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Muchos años permanecieron juntas, tantos que ya lo habían olvidado, al establecerse tan sólida mancomunión entre ambas. Una al lado de la otra, las dos, en concomitancia directa para lograr su objetivo. La una dándole vueltas al asunto y la otra verificando que todo lo acordado, no trascendiera las cuatro paredes. -Lealtades son lealtades- se decía, mientras los perros apretaban sus mandíbulas para aprisionar lo suyo.

La salud de ambas se resintió pero continuaron unidas, puesto que comprendían que aquello era casi un designio. Ambas buscaban el mismo objetivo y entre las dos, lo conseguían siempre, mas, la cadena interminable de sucesos, transformaba su quehacer en una tarea de nunca acabar. Lo esencial era lograr que nada oscureciera tan inmaculada limpieza, una limpieza conceptual, depurada, precisa. La sociedad de ambas, se basaba en el éxito de tal faena y siempre lo conseguían.

Pero, los años no pasaron en vano. La ejecutora, acaso por ser la que se movilizaba con mayor denuedo para satisfacerse ambas, se resintió, envejeció con la nobleza de los que actúan con justicia y equidad, pero, de igual modo, lo retórico sólo sirvió para constatar que la decrepitud avanzaba a pasos agigantados.

Aún así, varias operaciones la mantuvieron firme en su labor, mientras su compañera la alentaba con lágrimas en sus ojos, pues comprendía que el final estaba cerca.

Y una tarde tristona, como todas las tardes en que se produce una separación, al regresar de otras labores, se percató que su vieja amiga y compañera ya se había ido. No pudo evitar el llanto, una emoción sin asunto para cualquiera que la juzgara, sin medir el alcance de esta profunda relación.

Ahora, otra compañera, algo desmadejada, poco prolija y de aire lejano, cumple sus funciones. Ella, no se lo dice, pero se da cuenta que jamás existirá entre ambas tal afinidad y consecuencia en la persecución de sus objetivos.

Y mientras tiende esa ropa en los cordeles, hasta los perros le hacen guiños cómplices, aseverando con ello que, jamás encontrará una compañera y amiga tan a la par como esa vieja lavadora que unos hombres se llevaron esa tarde triste












Texto agregado el 16-10-2007, y leído por 155 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
19-10-2007 Gracias por este cuento... aún lloro no haber podido despedirme de mi vieja y limpia compañera... mas, su reemplazante, poco a poco, con sus guiños y vaivenes, ya ha comenzado a conquistarme... ***** Anua
16-10-2007 Me has dejado boquiabierto, Guido. Ese final inesperado pero que cuadra perfectamente con el resto del cuento le ha dado aún más carácter. Respeto tanto la obsesión por la limpieza como la falta de ella por dar paso a otras actividades interesantes. En tu cuento hay sentimiento a raudales aunque sea entre mujer y máquina. Un abrazo.***** graju
16-10-2007 Mmmmm, sucede, claro que sucede, nos hacemos dependientes, y nada puede luego reeplazarla.********* Besos Vic 6236013
 
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