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“Los seres a quienes vemos sin que se den cuenta
tienen la apariencia de no saber lo que hacen”.

Barbusse.


Despertó en medio de un silencio cargado de rumores eventuales El ambiente lleno de un pesado vacío. Dio vuelta sobre su derecha, la cama crujió como nunca lo había hecho. Nunca había reparado en cómo rechinaban los resortes del colchón. Nunca los había oído sonar tan fuerte.
No pudo seguir durmiendo. El silencio lo acosaba. El silencio no lo dejaba en paz. Pensó en trizarlo con un grito, en llenar la casa con su voz, pero tuvo temor de que no hubiesen respuestas. O de que alguna voz desconocida le respondiese desde algún sitio oculto.
Presentía su soledad. Nunca la casa había estado tan callada. El silencio rondaba por toda ella. Caminaba por los pasillos y habitaciones en puntas de pies, como para no ser descubierto. Pero allí estaba, evidente, insoslayable, flotando por todas partes.
Se sentó al borde de la cama, sus zapatos retumbaron sobre el piso de madera. En el muro del frente colgaba un cuadro de Munch, con el cual no le agradó encontrarse. Nunca le había disgustado tanto como ahora. Sin embargo, no le quitó la vista de encima, desafiando su propia inquietud, su propio miedo pueril que intuía a sus espaldas o escondido debajo de la cama. La calle Karl Jaan se apagaba al final de un día oscuro, de esos que enturbian el alma. Un hombre pálido de ropas negras miraba fijamente a los ojos desde ella. Ese rostro, repujado por las facciones del desahucio, le recordó inevitablemente al parapléjico de aquella pensión en la que vivía junto a él y a un grupo de otras personas. Era el esposo de la dueña de la casona, un viejo que le provocaba un indescriptible rechazo, mezcla de asco y miedo. Todos los días, a la hora del almuerzo, el encuentro se hacía inevitable, sentado a la mesa del comedor junto a él, en su silla de ruedas cromada. Los otros pensionistas tenían la suerte -pensaba él- de no tener que soportar la inmediata cercanía de aquel cuerpo contrahecho: la espalda, grotescamente escalonada por las vértebras de una columna a punto de partirse en dos; las manos y los pies, retorcidos hacia adentro, inútiles. Pero eso no era tanto, si no más bien la manera que tenía el viejo para alimentarse. Su boca atrofiada era incapaz de recibir sopas y guisos sin derramar una buena parte de ellos sobre el mantel o en sus propias ropas. Al parecer su esposa -quien era la que le daba de comer- no se preocupaba más que de ello. Pasaban semanas enteras en las que el viejo se sentaba a la mesa luciendo el mismo chaleco verde, manchado y maloliente. En ocasiones, y no pudiendo disimular ya más, asqueado de aquel decrépito ritual, intentaba el joven demostrar toda su disconformidad con violentas miradas en las cuales toda su impaciencia quedara de manifiesto; sin embargo, no podía resistir la respuesta callada, implacable, de la mirada dislocada del viejo, como una mueca patética que le pidiese que lo dejara en paz. De ahí su rechazo hacia el viejo, de ahí ese miedo que traspasaba la lógica de la debilidad o la fortaleza física. Era un miedo profundo a su figura, a sus gestos enfermos. A su silencio, que invadía toda la casa. A su respiración, instaurando un aire viciado por todos los rincones, con el característico olor decadente a flores marchitas que inunda los asilos de ancianos, y que debe ser aspirado no sin cierto escrúpulo.
Oyó de pronto un ruido que provenía, según le pareció, del comedor, y en ese momento despegó su atención del cuadro. Miró su reloj: las doce y cuarto. Hora de almuerzo. Supuso que todo sería, entonces, como siempre. Resignado y con hambre se paró, y al hacerlo rechinaron los resortes de la cama. Los tacos de sus zapatos también resonaron, paso a paso, como hondos quejidos huecos. Salió al pasillo. La pieza del frente, la del matrimonio, la del viejo, tenía sus puertas abiertas de par en par. Pudo ver la cama, perfectamente arreglada. La silla de ruedas no estaba. En el portallaves del muro no colgaban las de la casa.
