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Muerto en vida


Tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta dónde estaba. Oscuridad. La humedad se olía en el aire. El espacio era chico. No cumplieron mi deseo, se dijo, yo había pedido ser cremado. Sabía donde estaba: en uno de esos nichos de pared que él detestaba. Sintió enojo, pero no desesperación. Era como despertarse de un largo sueño. Tenía las piernas entumecidas y se sentía acalambrado. Quiso incorporarse, quiso darse vuelta y moverse un poco pero no pudo, una sensación de ansiedad le recorrió el cuerpo.
Estaba vestido de traje, corbata, zapatos. Con sus manos se desgarró la camisa. Intentó bajarse los pantalones. Tenía calor. Hizo fuerzas con las manos para ver si podía mover o empujar o levantar el techo pero no pudo. Cómo sería su muerte. Moriría de sed, de hambre, de claustrofobia, o volvería a pararse su corazón para siempre y por fin. Recordó la tarde en que estaba sentado en la mesa de la cocina, recordó la puntada fuerte en el pecho, el dolor que se le iba al brazo. Después no había más nada en su memoria.
Se mantuvo en silencio. Alerta. Tratando de escuchar algo. Qué hora sería. No escuchaba casi nada. Solo un vibrar metálico que no podía decir de donde venía. Se preguntó por qué no lo habían cremado. Nunca le hacían caso sus hijos, su mujer, no era raro que también lo hayan desobedecido en su último deseo. Cuántos días habré estado muerto, se dijo. Una semana, un poco menos, el tiempo que lleva un velatorio, el entierro. Palpó el bolsillo de su pantalón. Algo duro y circular había en su interior. Una moneda. Por el tamaño debía de ser de cincuenta centavos. Siempre había sido supersticioso, así que siguiendo con su costumbre, decidió jugar a la suerte su destino. Arrojó la moneda a un costado de su cuerpo. Cara se salvaría. Cruz volvería a morir, pero ahora ya sepultado. Con la yema de los dedos tanteó la superficie de la moneda, cara, el destino le sonreía, el sonreía; cómo se salvaría, ni idea, pero la suerte de la moneda le daba esperanzas. En eso escuchó un ladrido.
Varios ladridos. Un jadeo. Era Toby, su perro. Sin duda era su perro allí afuera. Los animales sienten cosas que los humanos ignoran. Lástima que no podían hablar. Pateó la base del nicho y su perro ladró aún más fuerte. Rasca, Toby, rasca, le gritó al perro, y el animal empezó a rascar en la tapa del nicho. Se escuchaba el sonido arenoso de las patas contra la superficie de cemento. Él continuó pateando desde el interior. Pronto empezó a transpirar. Al rato el perro cesó y solo se escuchaba el jadeo.
Qué hora sería. Cómo podía ser que nadie viese al perro. A lo mejor era de noche y el sereno en vez de deambular por el cementerio estaba durmiendo. Escuchó voces. Se sobresaltó. El perro empezó a ladrar y rascar y se escuchaba gente hablar. Otro animal que no se resigna a ver su amo muerto, alcanzó a escuchar que decía una voz. Después se escuchó que se alejaba. Él empezó a patear. Enérgicamente. El perro ladraba. La voz no volvió a escucharse. Pensó en la moneda, eso le dio tranquilidad.
Respiró llenando los pulmones bien hasta las bases. Pudo sentir las palpitaciones de su corazón. Parecía el retumbar de un bombo. Entonces no es de noche, pensó. Si andaba gente deambulando no era de noche.
Cómo puede ser que el tipo no se dé cuenta que estoy vivo acá adentro, se dijo, que el perro le quería hacer ver eso. Definitivamente los animales son más inteligentes que los seres humanos.
Empezó a sentir ganas de orinar. Unas cosquillas se batían en su vientre y el hormigueo le descendía por las piernas. La puta madre, dijo, lo que me faltaba. Pateó dos veces, con fuerza la tapa del nicho. El perro ladró. Trató de pensar en otra cosa. Ignorar el hormigueo. Qué sería lo primero que haría si salía de ahí. Había algo que quería hacer y era ver el partido clásico del pueblo. Un partido de fútbol donde se enfrentaban los dos equipos rivales del lugar. Y encima se definía el campeonato. Cuando le empezó a doler el pecho en la mesa, aquella tarde, si me muero me pierdo el partido, había pensado. Pero se había salvado y si había estado muerto una semana, unos días, todavía había tiempo para ver el partido que era en la última fecha. Y además tenía otra cosa que hacer, cagar a pedo a su nieto, había descubierto que el cara rota le robaba el auto por la noche y se había muerto si haber podido agarrarlo de los pelos. Eso iba a hacer, zamarrear bien a su nieto para enseñarle que al abuelo no se lo engaña, y menos con el auto.
Pero no todo era tan simple. Desde hacía unos años se revolcaba en la cama con su vecina, algunas tardes. Lo único que falta que con lo de mi muerte, la vecina le haya confesado a la vieja, pensó. Esas son cosas que hacen las vecinas. Hablar cuando no tienen que hacerlo. Por eso no dudó de que la mujer haya hablado. Vuelvo de la muerte para encontrarme con un infierno en la tierra, se dijo. Decidió resolverlo otra vez con la moneda. Dejó caer la moneda. Cara, la vecina habló, cruz, se quedó callada la boca. Palpó la superficie de la moneda, cara, habló, mejor morirme, se dijo. El perro ladró. Rascaba el cemento. El pateó con fuerza.
