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Marioneta de amor


Se había ido inexplicablemente. Sin una palabra. Sin un adiós. Estaba sorprendida como sorprende la muerte inesperada. “La Maga”, la que le cautivó con los juegos de palabras en una página Web, se había quedado muda, muda y sola. Fui la Maga de Cortázar desprovista de cuajo de aquel amor creado a golpes de prestidigitación, sumergida de nuevo en las arenas del abandono... Le había atraído a mi mundo, a mis muros de piedra, a mis habitaciones tabicadas, a mi cotidiano, le absorbí de su propia realidad. El hombre de las palabras de luz, de las caricias consonantes, de los besos asonantes, de las rimas de aire, se había ido... No me esperó su sonrisa sino el silencio. Se marchó como una estrella en el día y su estela se perdió en la ceguera de la luz. De ella, quedaron esparcidas en la casa pequeños meteoros que dejaron constancia de su paso fugaz: una librería, un albornoz con el que pronto cubrí mi piel helada al abrigo de su calor y un pequeño escritorio arrinconado en una esquina de nuestra habitación, ahora sólo mía, dónde soñaba ver crecer la magia de sus pensamientos... Le atraje a mi mundo y le perdí. Se fue sin un adiós y me dejó colgada en la perplejidad de su carencia, sin la palabra, que de poder, pudiera haberme abierto el curso del olvido. Todo que fue mi vida se deshizo en mis manos cual pergamino viejo. Me senté frente a su escritorio y cogí su pluma. Mis palabras evocadas desde el dolor, el alcohol y los somníferos, pintaban torpes el húmedo tapiz. Trepaban desde las simas de una escritora muerta, como cenizas esparcidas al azar, venidas del olvido de un tiempo viejo. Quise recuperar su aliento en aquella noche que me acompañaba borrascosa aquél despertar de Octubre. Escribía como el deslizar de las lágrimas que sorteaban la superficie de mi cara, Sentía la violencia de las palabras surgidas de aquella gigantesca soledad. Y mientras las gotas resbalaban por los cristales de los ventanales, yo me dejaba vencer, me resbalaba en los recuerdos. Tantos dolores que golpearon mi pasado gastado, todos mis miedos, a lo oscuro, a la luz, a lo eterno, a Dios, a la ausencia de Dios, a vivir. Y como una marioneta que bailara al capricho de los vientos, mecida bruscamente por la violencia del cierzo, me dejé caer sobre el mostrador de mi viejo teatro ambulante.

Texto agregado el 14-11-2007, y leído por 470 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
16-06-2009 http://www.loscuentos.net/cuentos/link/408/408214/ scout
01-03-2009 Excelente. Mis***** lilianazwe
09-02-2009 Cómo duele esa pérdida. preludio
24-01-2009 Muy bien pintado, Justine, me ha gustado Dhingy
21-03-2008 quién pude ser tan despiadado de abandonar a esta maga en su mundo solitario? abulorio
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