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Inicio / Cuenteros Locales / xung0 / Destronado.

[C:326691]

[Tres hombres dialogan separados por las paredes de una fría construcción que denota la grandeza de otros tiempos venida a menos. Dos de ellos, uniformados y pacientes, se miran incrédulos; confusos ante la imprevisible postura del tercero, que en el interior del tenuemente iluminado inmueble ciñe su batín de rizo para volver a abrir la mirilla de bronce que adorna la sólida puerta; contestando así al requerimiento.]

- Vergüenza debe daros, de pronto, personaros en aquesta mi morada; y exigir en mala lengua que deponga resistencia.

[Se separa de la entrada henchido por la fuerza que transmite su negativa, da un vistazo a la estancia en penumbra y se cruza los brazos sobre el pecho, con regio porte.]

- Abra, D. Ignacio.

[Persisten educados, repicando con suavidad los nudillos contra la madera noble que se interpone entre ellos.]

- ¡Ni por asomo! Menos viendo las maneras, alevosas y rastreras, con que aquí se me personan, tentativa de alguaciles, instados por necios serviles, traicioneros y pueriles, que “mis vecinos” se llaman. ¡Mis vecinos!

[Don Ignacio pierde la compostura al referirse a estos últimos, alzando las manos con los dedos extendidos y engarrotados por la ira que se le instala en el espíritu al hablar de los vecinos. Termina golpeando fuertemente la pared.]

- Sólo queremos comprobar que la denuncia es infundada.

- ¿Comprobar…?

[Silencio. Se acicala los cabellos, hacia atrás peinados, con una pasada de ambas manos en aquella dirección. Carraspea.]

Debiera como prueba servir y bastar mi palabra, que noble subsiste cual la sangre que aún ha de recorrerme las arterias y venas con rabia.

[A continuación, como si ellos pudiesen verlo a él, cuestión físicamente imposible, los señala con reproche mientras sus fosas nasales se dilatan y se hincha su pecho hasta los límites de su capacidad pulmonar, preparándose para habilitar el discurso que concienzudamente se dispone a soltarles.]

Cuan fácil es presentarse frente al refugio de un anciano a desposeerlo de las conquistas que con esmero ha ido guardando. Suerte tienen, mis oyentes, de que en balde no pasen los años; otro signo tomaría la disputa que han buscado, si el vigor mis brazos no hubiera abandonado. Diez años, ¡diez tan sólo les separan de una justa que acabaría, sin duda, sesgándoles la vida!
¡Pues a diestros combatientes he vencido con mis manos y por más liviana ofensa bellos torsos ensartado! ¡Den la vuelta y no provoquen, acusándome en mi casa!

[Extinto el arrebato, modula el tono de su voz, pidiendo condescendencia tácitamente.]

¿Es, a caso, hurto tomar lo que otros rechazan?

- Nadie está llamándole ladrón, es sólo que…

[Impedido para terminar su frase, el agente que intentaba explicar la situación niega con la cabeza mordiéndose la lengua de pura impotencia, absorbida su paciencia por una nueva acometida de Don Ignacio.]

- ¡No tolero más calumnias sobre el origen de mi fortuna, que cada alhaja, cada joya, cada preciosa tela las he ido atesorando sin que nadie se me opusiera!

[Camina en círculos y, como si esto le ayudase a elucubrar su propia teoría, se ase las muñecas sobre el cóccix y sonríe en una mueca destartalada.]

Es la envidia del vulgo la causa, va de suyo, de este efecto expoliador, corrosiva como heces de paloma y de igual guisa perfumada. Que he ganado por mitades con valía y con espada cada objeto que me reclaman Gobierno y autoridades.

Den la vuelta y no me irriten, que no he de perder de otro modo, que con sangre y renuencia, cada pieza de mi tesoro.

[En ultimátum, asintiendo al gesto de su compañero que le exhibe el ariete de mano metálico, un agente advierte al atrincherado.]

- Apártese de la puerta, Don Ignacio, que vamos a entrar.

[El estruendo de cada impacto altera más y más al anciano que, con la bata abierta y asiéndose los pelos entre convulsiones, vocifera desgañitado.]

