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Renolito ®


Cuando comencé a sentir que el frio se iba desvaneciendo, y el calor cada vez mas intenso me obligaba a quitarme cada una de las siete chaquetas preparadas para el viaje, en intervalos de cinco minutos, entonces me convencí de haber llegado. Me levanté y al mirar por la ventanilla del bus pude ver una Bucaramanga distorsionada por las gotas de agua condensadas en el vidrio, en ese momento un hombre gordo y malhablado abrió la cabina del bus y simplemente gritó:

-¡Los que se bajan en papi quiero piña!

Ahí me levanté del puesto, toqué el bolsillo derecho de mi pantalón para confirmar que la billetera estuviera en su lugar y me bajé de ese bus con coche baño, televisor, dvd y silla reclinable para tomar un simple bus que pasara cerca a mi casa.

No recuerdo cuál bus tomé y creo que eso no importa, lo realmente importante es el olor, el color, las figuras y las sombras amontonadas en ese momento en mi cabeza, como una sucesión de imágenes a veinticuatro por minuto, justo al bajar caminando por la calle 15 de mi barrio, vi que habían puesto un supermercado en la esquina, me pude dar cuenta que la Doña de la tienda ahora vendía minutos a celular, por primera vez detallé que las casas seguían ahí pero que sus habitantes no eran como los recordaba, que la hermana del negro se había mandado a poner tetas y estaba saliendo con un pelao diez años menor, que el hijo de mi madrina había vuelto de España donde trabajaba recogiendo peras y por último que no habían colocado este año la tradicional decoración navideña; esa que siempre nacía en alguno de los doce postes que hay en mi cuadra, con sus indiscutibles colores rojos y verdes intercalados, la cinta de papel metalizado y las extensiones de bombillitos de colores, que cruzan de un lado al otro de la calle, no había nada de eso, a cambio en la mitad de la cuadra sobre el poste del pasillo había un papel periódico pegado con almidón que decía:


Se invita a todos los vecinos
a la culminación de la novena
en conmemoración del señor
Marcoteo Pinzón
Fallecido el pasado 11 de Diciembre.


Lo leí con indiferencia, pero metros más adelante me dije: ¡Jueputa se murió Renolito!

Renolito, como era más conocido entre el común de los habitantes del barrio, caminaba por las calles ocupando el centro de la vía, su paso no era corto ni largo, se podía describir como torpe, su pie derecho nunca sobrepasaba al izquierdo, como en esa horrible marcha que le enseñaban a uno en el colegio y que visto de lejos se tiene la ilusión como de un montón de gallinas caminando con una pata amarrada. No era extraño encontrárselo por ahí un Jueves en la tarde o un Sábado en la mañana, con una tapa de olla como timón, haciendo sonidos de aceleración, movimientos de cambio de luces, frenadas en seco, cambios a tercera, segunda, primera o a neutro y volver a arrancar corriendo como si no llevara frenos. Cuando llegaba a cualquier esquina, frenaba, miraba a ambos costados asegurándose de no tener peatones, al estar totalmente seguro de tener la vía libre éste apretaba los labios y los hacía vibrar con un sonido metálico, como de motor a cuatro tiempos, con carburador y caja de cambios mecánica. Luego arrancaba dejando una estela de polvo que era levantada por sus zapatos hechos con llantas viejas y unas cuantas puntadas de nylon.

Pudo haber sido un Martes o tal vez un Miércoles, había tanto sol que sobre el pavimento se levantaba una suave línea que sólo distorsionó el acelerar de Renolito, se detuvo frente a mi casa, mi hermana y yo jugábamos tute en la verja y yo iba ganando, lo miramos, él sonrió y su sonrisa fresca mostraba la ausencia de dos dientes, y aún así dejaba ver la misma inocencia de otros días, pero ese día llevaba colgado en su cuello un saco de hilo color marrón claro con rombos amarillos, nos miró y dijo:


- Se dan cuenta ahora soy un Renolito convertible y mi pelo se lo lleva el viento.


Después de pronunciar estas palabras movió su cabeza como si fuera el protagonista de un comercial de shampoo anti caspa e inició de un momento a otro su andar mecánico, mostrándole a todo el que se encontraba a su paso su nueva apariencia, lo vimos alejarse por la esquina y mientras tanto yo cuadraba las cartas para la próxima tirada.

Los domingos antes del mediodía y cuando la gente apenas salía de la misa de las diez de la mañana, Renolito paraba su marcha frente a la iglesia, se estacionaba cerca a las motos y bicicletas de tal manera que pudiera oír la misa desde el parqueadero, como era muy devoto la seguía de principio a fin. Para las celebraciones de la Virgen del Cármen se conseguía un escapulario grande, que colgaba en su pecho junto con unos dados de peluche y un cd viejo que brillaba a la luz del sol, cuando el sacerdote salía a bendecir los carros del parqueadero, siempre era él quien recibía la bendición de primero, entonces aceleraba y salía corriendo feliz porque tendría un año mas de buena suerte. Cuando habían bastantes feligreses a la salida de la iglesia, Renolito preparaba un tarro de aceite para carros cortado por la mitad en donde recogía monedas agradeciendo a quien depositara las monedas diciendo cosas como:

-Eso es para el aceite.
-Y esas moneditas me ayudan para el agua de la batería.
-Eso me alcanza para las bujías.


Y cuando no le daban lo suficiente mostraba sus zapatos hechos con llantas viejas y decía:


-Señor, me ayuda pa la des-pinchada.


