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Inicio / Cuenteros Locales / PECO / Los Niños Que Quisieron Comerse Una Metáfora

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Todavía, en mi pueblo hay hombres que se levantan y no saben lo que van a hacer, no precisamente, por ser horgazanes. Para ellos no existe el planeamiento de una asignación o tarea y solamente lo que Dios traiga será lo del día. Si los tienen, toman un machete y se los ponen debajo del brazo izquierdo, en el caso de ser diestros y contrariamente, si se manejan a la zurda. Escogen una calle a la zar y la postura del sol en lo alto, determina por cual acera se moverán.

Al tiempo de caminar, van repartiendo buenos días y distribuyendo insinuantes miradas, con las cuales, expresan la disposición de entrarle a lo que aparezca. Poseedores de un fino sentido auditivo y una visión conectadas con su necesidad, son capaces de descifrar cualquier gesticulación, ya sea esta gutural o manual, que provenga desde la penumbra o de un apartado cuarto del interior de una vivienda.

Cuando por el avance del día sin resultados, se hace inquietante el semi pasivo sistema referido, se ven forzados a expresarse de manera directa. Tal fue el caso de mi amigo Josianto, que después de haber dejado sus dos chiquillos al cuidado de la mayor, Esperanza, de nueve, llevaba ya más de cinco horas doblando calles y enderezando esquinas. Había salido tempranito, solo con un trago de café en el buche y en la cabeza el tormento de que cada día menos, su peritaje en nada y la capacidad de hacerlo todo, estaban pasando de moda.

Decidido a hablar con cualquiera, ya entrada en lleno la tarde, se dirigió al mercado público a ofrecerse como caballo de tiro. Pero lo acompañaba una paradoja: intentaba vender lo que ya no tenía. Ciertamente, el organismo convierte en energía lo que como alimento ingerimos y no se le podía pedir magia al sintetizar la cafeína. Sin embargo, la voluntad poderosa que lo impulsaba nacía de tres estómagos que colgaban de su alma. Pensaba en sus pequeños y en su menor resistencia al hambre, pero peor aún, era su impotencia para poder enfrentar cualquier eventualidad.

Mientras proponía a potenciales compradores el llevarles las cargas, recordaba a la mujer que le parió tres veces. “Se preguntaba cómo se puede hacer algo de manera repetida, sin que medie la más elemental afinidad. Creía que en Minerva, el embuste era lo normal. Que hablaba más mentiras en un minuto que verdades en diez años, entonces, se cuestionaba con dolor, sí acaso, su única y contundente certeza fue la de ver en él a un pobre diablo. Sentía que como locomotora humana estaba en decadencia y que ese signo de debilidad, alimentó el argumento de su partida.

Minerva, un día trajo la noticia de que le habían proporcionado emigrar a una isla que sería puente entre el éxito y su familia. Josianto no quiso opinar porque consideraba que lo propuesto era una imposición y como fin de ceremonia, la vió partir y si algo se fijó en su subconsciente fue la imagen de una mano que batía el viento, pero que él la comparó con la figura de un dibujante, cuyo esfuminador lo áuto borraba”.

Solo uno que otro intento más, y regresaría. A esas alturas, valía más su presencia que lo que pudiera llevarles. Buscaba rostros que les parecieran abiertos a sus deseos, pero los veía evasivos y cada paso dado, le empujaba a creer que el progreso lo había hecho inoperante. Que el entender la tierra y enredarse biunívocamente con ella, estaban quedando atrás. Que labrarla y ser su partero, que en otros tiempos traía consigo vida y paz generosas, eran historia.

El sol entró en declive y mi amigo orientó sus pasos hacia el bohío. Vagando inútilmente, incrementaba la incertidumbre de su cuadro familiar. Forzosamente hizo unos arreglos en su rostro y hasta una sonrisa entró como decoración para atenuar el ímpetu del encontronazo que tendrían la desilusión y la miseria. Tan cerca estaba, que podía oir las débiles y susurrantes melodías que la niña usaba como anestesia para adormilar los más chicos. Al fin, se revistió de valor y con sus manos vacías, entró. Fue cuando, Esperanza, la de nueve, instintivamente y con inmedible alegría le dijo:

---¡Hola, papá! ¿Qué nos trajiste?----
----Bueno, mi hija, ‘la piña está agria’.---
----Por eso no te preocupes, papi, Pélanosla, que nosotros nos la comemos así.----



Texto agregado el 31-12-2007, y leído por 298 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
07-11-2009 estos personajes que se extinguen en los rincones de nuestros pueblos... me ha encantado el título, muy acertado celiaalviarez
15-04-2009 Conmovedora historia...real,humana,cotidiana para un inmenso numero de familias,desafortunadamente.*****saludos. anablaumr
19-02-2008 Muy agradable la lectura de tan belklas letras. 5* jardinerodelasnubes
02-02-2008 Tienen estas letras la suavidad de ese clima que envuelve a ricos y pobres, solo que estos últimos, como a tu protagonista, los adorna de amor y sufrimiento por los suyos. Sobrecogedor cuento. Un abrazo y estrellas 5 graju
18-01-2008 Magnífica historia. Lo curioso es que mezclas metáforas, comestibles o no, con un finísimo humor, o mejor dicho, ironía. margarita-zamudio
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