- No cederá por la fuerza el portón de mi baluarte, ni caerán mis murallas bajo ningún otro estandarte que no sea el de la añorada guerra, que no es si no un arte. ¡Mi tesoro es tan mío como la voz que escuchan, tan preciado me es como la propia vida y no podrán ambos tomarlos sino juntos!

[Recorre la habitación rejuvenecido, dando órdenes y señalando distintos lugares en correspondencia con las mismas.]

¡Arqueros a las almenas! ¡Retirad la brea del fuego y traed esos calderos! ¡Ensille alguien mi yegua y tiéndanme una espada! Lucifer hará una fiesta para ellos o nosotros cuando el sol se ponga por detrás de las colinas. Si la suerte se declina a favor de los valientes, de seguro al enemigo acabaremos dando muerte.

¡En formación defensiva!

[El último golpe desencaja la puerta del marco, que cae al suelo provocando un sonido fulminante a modo de explosión. El viejo se lanza sobre los dos agentes que detienen el irrisorio ataque con cierta delicadeza, a pesar de los arañazos y puntapiés que reciben. Pronto no es necesario ni sujetar a Don Ignacio pues se deja caer al suelo de rodillas ocultando su rostro pleno de lágrimas entre las manos. La cesión es aprovechada por los policías locales para taparse nariz y boca y contener las arcadas que les provoca tanta pestilencia; el olor es tan hiriente que traspasa las barreras carnales y se clava en sus sentidos. Todo hiede y pringa al contactarlo, montañas de bolsas multicolores se hacinan contra las paredes y casi ni entrever dejan el raído papel de pared que forra el salón. Las losas del piso apenas se distinguen entre las manchas de los distintos fluidos resecos que retienen sus pasos mientras inspeccionan el resto de la casa. El mismo estado en todas las habitaciones. El mosquerío se arrebuja sobre los restos del cadáver de algo que debió ser en su día un gato o un conejo. Martínez no puede reprimir el vomito ante la escena, Salas le da unas palmadas en la espalda y lo insta a volver al salón, donde encuentran a Don Ignacio abrazado a una gran caja repleta de objetos inidentificables murmurando que son unos asaltadores, unos bandidos sin legitimación alguna. Consiguen desprenderlo sin excesivo esfuerzo y lo guían hacia el rellano de la escalera. Mientras Salas acompaña al anciano, escaleras abajo, hacia la calle y solicita la intervención de los servicios psiquiátricos del Hospital de Santa María del Mar, Martínez precinta la entrada de ese nido putrefacto de porquería y suciedad, que para alguien fue alguna vez el más suntuoso de los palacios].


FIN



Tengo intención de escribir otras historias con cierta relación y recopilarlas junto a ésta y a otras que ya se encuentran entre mis escritos como "La relatividad estable" o "¿Ezequiel?". ¡Pasen y vean!

Texto agregado el 14-12-2007, y leído por 396 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
13-01-2008 Genial Has plasmado una escena quijotesca, desgraciadamente tan real... margarita-zamudio
09-01-2008 me ha gustado mucho, xungo. Aunque tengo que decirte que me ha gustado mas como narracion que como guion. el estilo es mas novelesco y retorico. la narracion en guion ha de ser algo mas llana y visual. un ejemplo "el olor es tan hiriente que traspasa las barreras carnales y se clava en sus sentidos". En un guion esta frase es innecesaria y mas habiendo descrito tan bien la reaccion de los agentes. te dejo 4 estrellas y media ;) seth2406
08-01-2008 creo que deberías seguir escribiendo guiones o apuntarte a un taller de teatro, vales mucho para ello..Has hecho un gran esfuerzo y buen trabajo. churruka
19-12-2007 muy bien narrado, me gustó harto la historia de este D.Ignacio, los diálogos y el ambiente todo...esperando ya la continuación...*****5 mil nocheluz
16-12-2007 Me gustó la idea en su momento, pero desde luego has sabido desarrollarla de una forma magistral, esa destreza creando el ambiente, esa forma de constrastar el mundo de D.Ignacio y la realidad más brutal, una nueva demostración de ese talento innato q te acompaña en todas y cada una de las letras que conviertes en escritos maravillosos. Dejando a un lado todo lo que te quiero, reconozco que eres un crack y te admiro, todas mis estrellas... isis737
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