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Frases hechas

Vos sos el esquizofrénico, me dijo. Así me recordaba. Se llamaba Cassandra. Era una prostituta de uno de los bares del bajo. Yo estaba sentado en una de las mesas y ella se me acercó sonriendo y me dijo que se acordaba de mi, que yo era el esquizofrénico. No me gustó que me recuerde por eso pero por lo menos se acordaba. Cuántos hombres, por noche, pasan entre las piernas de una prostituta; muchos. Me sentí orgulloso como si hubiese ganado la lotería, como si fuese el mejor alumno de una academia. Se sentó sobre mis piernas. Me abrazó. Un beso en la mejilla.
Querés una cerveza, le dije.
Por supuesto, me contestó.
Obvio que iba a querer una cerveza si por cada cerveza que yo invitaba ella se quedaba con una parte de lo que yo pagaba. Trajo dos cervezas. Bebimos del pico. Dejamos los vasos a un lado.
Como andan tus cosas, me dijo.
Nadie me quiere, le contesté.
A mi tampoco, me dijo.
Cómo hacés para saber si alguien te quiere.
No sé, supongo que lo tenés que poner a prueba, que te lo demuestre.
Charlamos del tema por horas. Le conté que yo tenía una novia muy celosa. Que una vez mando a una amiga a que hable conmigo. Quiero que me lo hagas, me había dicho su amiga, y estaba muy buena, morocha, caderona, un poco rellena pero muy rica. Se lo hice. Mi novia me dejó. Traté de convencerla de que su amiga era una trola, que si me querían probar solo bastaba con mi respuesta, no había necesidad de hacerlo. Pero lo habíamos hecho. Yo pensaba que si no habríamos llegado a eso yo pudiese haber zafado de alguna forma.
Sos un boludito, me dijo Cassandra, y me dio un piquito chiquitito en la boca.
Vino una de las chicas y le dijo algo al oído.
Me tengo que ir, dijo, salvo que me pagués otra cerveza.
Me levanté de la silla. Saqué la billetera, la plata, otra cerveza. Quedate, te quiero, le dije. Ella sonrió. Trajo dos cervezas más. Afuera llovía y aquel bulín parecía un dulce refugio.
Me gustaría llevarte a un lugar cálido, con un hogar encendido, escucharíamos música, tirados en un sillón.
Después me pedirías que te la chupe, dijo Cassandra, ya la conozco a esa.
No, porque en la historia somos novios, y nos queremos, o por lo menos yo te quiero a vos.
Ella me miraba. Como se mira la tele cuando pasan un programa de política internacional. Y cómo sé yo que vos me querés, me dijo.
Porque yo te cuido.
Yo se cuidarme sola.
Sonreí.
Bueno, porque todas las semanas te compro un regalito.
Cómo qué.
Remeras, pantalones, aritos.
Eso no es suficiente para demostrarme que me querés.
Bueno, en la historia te pago un viaje a Brasil.
A Europa, dijo ella. Se largó a reir. Ya estás delirante, esquizofrénico, como la otra vez. Reía.
Es verdad. Ella me conocía de una vez, hacía meses ya, en que yo había ido a dispersar mis angustias en ese bar. Me había peleado con mi novia. Ella me había dejado. En vez de ponerme triste me puse psicótico. Por qué, le pregunté al psiquiatra; las crisis le pegan de manera diferente a cada uno, me dijo el tipo. La cosa es que una mañana me levante y encendí la televisión y me puse a hablar con el tipo de la pantalla, yo estaba convencido que el cristiano ese me hablaba a mi, y así fue que después hablaba con el tipo de la radio, y escuchaba voces de gente que me hablaba y el mundo parecía perseguirme. La psicosis es una exacerbación de la vergüenza, me dijo el psiquiatra. Terminé internado en una clínica. Lo primero que hice cuando salí de vuelta a la vida, fue ir a ese bulín donde conocí a Cassandra.
Por qué te acordás de mi, le pregunté.
Porque vos me querés, me dijo, y se acomodó el corpiño. Yo pasé mis manos por sus senos. Eran pequeños, tiernos. Me acarició la mejilla y me dijo, pagás otra cerveza, y se quedó mirándome a los ojos con esa mirada de loba fulminante. Pagué otra cerveza.
Cómo sabés que te quiero, le dije.
Porque sos un boludito, me dijo, y se rió, y los boluditos saben querer.
