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Una historia con comienzo pero sin fin

Había una vez en la antigüedad dos pueblos que estaban en la frontera de países distintos. Se llevaban muy bien, eran amigos, se visitaban mutuamente, comercializaban sus mercaderías. Hasta que un día en uno de esos pueblos subió al poder un político que quería aumentar su territorio. Así que comenzó a disparar dardos envenenados en sus discursos difamando al político del otro pueblo. El no se quedó atrás y comenzó también a insultarlo en público cuando hablaba a su gente en los mitines. Lentamente el veneno vertido en los discursos de ambos políticos comenzó a surtir su efecto. Los amigos de antes se volvieron primero desconfiados y luego a creer que todo lo que escuchaban era verdad. Los pocos habitantes que se dieron cuenta del juego trataron de advertir al resto de las mentiras que se vertían. Pero no duraron mucho tiempo, unos murieron en raros accidentes, otros fueron encarcelados por instigar contra el pueblo, otros desaparecieron misteriosamente. Así que al final quedaron solamente aquellos que creyeron a pie juntillas lo que su político vociferaba, ya que ellos tienen por costumbre de cambiar su forma de hablar común con gritos y gestos, moviendo los brazos y enfatizando con un dedo acusador cada palabra que sale de la boca como escupida. La gente lo vitoreaba, aplaudían, gritaban su nombre en éxtasis, lo abrazaban y tocaban cuando estaba cerca.

Todo comenzó con la muerte de un joven de uno de los pueblos. No se sabía con certeza de que murió, pero se la achacaron al otro pueblo y para vengarla también mataron a uno de ellos. Y así los amigos de antaño se volvieron enemigos encarnizados buscando de mil maneras matarse entre si. Fue una guerra sin cuartel. Cuando fueron muchos los muertos en ambos pueblos, por mutuo acuerdo hicieron una pausa para enterrar a los suyos. Los lamentos y las lágrimas fluyeron en los dos pueblos, porque no había hijo, hermano, esposo o padre que no había dejado su vida por la codicia del poder. Los cementerios se llenaron ya no solamente con ancianos que habían llegado al final de su vida, sino con gente joven que tenía por delante anhelos por cumplir.
Cuando el último fue enterrado el resto de los aún con vida, comenzaron a darse cuenta que lo que escucharon de sus políticos fue una mentira, una farsa, una trampa en la cual cayeron porque dieron por cierto los elocuentes discursos de aquél al cual ellos mismos habían votado.
Tristes, afligidos y avergonzados comenzaron lentamente a saludar a la gente del otro pueblo, primero con un saludo lejano con la mano, luego se iban acercando cada vez más, hasta que terminaron con un abrazo llorando ambos la perfidia del que los engañó, pero más lamentaron el poco discernimiento propio, de oír las palabras pero no percatarse del mensaje real que había detrás de ellas.
El despertar fue doloroso, costó muchísimas vidas en ambos pueblos, y decidieron erigir un monumento con los nombres de los caídos. Se instaló en el medio de la frontera de los dos pueblos. Durante décadas esa obra erigida en memoria de la estupidez humana, recordó a los que quedaron con vida el horror de una guerra. Pero el tiempo pasó, y cuando ya no quedaron más testigos de esa masacre, lentamente se olvidó el porque se había erigido ese monumento. Los dos pueblos siguieron tratándose amigablemente hasta que un día subió al poder un político que quería el poderío absoluto y comenzó a difamar y ensuciar con palabras al político del otro pueblo……………





Texto agregado el 02-12-2007, y leído por 116 visitantes. (0 votos)


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