Un día de esos, malos, en los que uno no quiere ni levantarse, Renolito iba acelerado por la cuadra y cuando pasó frente a la casa de mi madrina salió a perseguirlo Copo; un perro french poodle que le había heredado el hijo a mi madrina antes de irse para España y que según ella, lo reemplazaba en su totalidad, éste perro lanzaba 100 ladridos agudos y punzantes por minuto, Renolito aceleró, Copo corrió y ladró sincrónicamente detrás de él y en menos de diez metros el perro lo alcanzó mordiéndole el pantalón a la altura de la corva; entonces Renolito frenó, dio marcha atrás y le lanzó una patada en la panza al perro, éste salió chillando y en ese momento todos los vecinos dejaron de ver el programa de la mañana y salieron a ver que pasaba, la hermana del negro, que en esa época no tenía tetas, regañó a Renolito y le dijo que iba a llamar al tránsito para que le pusieran un parte, él refunfuñando, entre sonidos de motor y movimientos de la palanca de cambios le gritaba que agradeciera, que no lo había tropellado, que no fuera tan sapa.

Hace poco tiempo, después de un partido entre Colombia y Argentina en el que Colombia ganó, Renolito salió a festejar con la bandera tricolor al hombro y una trompeta en la boca, iba con la caravana de carros que salieron a echar maicena y cuanta otra cosa se le ocurra a uno lanzar, se le veía feliz celebrando el triunfo de nuestra selección, celebración que le quedó gustando porque quince días después del partido seguía con la bandera al hombro y la trompeta en la boca. Una tarde cuando pasaba por la tienda de la doña, ésta cansada de la bulla salió desde atrás de su vitrina para quitarle la trompeta a Renolito, se la decomisó diciéndole que se la entregaría el día que se afeitara, cosa que sabía no iría a ocurrir por lo menos en un año. A muchos de los vecinos no nos gustó este gesto y dejamos de comprar en esa tienda, por eso creo que la doña tuvo que cerrarla y poner una venta de minutos a celular; aunque también creo que influyó el hecho de haber inaugurado un supermercado en la esquina donde todos los días hay una promoción diferente.

Mi tía Marina que es bastante comunicativa me contó que un Lunes por la mañana, a eso de las ocho y treinta, cuando el camión que reparte gaseosa iba para el supermercado de la esquina, Renolito comenzaba su recorrido casi religioso por las calles de mi barrio, el camión lo vio venir, él frenó, el camión trató de frenar pero sólo lo pudo esquivar por un costado, Renolito trató de girar pero sus torpes pies se enredaron, él pitó, el camión por fin frenó y el cuerpo de un hombre sucio, viejo y barbudo cayó al suelo y una tapa de olla que en otro mundo era un timón rodó por la empinada cuadra donde vivo. Todos salieron gritando tantas cosas que no se oía nada. Esa misma tarde Renolito murió.

Entre la gente del barrio recogieron lo suficiente para enterrarlo, consiguieron un buen ataúd, le pagaron misa y le llevaron flores, todo esto para darle cristiana sepultura. Me contaron que consiguieron una placa vieja y que se la colocaron al ataúd antes de entrarlo en la fosa.

Después de pasar Navidad y fin de año en Bucaramanga regresé a la ciudad fría, preparé las siete chaquetas para el viaje, dormí todo el trayecto a través de la noche, hasta que el hielo me hizo sospechar que había llegado, cosa que confirmé cuando la cabina del bus se abrió y un señor gordo malhablado dijo:

-¡Los que se quedan en el portal del norte!

Así que me acerqué a la ventanilla, pero estaba tan empañada que no pude ver nada.



FIN

Bogotá, 18 Enero 2008

Texto agregado el 20-01-2008, y leído por 256 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
07-02-2008 que buen relato de ese ser tan maravilloso e inocente que desde niño vi recorrer las calles de nuestra vecindad. me sorprendio que de algo que para nosotros era cotidiano, alguien escribiera algunas palabras de aquel cwelebre personaje que muchos conocimos y varias veces lo ignoramos. un abrazo hermano. DalaiLama
28-01-2008 Es un cuento diferente a los que nos has acostumbrado, caballero. Pero eso no demerita para nada, al contrario, ha logrado un tono muy bien cadenciado, ayudado por su inconfundible humor socarrón. Dyada se asombra de ver a un hombre sucio, viejo y barbudo. No es de sorprenderse: es Renolito, un niño que es más grande que todos. Creo que es lo más grande de la historia, que nunca supimos en qué momento ese niño de la calle que todos conocen, se hizo un tipo grande. Siempre fue como aquellos que lo veían rodar por sus mentes. Le recomiendo que lo revise pues hay tildes que se le escapan. Pero fuera de eso, mis más enormes felicitaciones. Akeronte
26-01-2008 para la despichada jajaja, esta muy bueno, demasiado colombiano, me gusto demasiado excelente como para pelicual, te felicito donbo re bueno .... catanava
23-01-2008 quiero piña!!clama don pompillo, el de la pompa guanga, quiero piña!!pues por ahi te den don pomposo. ¡Que hay Don Pomposo! marxtuein
23-01-2008 La mayoría de veces la locura es inocente y la cordura es malvada con ella, aquí lo que me gusta es que el delirio comparte el destino de lo real. "le dijo que iba a llamar al transito para que le pusieran un parte"... Esto confirma que todos tenemos menos o mas afinidad a la locura, solo que unos la viven con mas intensidad, por eso la marca registrada de renolito. :).... Beso kaia
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