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La gente había notado algo distinto en él, pero nunca le habían dado la menor importancia. Él era el más chico de once hermanos y desde muy pequeño lo caracterizó su mirada, siempre distante, que delataba su indiferencia absoluta y una actitud diferente.

Su madre, Guadalupe, nunca lo notó pues la mayor parte del tiempo la invertía en atender una paletería, el negocio familiar, ya que su marido, como muchos otros hombres de aquél pueblo, había sido asesinado en el rancho por un conflicto de tierras.

Durante su infancia, Rufino odiaba ir a la escuela, por lo cual era muy común encontrarlo escondido en los sitios menos imaginados, como el closet de sus hermanas, con tal de no asistir. También gustaba de las armas de juguete, en especial, de las más ruidosas.

En una ocasión tomó una de ellas y se dirigió al hipócrita altarcillo que doña Lupe había montado. Se trataba una mesa de madera sobre la cual había un mantel carcomido con veladoras y flores marchitas, colocada contra una pared llena de envejecidos cuadros de familiares e imágenes de santos. En medio de la pared estaba colgada una cruz enorme, con un desamparado cristo negro pendiendo de ella. Rufino se paró en frente de él y apuntó. -Bam-bam- gruñó repetidamente. Continuó así también, fulminando imaginariamente el resto de aquellas inmutables imágenes.

Sin embargo, alguna vez él había sido bueno, cuando su mundo giraba únicamente alrededor de su madre, cuando jugando a los pies de ésta, la abrazaba tratando de ganarse una caricia, la cual se manifestaba rara vez, más como una especie de lástima que como cariño.

Una vecina fue la primera en notar que algo andaba muy mal. Un día, mientras barría el patio de su casa, echó de menos a uno de sus canarios. Continuó con su quehacer y al mover una de las masetas hizo un lúgubre descubrimiento: el pajarito estaba muerto y seccionado en dos. La cabeza había sido lamida, arrancada y posteriormente succionada hasta quedar deforme. La otra mitad estaba intacta y la sangre sobre las plumas permanecía fresca. Sólo uno de todos los vecinos cabía por entre los barrotes de su portón… Y ése era Rufino.

Sin embargo, sus hermanos consideraban sus actos como un chiste o simplemente los ignoraban. Sus primas por otro lado, también vecinas suyas, en ocasiones lo incluían en sus juegos, los cuales generalmente carecían de la inocencia propia de esa edad...

Era cuestión de imaginarse que con los años su condición fuera cada vez más decadente: Abandonó los estudios y finalmente, sin más ilusiones en la vida, terminó pasando sus días sentado frente al mostrador, con su particular mirada extraviada, atendiendo la clientela de la heladería o encerrado en su cuarto.

Pronto sus hermanos comenzaron a tener familias propias. Fue el segundo de ellos quien llevó por primera vez a su primogénita para que la que conocieran. Rufino, por su parte, no tuvo ninguna reacción. La verdad es que pocas cosas en este mundo lo podían llegar a conmover. Sólo su perro, un enorme pastor alemán, era lo único que realmente le importaba.

Un domingo lo sacó a pasear, como de costumbre, sólo que en esta ocasión también se había hecho acompañar de una botella de mezcal. Se sentó en una de las bancas del parque, tal como lo había hecho en los últimos diez años. Lo amarró y acto seguido sacó el aguardiente, el cual fue bebiendo a grandes tragos.

Cuando por fin despertó, era de noche y su único amigo se había soltado. Trató de levantarse, pero el dolor de cabeza lo hizo derribarse en la banca. Fue entonces cuando empezó a gritar, llamándolo, pero fue en vano.

Nunca había sido querido y tampoco lo esperaba. Su vida entera hubiera pasado totalmente inadvertida, sino fuera porque algunos años después algo estallaría en su mente.

Un día, mientras su hermano estaba de visita, vio que su sobrinita ya podía caminar y que incluso podía decir algunas cosas. Algo pasó, algo por fin sintió, algo que lo hizo apretar fuertemente la mandíbula y cerrar el puño. Se acercó. Hizo una mueca, como si se sonriera, y empezó a jugar con la nena. Después de un rato de jugar con ceniceros y los almohadones del sillón, finalmente aprovechó un descuido y bajó la escalera que dividía los pisos entre el departamento y el negocio.

Ahí empezó a hablar con la nena, primero hablándole dulcemente, y después mirando fijamente el vestido bordo aterciopelado. Su mente se nubló. Reaccionó nuevamente cuando su hermano lo llamaba mientras bajaba las escaleras. Se apuró a quitar su torpe mano de la espalda de la niña, a la cual había estado acariciando, al tiempo que le subía el cierre.

Ésa no fue la única vez que se dejara dominar por sus impulsos. Varias fueron las veces que aprovechó algún descuido de cualquiera de aquellos ingenuos progenitores, para poder estar a solas con alguno de los queridos retoños, sin discriminar géneros, conforme iban apareciendo en escena.

