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El réquiem de Medusa
¿Me preguntas que si creo en los fantasmas? Déjame decirte que ellos son tan reales como nosotros, y no quiero debatir sobre lo que es real y lo que no lo es, pues para un loco es tan real ver y escuchar seres que le hablan. Sólo sé que aquella tarde de noviembre sucedió algo extraño en aquel teatro. Fue un suceso que con el hecho de recordar a Selene siento temor y escalofrío. Pero para convencerte de mi verdad trataré de evocar aquella imagen bella y a la vez espectral.
Recuerdo que todo empezó por la noticia que había llegado a la ciudad: “teatro del pueblo presentará su obra ”. Se decían buenos cometarios de las obras que anteriormente ya se habían presentado, y pues yo, como buen amante de este arte, no podría quedarme sin visitarlo.
Para llegar allí, tuve que pasar por un bosque hermoso y sombrío, sus caminos eran angostos, apenas podían pasar las carrozas; se escuchan cantos de aves, los cuales parecían que nos iban siguiendo, pues en todo el camino jamás se dejaron de oír; pude percibir que a lo lejos se aproxima una sabana de niebla, parecía que era una retahíla de caballos a todo galope que llevaban prisa por llegar a su destino. Así fue todo el camino hasta que el conductor con su voz ronca me dijo: “joven, hemos llegado. Disculpe que no lo acompañe, prefiero quedarme aquí”; entonces bajé de la carroza y me dirigí hacia el teatro y, mientras caminaba hacia él, sentía cierta melancolía pues era el pueblo más lóbrego que jamás haya visto: el basto ramaje de los gigantescos árboles les daba sombra a las pocas casuchas que había, los rayos del sol apenas si se miraban; las callejuelas eran muy angostas; el lugar si acaso tenía unos sesenta habitantes y la mayoría eran personas que trabajaban en el teatro; el estilo arquitectónico de éste era gótico y en lo alto de sus muros puntiagudos posaban a diestra y siniestra dos gárgolas que llamaban la atención, ya que parecía que poseían vida; sus ventanas ojivales las adornaban grandes cortinas de color guinda. Así es como se miraba de afuera.
Mucha gente venía de la cuidad, esperaba el inicio de la obra. Se escuchaban los susurros de las platicabas que tenían entre si. Mientras esperaba yo también, me preguntaba: ¿Cómo estará la obra? ¿Por qué tanto enigma con ese teatro? Mientras sucedía, pasó una anciana vendiendo rosas “¿joven, una rosa para su bella acompañante? Mírela tal pareciera que esta triste, mírele sus ojos hipnóticos. Mire, esta rosa negra le encantará a la bella artista” al decir eso, sentí un terror tan grande, pues yo estaba solo, no había nadie a mi lado, no entendía sus palabras; sin embargo no sé por qué le compré la rosa negra, la cual traía un moño del mismo color. Sentí como si una fuerza extraña me hubiera impulsado a comprarla. Entonces, la anciana se alejo de mi diciendo: “muchas gracias, que disfruten la función” y se perdió entre la gente que también esperaba.
Pasaron cinco minutos, y entonces se escuchó el crujir de las grandes puertas del misterioso lugar, las fueron abriendo lentamente como si fuesen parpados cansados. Una vez abiertas, salió un señor de unos cincuenta años, era alto, su fisonomía era melancólica, poseía un vestuario oscuro y muy elegante. Éste dijo con voz grave “pasen, sean bienvenidos a su teatro del pueblo . Acérquense a sus lugares correspondientes que ya esta por empezar nuestra enigmática obra”.
Por suerte me tocó en primera fila, así podría disfrutar mejor. Una vez en mi lugar, empecé a observar detenidamente a mi alrededor: las paredes lucían decrepitas y vetustas en las cuales colgaban varios cuadros con retratos de personajes que ignoraba, quizás eran de una estirpe representante del sitio; las gradas eran cómodas; el escenario aún lo cubría el gran telón rojo que estaba a punto de ser abierto. Conforme pasaba el tiempo, se iban ocupando todos los lugares. Recuerdo que de mi lado izquierdo no se sentó nadie, y de mi lado derecho una niña que acompañaba a su padre.
