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Lazos


La mujer mantiene los ojos muy cerrados, como si acabara de ver algo repugnante, el ceño fruncido, por sacar todas sus fuerzas simultáneamente, y la boca lo más abierta posible, para dejar escapar el estremecedor e inconfundible grito del parto, mientras el futuro padre, a su lado, le toma la mano con suavidad, casi rozándola, y le susurra, Tranquila, mi amor, vamos, sólo un poco más. El médico, al final de la camilla, levanta la cabeza para dejarse ver y le grita, Una vez más, puja, puja. Con la respiración agitada, el soldado esquiva charcos y balas, alentando al resto del grupo a seguir adelante, a no rendirse, a no temer, Sólo un poco más, vamos. El cielo desaparece tras unas nubes, el bando contrario retrocede, la batalla va acabando. Sólo un poco más, exclama el médico, que mira a la enfermera inquieto, de reojo. La mujer de la camilla llora, las lágrimas se confunden con su sudor, ahora ella estruja la mano de su marido, como para exprimirle las fuerzas, que ella es quien las necesita. De pronto, una fuerte explosión y el mundo se detiene, un silencio absoluto ensordece los oídos, muchos combatientes sin alma yacen tendidos entre nubes de humo que flotan a ras de piso, y otros, desperdigados por el suelo, levantan los brazos pidiendo ayuda, como jugadores de fútbol revolcándose en el césped luego de una falta. El soldado es uno de aquellos jugadores, mira en todas direcciones, todo lo ve en cámara lenta y sin sonido, como si este enfrentamiento bélico fuera una película y le hubieran pulsado el mute. La estrategia no sirvió, el ataque se desmorona, no hay más que militares corriendo para todos lados, algunos más valientes continúan la carrera hacia terreno enemigo y son muertos por francotiradores situados en altas torres, un par de kilómetros más allá. El soldado parpadea, y lentamente van regresando los ruidos, trata de hablar, pero la mandíbula le tirita, no le salen las palabras, le sangran los oídos y una profunda herida en la espalda. La enfermera trae una manta y envuelve a la criatura, que llora las primeras lágrimas de su vida. La mujer besa tímidamente a este nuevo padre, Te amo, Yo también, y ambos sonríen con las caras muy pegadas el uno al otro. El médico y la enfermera contemplan a la criatura, luego se observan ellos, una bola de saliva les atraviesa las gargantas. La madre, exhausta, se mueve nerviosa en la camilla, el instinto maternal se enciende desde este momento, y no le traen a su hijo. Qué pasa, doctor, pregunta, con el temblor de quien está a punto de ponerse a llorar. Su hijo, señora... le falta una... cuánto lo siento. El soldado, con dificultad, se levanta, apoya ambas piernas, la real y la ortopédica, en la tierra agujereada por las granadas enemigas, coge su fusil y vuelve a correr, le cuesta, le duele, pero aún le queda mucha fuerza, mucho coraje, está decidido a ganar esta guerra. El resto de sus compañeros, no habituado a vivir con una pierna irreal, no lleva consigo tanta valentía, tanta resistencia, se rinde ante la primera herida, ante la primera explosión, ante la primera mutilación. La mujer, que ahora es mujer y madre, arrulla entre sus brazos al hijo, sonriendo con alegría y tristeza, lo que sí es posible, al ver a su pequeño varón vivo pero con una pierna de menos. Pero no le importa, así son las madres, aman más allá de las fronteras del cuerpo, y lo abraza fuerte, y el padre, con otro abrazo más fuerte, los envuelve a ambos, dándole a la criatura, de un sólo golpe, como una gran ración, toda la fuerza y el amor necesarios para afrontar la vida y sus adversidades, su paz y sus guerras. Por eso el valiente soldado corre y sigue corriendo, moviendo la pierna ortopédica hacia delante en forma de semicírculo, una y otra vez, apretando el gatillo y ocultándose entre los árboles, hasta quedar fuera del alcance de los francotiradores y adentrarse en territorio enemigo.






J.O.O.

Texto agregado el 26-03-2004, y leído por 98 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
26-03-2004 Maravilloso, es perfecta la combinación de las dos historias, se siente en ellas el dolor, el amor y el coraje... yoria
 
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