una cuerda atada a su pescuezo y paseándolo como a un perrito. Uno de los niños de la clase propuso organizar un concurso para elegirle un nombre, y ,entre risas, se nos ocurrió llamarlo Napoleón.
Napoleón crecía feliz en nuestra casa, aprendió a dar la patita y hacerse el muerto, aunque nunca logré que fuera a buscar el diario.
Pero un día, llegó al pueblo un nuevo alcalde. Mi papá, como personal diplomático, organizó una comida en su honor, y allí vino el alcalde con su esposa a conocer a mi familia. El hombre tenía fama de conservador, eso decía mi papá, al principio yo no entendí muy bien qué quería decir, pero él me explicó que es la gente muy apegada a las tradiciones. Entonces fue cuando aprendí una nueva palabra “intransigencia”. Fue de la forma más inesperada. Estábamos con mi mamá recibiendo al alcalde y su señora, cuando Napoleón apareció en la galería, era su costumbre saludar a los invitados, y resultaba muy gracioso ofreciendo su patita. Yo, para mostrar mi educación y que mi mamá estuviera orgullosa, quise presentar a mi chanchito diciendo: “Sr. Alcalde, le presento a mi cerdito Napoleón”. No había terminado de decirlo, cuando el hombre se transformó, se puso más colorado que el cerdo, y comenzó a exclamar un montón de palabras en francés que yo no entendía. Cuando logramos que se calmara, me dijo que lamentaba mucho tener que hacerlo, pero que debía llevarse al cerdo detenido, ya que era una ofensa para la moral que anduviera por ahí con ese nombre, y que, además, nos pondría una multa por haber faltado a la ley que prohibía, en Francia, llamar Napoleón a un cerdo.
Mi papá lo miraba pensando que se trataba de una broma, pero el hombre estaba muy serio, solemne diría yo, y no entendía razones.
Así, al día siguiente, se presentó en mi casa un oficial de justicia que venía preparado con una jaula para transportar a Napoleón. Fueron inútiles mis súplicas y las lágrimas de mi hermanita, lo obligaron a entrar en la jaula y allí partió Napoleón, detenido, hacia la alcaldía.
Mi papá intentó recuperarlo legalmente, pero era justamente una ley antigua aún vigente la que estaba causando esta desgracia.
Finalmente, mi mamá tuvo una idea. Organizó una fiesta en casa, e invitó al alcalde y a su esposa, al oficial de justicia y al párroco del pueblo, junto con otros vecinos. También logró que trajeran a Napoleón, en libertad vigilada. Así fue como, cuando estaban todos reunidos, mi mamá anunció solemnemente, que el motivo de la reunión era celebrar el bautismo del cerdo que, a partir de entonces, se llamaría Bombóm.

Texto agregado el 11-09-2007, y leído por 217 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
25-10-2007 Inteligente esta mamá, si señora. Me ha gustado leerlo. Un saludo de SOL-O-LUNA
24-09-2007 Me gustó tu cuento. Muy bien narrado y una bonita historia. goruzedri
24-09-2007 Muy entretenido, ya he leido a este autor y me encanta su versatilidad, pues pasa de cuentos de suspenso a historias de amor y ahora me sorprende con esta graciosa historia. QUINTIN
22-09-2007 Un texto precioso y a la vez revelador. Yo tengo un tío diplomático y unas primas que nacieron y vivieron a salto de mata. el detalle de la intransigencia y Napoleón, genial. Un saludo, fue un placer.***** josef
21-09-2007 No sé de esa ley, pero suena interesante... Lo voy a investigar. Excelente trabajo. Jazzista
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