Dispersos los pensamientos volvieron las ganas de orinar. Ahora más impetuosas y vehementes. Empezó a mover las piernas y el movimiento lo calmó. Pero pronto las cosquillas recobraron intensidad. Con la mano apretó su miembro. Sintió dolor. Sacudía las piernas con rapidez, las ganas iban y venían, mermaban un poco y después retornaban más fuertes. Sintió un vacío en el estómago, un nudo en la garganta y se dio cuenta que no aguantaba más y el liquido caliente le chorreó por las piernas y le envolvió la pelvis. Pronto sintió el olor a orina. Y sed.
Sequedad en la boca y la garganta fue lo que sintió. Movió la lengua. Los labios. Empezó a dudar de su destino, de lo que decía la moneda. Decidió volver a arrojarla. Cara, se salvaba, cruz, enterrado vivo. Salió cara, no había dudas, se salvaba. Empezó a impacientarse porque quería salvarse pero ya. Pateó la tapa del nicho. El perro no ladró. Lo único que falta que se hay ido, pensó. Toby, gritó. Un silencio, después un jadeo y las patas del perro raspando el cemento. Debe haber ido a tomar agua, después de todo es necesario. La idea del perro tomando agua le provocó mas sed. Apoyó los dedos en la orina. Sintió el líquido caliente. Respiró hondo. Después llevó sus dedos a la boca. El sabor y la temperatura del líquido eran desagradables pero humedecer la mucosa de la boca le alivió un poco. Volvió a mojar sus dedos y los llevó otra vez a sus labios.
Ojalá vuelva alguien. Si vuelve alguien voy a gritar y patear y se tienen que dar cuenta que estoy acá enterrado vivo. Sintió algo que le molestaba bajo el brazo. Se tocó. Era una caja de cigarrillos. Pero si él no fumaba. Ese era su nieto. Escondía los cigarrillos en los lugares más insólitos con tal de que no lo descubriesen fumando. Lo voy a matar, se dijo. Llevó uno de los cilindros de papel a la boca, era agradable el sabor. Es un buen momento para empezar a fumar, se dijo. Y sonrió. En la caja había un encendedor. Prendió la llama y pudo ver aquel pequeño espacio donde se encontraba. Las paredes herrumbrosas y granujientas, húmedas. La moneda había dicho que se iba a salvar. Lo mejor de todo sería festejarlo por adelantado fumando un cigarrillo. Aprovechando la luz miró la moneda, sí, era de cincuenta centavos. Llevó la llama al cigarrillo y aspiró. Largó una bocanada de humo y tosió y sintió un mareo moverle la cabeza. Dejó que la sensación cese y dio otra pitada. No tragó el humo. Aquello era divertido. Pero pronto empezó a darse cuenta que el nicho se llenaba de humo y que le costaba respirar. Tosió. Sintió la vista arderle. Volvió a toser. Empezó a patear la base de cemento. Aquello estaba lleno de humo. Apagó el cigarrillo en la orina. Sentía que le faltaba el aire. Volvió a toser. Hizo fuerzas para respirar y sintió que no entraba aire, solo humo y eso lo hacía toser. Desesperado, empezó a patear la base del nicho, y pateo, pateo, pateo, y le faltaba el aire, y no podía ser si la moneda había dicho que se iba a salvar. El perro ladraba y en eso pateó con todas sus fuerzas y sintió el cementó desgarrarse, algo de luz, y aire. Pegó dos bocanadas de aire, y sintió el fresco del exterior, y el perro le lamía los pies.
Pateó un poco más, para desgarrar por completo la tapa del nicho. Luego se arrastró hacia el exterior. Era de noche. Sentía alegría; cierto orgullo, algo de heroísmo. Abrazó a su perro y el perro le lamía la cara. Tenía sed. Mucha. Agarró un poco de agua de un florero y bebió. Se sintió aliviado y se sentó contra la pared. El perro movía la cola y parecía sonreir. Sólo había algunas luces encendidas en el cementerio y rodeaban el camino de salida, el que llevaba al pueblo. Se incorporó. Se acomodó la camisa, y el pantalón y caminó. Pensaba que la moneda no se había equivocado. Eso significaba que entonces su vecina había confesado la infidelidad. La puta, se dijo, ni muerto la vida te da un respiro. Fue elucubrando las excusas, las razones con que se justificaría ante la vieja, también pensó en el partido de fútbol y en amasijar a su nieto. Caminando por el borde del camino, casi en plena oscuridad, seguido por el perro, parecía un fantasma que acaba de volver de la muerte.


















Texto agregado el 30-11-2007, y leído por 512 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
03-08-2008 Un diez sin duda. Me alegro de haberte encontrado. justine
11-02-2008 Mis*****Sos genial. Excelentemente narrado y con un final que nos permite un alivio. Te felicito. flop
19-01-2008 Muy bueno,me hizo sentir como si estuviera allí. Mis 5* cerrense
07-12-2007 Después de todo es mejor morir por un golpe dado por "la vieja con el palo de amasar" que la espantosa muerte adentro del cajón. Muy bueno.***** PeggyMen
03-12-2007 uhhhhh. chapó. sobran palabras. geniallll. aprendo Stelazul
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