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Germanos de sangre
Cap. 4 - Gunther


[C:333707]

Este cuento y los otros tres capítulos de "Germanos de Sangre" forman parte de mi libro "Portarrelatos". © RNPI Nº 155707 - Junio 2008




GUNTHER

El Intendente caminó hasta la larga escalinata que descendía hacia la plaza. El calor era poco común para la época, parecía verano y desde el asfalto se levantaban vahos de vapor que distorsionaban las imágenes como un cristal de mala calidad. Al llegar al punto más alto, miró su Plaza con orgullo, y antes de comenzar a bajar respiró profundamente.

En ese instante algo lo picó en la nuca, cerca de la oreja izquierda. Instintivamente se dio un fuerte cachetazo cruzado con la mano derecha, pero no logró matar al maldito insecto. Un ardor imparable le ganó la nuca y parte de los hombros. Una avispa, pensó mientras miraba resignado hacia todos lados. Se hizo unos masajes en la picadura y comenzó a transitar las escalinatas hacia la plaza. Tal vez los escalones no habían sido bien calculados, porque eran demasiado anchos para bajarlos paso por paso, y un poco angostos para colocar los dos pies en cada uno a medida en que iba descendiendo. Tal vez estaba un poco gordo. La camisa se le desprendía a cada rato y los lentes de sol le dejaban la marca en las sienes y en la nariz. Casi al final de la escalera se detuvo un instante para observar los cincuenta rosales, orgullo de su gestión. Dejó pasear la mirada sobre los pétalos amarillos, rosados, negros, probó al tacto la textura de las hojas saludables y libres de hormigas. De pronto el ardor se propagó desde la nuca hasta los brazos como una oleada hirviente, igual que el vaho del asfalto. Se le nubló la vista por un segundo. Es el calor, se dijo, y en ese momento una voz le gritó desde arriba: -¡Eh, Intendente...! ¿Qué hace tomando fresco a esta hora...?

Era el pesado, el loco, el insoportable, el tarado de Gunther. El Intendente se dio vuelta para saludarlo apenas levantando la mano. Gunther le devolvió el saludo cubriendo su boca con la punta de los dedos de ambas manos. Después las soltó exageradamente al aire como enviando al Intendente un gigantesco beso.
El gordo hizo un gesto de molestia y siguió su camino rascándose la picadura de la nuca.

En el pueblo sobrevolaban actitudes diferentes con respecto a Gunther. Estaban los que le tenían paciencia, los que lo querían y los que no lo soportaban. Algunos también le envidiaban aquella misteriosa pensión que cobraba puntualmente en la ciudad, que le permitía vivir en forma modesta pero tranquila.

No era difícil, para los más "vivos" del pueblo, divertirse a costa del viejo. Todo lo que hacía o decía resultaba ridículo, desde entrar a la panadería rogando a la panadera "una docena de bollitos de amor", hasta cuando juntaba pedacitos de aglomerado y maderitas en el patio del carpintero. En el único local de venta de computadoras del pueblo pedía procesadores inutilizados, memorias, discos duros quemados o disqueteras obsoletas. Rengueaba un poco de la pierna izquierda, y el día en que el dueño del negocio le regaló un monitor arruinado, todas las miradas se clavaban con ironía en ese hombre chiquito y lampiño, caminando abrazado a esa pantalla que desbordaba su físico por todos lados, espiando apenas con un ojo para no tropezar. A veces rescataba de los tachos de basura miles de porquerías, juguetes viejos, autitos, "playmobils" descabezados y superhéroes de plástico, alambres y cables, cartones, latas de pintura resecada y perchas viejas.

"Cuando seas mi novia vas a saber lo que es un hombre, no como ese gordo fofo que tenés ahí", le decía el viejo Gunther a la panadera señalando con desprecio el vientre redondo de Calisto.

Cállese, don Gunther, -se enojaba el gordo- que usté casi no tiene fuerza para caminar hasta la esquina. Ni hablar cuando le toca encarar la subida de la plaza con esa pata inútil... ¿quiere que lo acerque? Ahora mismo salgo con la camioneta a repartir el pan por el Alto.
Ni loco, Calisto. Tenés olor a chivo porque no te bañás en la puta vida... pero bueh… te acepto la oferta... dale, llevame que hace calor...

