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Iba paseando a Pichu, mi perro femenino, por la calle, ambas mirando pajarillos, saltando entre las flores del jardín como conejitos primaverales cuando salió mi vecina la del 54 y empezó a gritar pendejada y media, que si los perros enviados de Satán, que si ensucian las calles con su mierda, que si ladran sin cesar todas las noches, que si se comieron las croquetas de su gato Lalo… Comencé a sentir una rabia, en efecto, de perro, salivé a 300 por hora, se me crisparon los dedos y juro que los cabellos de la nuca se me erizaron, a punto estaba de contestarle que ella era la sirvienta consentida del dueño del averno, cuando Benito saltando por encima de mi cabeza, aterrizó en la panza de la desalmada, le escupió un ojo, con sus brazos de gorila le dio 8 golpes, la levantó de los pelos y le hizo calzón chino. ¡Síii, síii, más, más! Pensaba mientras veía el mejor espectáculo de mi vida, que Cirque du Soleil, ni que P.T Barnum, ni que nada. Ahora temblaba de alegría, de felicidad contenida y de venganza cumplida.

Regresé a casa y me alisté para irme al trabajo, cosa que hice como participante de reality chou, saliendo como para participar en la triatlón echándome un clavado al tráfico matutino de cada día. Había avanzado sólo 6 cuadras y comencé a descender a 10 por hora. ¡No es posible! ¡Hoy no por favor! ¡Hoy es la junta con los australianos para cerrar el trato de comida en lata pa’ canguros! Autos como en línea de coca esperando con ansías ser aspirados por cualquier amante de los deportes extremos. A sólo 6 autos del semáforo, una pinche vieja intentaba llegar a su casa después de dejar a los chamacos en la escuela… ¡y en sentido contrario! ¡Vieja tenía que ser! Son mujeres como esas las que nos dan mala fama a todas nosotras, las buenas conductoras. No, no, a ésta sí me la madreo. Puse la palanca en neutral con el estómago ya hecho nudo, apagué el auto, comencé a abrir la portezuela y en eso vi una pierna voladora que pasó rozando mi ventanilla. Era Benito, engendrado en tortuga ninja que había llegado hasta el techo del auto de la vieja loca, hizo un agujero y jaló a la ñora de los tubos, la sostuvo frente a frente, lleno de ira y con la baba colgando vio de pronto que no había ya mucho qué hacer con ella, ya que el orificio que hizo con el puño en el techo del auto había sido tan pequeño y lo había dejado con tantas rebabas de metal retorcido que la pobre señora madre de 6 duendecillos ya estaba pelada en carne viva, con los brazos desprendidos y los ojos virolos. Esta vez ya no tuve tiempo de sentirme feliz, porque yo creo que por los poderes mentales de Benito, los mares de autos se abrieron para dejarme pasar, cosa que hice como transformada en conductora de la Nascar.

Llegué al estacionamiento del edificio donde trabajo, saqué la tarjeta llave para entrar, pero estaba tan apurada y nerviosa que la tiré, tuve que agacharme buscarla y cuando me enderecé, me pegué en la nuca con el tablero del auto. Estrellitas de colores y uno que otro pajarraco. Inserté la llave, quise retirarla una vez, otra y otra, la maldita estaba atorada. Esta vez yo creo que Benito ya estaba bien entrado y enchilado porque no tuve que empezar a liberar endorfinas cuando el grandulón salió por la ventanilla del copiloto, saltó sobre el cofre como héroe hollywoodense y pateó la maquinita. La destrozó como en 2.6 segundos y se abrió la pluma dejándome entrar.

Caray, llegué en safe al elevador en donde al fin pude tener un momento de paz y descanso, de pronto se subió la güerita pendejita zorrita de la secre en el 2, pero nos paramos en el 3 pa’ que Benito le pusiera una madrina del tamaño de su zorrés. En el 4 se subió el Sr. Puñalote que siempre se pedorrea cuando no está sentado. Benito no esperó ni dos nano segundos, lo agarró de la corbata, lo zarandeó de arriba abajo, le dio tres vueltas, abrió la escotilla del elevador y a la chingada lo mandó. ¡Bien hecho, Beni! De por si ya voy 10 minutos tarde. Benito ya de plano le negó el acceso a cualquiera que intentaba subir, cerrándole de vuelta las compuertas en la nariz.

Salimos corriendo en el 12 como correteados por el papá de Benito. Paré en seco en la puerta de la sala de juntas. Me compuse el saco, la falda, vi mi media rasgada, y de paso el reloj, ¿las 9:30? Imposible, si salí de casa a las 6:20, claro que hubo muchos contratiempos, pero no era lógico que llegara 1 hora más tarde de lo planeado. Comencé a sentirme mareada, me preguntaba, ¿dónde quedó esa hora, dónde quedó esa hora, dónde quedó esa hora, dónde…? Ayyy, pinche Benito. De pronto recordé que Benito había insistido en ir a desayunar unos hot cakes, son sus preferidos, al restaurante a 2 cuadras del trabajo, porque gracias a sus talentos habíamos llegado 15 minutos antes. Yo también tenía mucha hambre y la verdad es que no tuvo que insistir tanto. Nos comimos los jot caques como gato panzón de señor ricachón.