Por otro lado, nunca más quiso sustituir a su viejo perro, así que se decidió por molestar, patear, maldecir y apedrear a cualquier canino que se le cruzase. Pasaron los años, los sobrinos crecieron y no hubo nada que hacer. Nunca se aventuró a probar ningún niño desconocido. Sabía que el riesgo a quedar descubierto era grande.

Un día se sintió extraño, más aún de lo habitual. No bajó a atender la nevería. Simplemente se dirigió al cuarto de la maquinaria donde elaboraban los helados y tomó un litro de gasolina; volvió a subir aquellas escaleras, las mismas que, día a día, durante más de treinta y cuatro años lo habían visto en su vaivén cotidiano, en la misma rutina que su madre y su hermana mayor, la solterona.

Con la mente en blanco, comenzó a esparcir la gasolina en las cortinas de la casa, en la mesa, y aún incluso sobre uno de sus sobrinos que en ese momento estaba obsesionado jugando videojuegos en la sala. Fue a la cocina por los cerillos y sacó uno. La madre del adolescente llegaba en ese momento al último escalón.

Los gritos de aquella mujer rápidamente atrajeron a dos de los empleados que también trabajaba en ese lugar. Después de los golpes, Rufino permaneció estático en el piso, como si durmiera profunda y calmadamente. Nadie se atrevió a moverlo.

Una extraña suerte le acompañaba. Nadie jamás le había delatado. Nadie nunca se atrevió a mencionar que tenía algo anormal, que era un demente, una especie de condenado... Quizá porque también el resto de aquella familia tenía secretos ocultos que ni la luz de las mañanas revelaban.

La vida en aquella infame vivienda continuó siendo la misma. O eso parecía. Un par de días después, uno de sus hermanos, aquél en quien confiaba, lo invitó a dar una vuelta en la nueva camioneta que había comprado. Éste le convenció de visitar el viejo rancho de su madre. “Rufo”, como fraternalmente le llamaban, fue entonces por su chamarra de jeans y se abrochó bien sus viejos huaraches. Se pusieron en marcha.

El camino fue más largo de lo que Rufino creía... ¡Hacía tanto tiempo que no iba por esos rumbos! Finalmente anocheció. El arrullo de la camioneta en la carretera y el efecto infalible de las cervezas lo hicieron entrar en un estado muy profundo de sueño.

Cuando su hermano comprobó que no despertaba, lo bajó del vehículo y lo arrastró hasta una esquina desolada. Empezó así la vida errante de aquél infeliz.

Aprendió a malcomer las sobras podridas que encontraba en los basureros y a atesorar los muy escasos pesos que le llegaban a aventar, para destinarlos en un poco de alcohol. Lo que sí le abundaban eran las golpizas de otros borrachos más jóvenes y ágiles que él, además de las burlas y el asco de la gente. Lo conocían como “el Caspa”, por la incomodidad que su presencia les causaba.

Una noche, aquella mente perturbada y abatida no pudo conciliar el sueño. Oía a lo lejos el aullar de un perro, pero no uno cualquiera, sino el suyo: -¿Volvió? ¡Sí!, sí es, regresó, ¡regresó!- pensó desde su callejón aquella figura obesa y aquejumbrada por los años.

Se levantó instantáneamente, metió la mano en un hueco de la pared contra la que solía dormir y sacó una botella casi llena de un licor de caña barato. Salió la calle y siguió durante horas aquel ladrido estremecedor que lo llamaba.

Cuando por fin se decidió a detenerse, descubrió que no tenía idea de dónde estaba.

Había llegado a un lugar apartado, un terreno desolado. A varios metros se podían ver las luces tenues de los faroles. Se dispuso a sorber un trago, cuando repentina y lentamente emergió una temible figura obscura de entre el pastizal.

Poco a poco, dos ojos centellantes se acercaban hacia él. Cuando por fin distinguió que se trataba de un galgo, el anciano secó sus labios empapados en alcohol y se inclinó un poco.

No, ciertamente no era su perro. Éste era un perro negro, desconocido, bastante robusto, que mostraba los dientes mientras jadeaba. Permanecieron un momento así, uno mirando al otro. Cuando Rufino miró a sus costados, notó que no estaban solos… Tres, cuatro, ocho…- ¡Toda una jauría lo tenía en la mira, rodeándolo lentamente!

El silencio se rompió el Caspa dejó caer la botella y comenzaron los ladridos, al tiempo que el primero de aquellos hambrientos le saltaba encima.

Como tantas veces, su mente nuevamente se disipó, pero esta permanecería así definitivamente.



Texto agregado el 22-10-2007, y leído por 92 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
22-10-2007 grrrrr,grrrr, gua gua gua. No es tan malo encargarse de la nevería, yo hago eso y aprovecho el tiempo para escribir en este espacio(shhhh, no me digas que el comentario no te gustó porque el big (little) brother me está espiando. Un saludo muuuuuuuy mucho SORIN
 
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