Caminó, entonces, hasta el umbral del comedor, al final del pasillo. No había nadie, sólo un gran silencio. Dedujo que, como todas las mañanas, la señora habría sacado a dar una vuelta al viejo en su silla de ruedas, como si el débil sol de septiembre le pudiese infundir algo de vida a aquel cuerpo tullido. Quizás hoy se hubiesen retrasado más de lo habitual en volver por algún motivo desconocido, sin mayor importancia, alguna conversación con antiguas amigas del barrio, de esas en las que se habla de todo y de nada al mismo tiempo. Los otros pensionistas tampoco se divisaban, y no había ningún indicio que hiciera sospechar siquiera sus presencias.
Convencido de su absoluta soledad, se dedicó a observar la habitación, por hacer algo mientras el día retomase su ritmo normal y cotidiano. Sobre la mesa estaban dispuestos los platos, ocho en total, los cubiertos, la sal y la panera. Miró con detención aquel comedor, amplio, en el cual todos se reunían por única vez en el día, obligados al dantesco espectáculo de la sobrevivencia. Nadie hablaba, todos comían apurados sin levantar la vista de sus respectivos platos para luego retirarse cortésmente con un “permiso, estaba delicioso” de rigor. Quizás él debiese hacer lo mismo, es decir, no mirar al viejo, no obligarse a soportar aquello que tanta repugnancia le causaba. Sin embargo, había algo en aquella escena que lo obsesionaba, que le provocaba una especie de morbo del cual le era casi imposible sustraerse. Es más, podría decirse que casi lo buscaba, para así alimentar ese sentimiento que a veces confundía con algo parecido al odio.
Siguió observando el lugar, las repisas cargadas de platos con dibujos de tinta azul, fotografías sepias que evocaban recuerdos; una lámpara colgando pesada del cielo hinchado por la humedad, amenazando a cada instante con una caída inminente. Un ventanal cubierto por una gran cortina gris, adelgazada por su vejez, por el desgaste de los años, y a través de la cual se colaba una luz enferma. Las primeras gotas de lluvia, empujadas por el viento, arañaban una ventanita trizada. El reloj de muro y sus números negros, romanos, su caoba opaca, un péndulo oscilando en medio del vacío.
El silencio le pareció una respiración contenida, una acechanza invisible.
Dio un paso al frente. Sonó su taco seco. Otro más, y retumbó en el comedor su única presencia. Quizás por espantar sus propios fantasmas, dio otro, y luego otro sobre el piso de madera, y el ruido de sus tacos firmes le dio la sensación de ecos apagándose, como hondos quejidos huecos.
Se acercó al borde de la mesa. Miró los dibujos del mantel bordado, cortó algunas hilachas que colgaban de él. Tomó un tenedor y lo puso a la derecha de uno de los platos. “Ahí sí”, dijo a media voz. Luego cogió un pan, se lo llevó a la boca, le arrancó un pedazo. Después otro, se llenó la boca de pan y comenzó a imitar al viejo cuando comía. Torció la boca, estiró los labios; masticaba con todos los músculos y nervios de su cara rígidos. Dejó caer un bolo sobre el suelo. Era su descargo por lo que había tenido que soportar durante todo ese tiempo. Una satisfacción oculta en medio de la habitación. Contrajo el rostro en mil muecas distintas, intentando imitar aquellas que más le desagradaban del viejo.
Cuando se hubo saciado de aquella cruel representación, bajó la vista buscando el amasijo de pan que había dejado caer momentos antes. Al hacerlo, volteó levemente la cara hacia la puerta vidriada de la cocina. Su pie retrocedió un paso, se escuchó un eco apagándose como un quejido hueco. El reflejo sobre una de las ventanitas de la puerta entreabierta le hizo sentir un súbito frío en la espalda.
-Señor -dijo con un estremecimiento en la voz, atisbando de reojo, tras de sí, al viejo tullido, inmóvil, sentado en su silla de ruedas contra la pared; quien lo miraba con las facciones rígidas, los ojos fijos, desorbitados, los labios torcidos. Que lo miraba, pálido como el hombre del cuadro de Munch, respirando un hondo quejido hueco, muy parecido al silencio.

Texto agregado el 23-03-2004, y leído por 313 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
29-05-2006 muchas veces dijiste esa frase....era una de tus favoritas....Karen vikinga
 
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