Boludito, esquizofrénico, me vas a decir algo más.
No te enojés, sé que me querés porque siempre querés besarme en la boca. Vos no me pedís que me ponga en cuatro como los otros.
Hoy quiero que te pongas en cuatro, le dije sonriendo.
Ella reía, sos igual que todos, me dijo.
Pero yo te quiero.
Me levanté de la silla. Pude ver el lugar en su totalidad. Había tres mujeres sentadas solas en una mesa. Hablaban. En otra mesa, un pibe de unos quince años le chupaba el cuello a una mujer. El fiolo en la barra parecía tener sueño, estaba con la cabeza apoyada entre sus manos y se le caían los parpados. En uno de los rincones una máquina de música. Puse una moneda. Seleccioné una cumbia. Vamos a bailar, le dije.
Ella estaba casi desnuda. Con unos zapatos de tacos altos que le levantaban el trasero y la hacían preciosa y apetitosa. Mis manos en su cadera. Ella se movía y yo sentía una marea vertiginosa de cosquillas recorrerme el cuerpo. Giró sobre si misma y me apoyó las nalgas en el cañón. Me estremecí. La aferré de la cintura y le di un beso en el cuello. Te quiero, le dije, al oído. Ella reía como una sirena en celo. Basta ya, me dijo. Yo también estaba cansado. Nos sentamos en la mesa. Las otras chicas hablaban de nosotros, se notaba porque nos señalaban. Cassandra me pidió otra cerveza, yo le pagué otra cerveza.
Afuera llovía. Adentro no había un cálido hogar pero se estaba bien. Había una tele encendida al otro lado de la barra. El fiolo parecía estar mirando las carreras de caballo. Recordé cuando hablaba con la tele. A veces tenía deja vus del delirio, un poco de miedo de que retorne. Pero no. Eso había pasado. Mi novia no había vuelto conmigo. Yo me había puesto triste como debía ser y ahora estaba allí disfrutando de cuanto me quería Cassandra, o por lo menos de cuánto la quería yo a ella.
Pagué la plata que era necesario y pasamos a unos de los cuartitos del fondo. Tanta cerveza me había trastornado los intestinos. Tenía ganas de cagar. Le pregunté si podía pasar al baño. Sí, me dijo. Me senté en el inodoro y dejé la puerta abierta.
Cerrá la puerta, me gritó.
Quiero que me des un beso, le dije.
Estas cagando, me dijo con cara de sorpresa.
Quiero que me des un beso cagando, le dije.
Vino y me dio un pico y se fue diciendo algo que no alcancé a oir.
A mi me habían dicho que si una mujer te besaba mientras cagabas era porque te quería. Me sentí contento. Casi tan contento como cuando me di cuenta que me recordaba.
Después lo hicimos. Le dije que me dejara besarla en la boca, besos de lengua, pero no. Solo picos, me dijo. Lo hacíamos y afuera llovía y se escuchaba el agua caer y una cumbia y las carreras de caballos de la tele. Cuando terminamos ya no llovía más.
Fuimos a la mesa. Me pidió otra cerveza. Se la pagué. Vos si me querés, me dijo, me hiciste acabar sabías. A cuántos le diría lo mismo, me pregunté. Le di un beso de despedida. Salí afuera. Ya no llovía. Crucé la calle, entré en la estación de servicio. La chica que atendía hablaba por teléfono celular, lo que pasa que vos no me demostrás que me querés, le decía a alguien. Yo agarré una gaseosa, esperé a que termine de hablar y le pagué.









































Texto agregado el 23-11-2007, y leído por 839 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
03-01-2008 Es una historia realista, con personajes como hay miles en cualquier ciudad del mundo, te felicito porque logras con tu excelente trabajo el retorno imaginario a esos lugares y situaciones tan conocidas. sagitarion
27-11-2007 A través de esta narración se ven imágenes que le permiten a una estar allí.***** almalen2005
27-11-2007 Me gustan tus cuentos Nazareno, es fácil imaginar los escenarios y los personajes... tórridos y oscuros muchos de ellos morfea
27-11-2007 Una gran narración. uleiru
27-11-2007 me gustò tu cuento. tiene buen ritmo pero hay partecitas que las lees y como que te quitan el impulso que llevabas, pero el putero lo describìs bien. saludos. LucasRanoj
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