Al fin, la misma voz grave del individuo de ropa fúnebre, dijo: “la obra que a continuación presenciarán se llama , esta inspirada en la mitología de Dédalo e Ícaro. Espero que la disfruten”. La muchedumbre aplaudió, y una vez mas empezaron los susurros de los cuales lograba escuchar algunos que decían “¡oh! al parecer será muy interesante” “¿ya miraste a ese a la joven?” en fin, eran platicas triviales.
Al parecer ya no había lugar vacío, a excepción del de mi lado izquierdo y de pronto se volvió a escuchar el estridente y crujir de las grandes puertas que se cerraban lentamente y, al concluir esto se abrió el gran telón rojo. Mi corazón empezó a latir con fuerza, y aún más cuando miré que en el escenario había una doncella, en sus manos traía un violín. Su aspecto era espectral, pero tenía una belleza que cualquier mortal pudiera desear y envidiar. Sí, así fue, cuando la miré, me sentí hechizado. Entonces cuando escuché sonar el violín fue una sensación ardua de explicar; cada vibración de ese instrumento musical llegaba a mis sentidos. Parecía música expulsada por una diosa. Cuando la miré a los ojos quedé completamente paralizado, no sabía lo que ocurría a mí alrededor, sólo percibía la dulce música y no podía quitar mi mirada de ella. Era una diosa. Sus cabellos negros y lacios eran envidiables; su rostro pálido era encantador; tenía una belleza difícil de explicar; una nariz perfecta; sus ojos los más hermosos que haya visto, eran negros y los cobijaban unas largas pestañas; sus labios rosados expresaban un pasado triste; traía un vestido blanco que no le dejaba ver los pies; era delgada. Podría jurar que no era mortal.
Perdí completamente la noción del tiempo mientras tocaba esa música sublime, sólo recobré la noción cuando dijo “gracias por haberme escuchado”. Inmediatamente miré la rosa negra que traía en mi mano, aquella que le había comprado a la anciana misteriosa; me dirigí hacia ella y le dije: “un obsequio para vuestra artista”, cuando la tomó con su blanca mano, me regaló una sonrisa.
Toda la gente susurrando sobre este acto “¡oh! ¿Quién era? Es encantadora”, y enseguida volvió a salir el señor de rostro lúgubre, y dijo: “disculpen por la interrupción de la joven. No sabemos cómo es que llegó hasta el escenario, no sabemos quien sea, pero ahora si ¡que empiece la obra! No sé por qué sentí tantos deseos de saber sobre esa joven. Mientras transcurría “alas negras” mi mente sólo estaba en aquella mirada hipnótica; así pasaron dos horas y terminó la obra. Toda la muchedumbre saliendo, y yo aún como hechizado por aquella imagen y su música que un sonaba en mi mente.
Una vez afuera, ya me esperaba el conductor de mi carroza, me subí y cuando empezamos a movernos pude percibir que la rosa negra, que le había dado a la doncella, estaba en el asiento, traía una nota que inmediatamente leí, decía: “vengo de lejos, tengo que andar de pueblo en pueblo apareciendo en centros de reunión para presentar , sólo así podré descansar en paz. La crueldad y la maldad me hicieron perecer, me convirtieron en un monstruo, mis cabellos se hicieron serpientes, me hicieron una gran escultora”. Ésta estaba firmada con el nombre de Selene. Al leer esto, pude comprender que a quien yo le había dado la rosa negra, era sólo un alma deleitando a los vivos con su música, con su réquiem. Era la misma Medusa.

Eliseo Guillén
21 de septiembre de 2007

Texto agregado el 22-09-2007, y leído por 160 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
20-10-2007 Fascinante, realmente es un texto fascinante, no solo por las descripciones e imágenes que plasmas aquí, sino por ese toque enigmático que le das. Excelente cuento***** rosadel_viento
 
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