Pasó mi compañera Lulis y me dijo, “carajo, que no vas a entrar, tienes cara de estúpida y los cabellos parados. Anda idiota que te están esperando”.
Puse la mano en la perilla, le di vuelta mientras sentía como me daba vuelta también toda la película matutina de ese día, entré y francamente es que nadie me notó, por un segundo y medio me sentí aliviada. Nadie se dio cuenta de mi entrada olímpica en ese momento porque estaban ya despidiéndose.

Los australianos me vieron con cara de marmota, me sonrieron al pasar y escuché que se iban a desayunar felices de haber cerrado el trato de comida para el animal saltarín.
Mi jefe iba detrás de todos ellos, hizo una pequeña pausa para decirme al oído, “sólo te perdono porque está noche te toca, chiquita”.

Pinches hombres, jijos todos del mismo mal, calientes, pervertidos, aprovechados y aparte, ¡tragones! Si en la mesa quedaban los cadáveres de algunas empanadas, suspiros de café y restos de galletas de nuez.

Estos tampoco se me van vivos, ¡Benito, al ataque!

Beni se apareció en la puerta antes que todos salieran y con la eficacia de Bruce Lee y la fuerza de Swartzenneger, agarró a unos por la cabeza con una mano y a otros de la camisa con la otra. Los azotó contra la pared, contra el techo, saltó encima de sus espaldas, les dio portafoliazos como máquinita barrenadora, el Lic. Pérez logró ponerse en pie como buen luchador de la triple A, pero Benito le enterró las gafas en la frente, lo tomó de la nuca y lo impactó 18 veces contra la orilla de la mesa, mi jefe-lover alcanzó a protestar algo, pero la verdad no lo oí, estaba tan divertida sentada en la silla ejecutiva de cuero, con las zapatillas encima del proyector, un café en la mano y una dona sobreviviente en la otra. Terminé mi tentempié y brinqué entré los cadáveres orgullosa de las hazañas épicas de mi monstruo particular.

Salí de la sala de juntas, dije que me tomaría el día, bajé por las escaleras de incendio, trepé en mi auto, salí, volando la pluma del lado contrario porque la tarjeta llave quien sabe dónde había quedado. Feliz como perro de Porky con la cabeza fuera de la ventana, el aire jugaba con mis rizos mientras entonaba una canción de cri-cri.

A los 5 minutos de mi graciosa huída, me llamó el jefe de mi jefe para decirme que estaba despedida.

Mmmm, mmm… ¿pero por qué? Pinches hombres sexistas, no pueden ni ver a 3 milímetros a una mujer competente sin que se sientan amenazados en la autoridad que por herencia les da su virilidad.

Jajajajajaj, reí y reí. Gracias, Benito. Gracias, querido. Decidí hacer un brindis a su salud, llené mi vaso con vino tinto y me comí unos dulces que seguro eran de mi Beni porque no recordaba haberlos visto antes, “antisicoquiensabequé” se llamaban. Reí más y más y más. Yo creo que de tanta risa, me quedé sin aire, me desmayé y azoté porque desperté de frente a la pata izquierda de mi Pichu y con el lindo panorama de una gran nariz y lengua goteante.

Me incorporé y vi sobre la mesita de centro varios sobres con diversos nombres de bancos. Me lleva la chingada y toda la barra de abogados, ¡hasta el apellido debo! Ahí fue cuando me acordé que carecía de trabajo y todo por la culpa del pinche Benito inútil. Hombre tenía que ser, siempre queriendo golpear al primero que lo desafía. Es hora de tomar medidas serias… o encierro a Benito en su casa o se lo mando por mensajería express a mi psiquiatra. Resolví hacer lo primero, su casita está muy cerca, por aquí arriba. Benito es a todo dar y uno nunca sabe cuando se puede necesitar.

Texto agregado el 09-11-2007, y leído por 191 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
03-04-2009 Muy entretenido tu cuento estimada amiga, y este pinche cabrón de Benito, que no quisiera cruzar en mi camino...creo que efectivamente todos llevamos un demonio particular dentro de nuestras mentes...Felicitaciones y gracias por la invitación. Saludos fraternos desde Santiago - Chile valentino_malatesta
19-12-2008 jajajaja! esta buenisimo, amo a benito, todos llevamos un benito por dentro, ahora solo mandalo a enmendar las cosas! buen final te quierooooo wicca
24-11-2007 jajajajja entretenido. Salvador_Ferri
15-11-2007 Que tal benito jejeje ayudando como puede aunquen o siempre es la mejor manera Mewpher
14-11-2007 jejeje Muy divertido Jejejej Jazzista
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