El viejo se dirigió a la camioneta de Calisto, pero previamente se detuvo un instante para mirar un objeto tirado en la vereda. Creyó que era uno de esos clips que se usaban como ojales en los tiradores de los mamelucos, pero descubrió que era una pieza de chapa, un esquinero de espejo barato. Igual se la metió al bolsillo. La camioneta arrancó desparramando la mugre del gasoil mal quemado, y giraron la rotonda para encarar la subida de la plaza.
Ta' buena tu mujer, Gordo...
Cállese, Gunther... A usté para lo único que le sirve el pito es para mear...


Todos sabían que durante el 78 Gunther había sido detenido por los Grupos de Tareas. En esa época escribía para un periódico de la Provincia de Buenos Aires. Un día, aprovechando que el director de la publicación estaba de vacaciones, se despachó con un artículo titulado "Un enfoque marxista del jardín de infantes". La nota tuvo repercusión, porque al día siguiente, frente al periódico, aparecieron todos los infantes. Pero eran los infantes de Marina, que lo arrojaron en una camioneta metiéndole dos dedos en la nariz y apretándole los testículos hasta que dijo su nombre completo: Ralf Gunther Maers.


En el "Pozo de Banfield", Funes, un gordo bigotudo que jamás se sacaba los lentes para sol, se acercó al elástico metálico donde lo tenían atado.
-Ah... así que Gunter, ¿Gunther? ¿Alemán? ¿Francés?, ¿Sos pariente de Cohn-Bendit?, le preguntó el gordo agarrando con fuerza la espesa barba de Gunther y revoleándole la cabeza para todos lados.
-No sé quién es ese tipo, no lo conozco.-
-Uno que armó bastante quilombo en París por el '68, cuando el zurdaje ganó las calles. Pero ya se le pasó el cuarto de hora, como a vos también se te va a pasar, a lo mejor antes de un cuarto de hora, je... pero bueno, Gunther, dale... contame algo, daaaaleee.... que yo tengo todo el tiempo del mundo, en cambio vos... je je... no.

La "máquina" -así llamaban los pesados a la picana- generaba un horrible impacto en todo el cuerpo. El golpe eléctrico iba y venía anunciándole la muerte a gritos, un fuego desesperante que recorría sus arterias, músculos y tendones. Pero tal vez peor era el "submarino seco", la bolsa de polietileno ajustada al cuello, a través de la cual podía ver a su torturador mientras se le terminaba el aire, la maldita bolsa como un gigantesco preservativo ajustado sobre su cabeza, listo para impedir la vida, su propia vida, y en medio de la ceguera luminosa que provoca la asfixia, la voz que brotaba desde abajo del bigote de Funes: dale, Gunther, dale, contame algo. Hoy le había tocado máquina. Mañana tal vez submarino, o tal vez el traslado, palabra cuyo significado todos conocían: el vuelo en un Hércules, el Golfo San Matías, el cielo abierto, el impacto sobre el agua luego de la caída libre desde tres mil metros. La sensación, -imaginaba- debía ser como golpear contra un grueso cristal de blindex, o tal vez estallar como un pájaro herido contra una piedra azul y transparente.

- ¡Ralf Gunther Maers nacido en Unsterreich aldea alemana de seis mil habitantes hijo de Karl Maers y Hanna Wirms estudié en la Facultad de Periodismo de la Universidad de la Costa soy técnico electrónico diplomado en el ITE de La Plata en la especialidad circuitos integrados circuitos integraaaaaados... integraaaaados.... aaaaaaa... aaahhhhhhhhhhhhhhh… hijo de putaaaaaa...!
El gordo Funes le había subido el voltaje. Por momentos Gunther estaba pálido. A veces morado, casi negro, los ojos sobresaliendo, dos globos a punto de estallar proyectándose fuera de los límites de su cara habitualmente poco expresiva. Y el penetrante olor de la carne quemada.

¿Sos marxista Gunther?

Noooo, leíamos algo de Marx en la Universidad, como cualquiera… también leíamos a Marcuse… a Chomsky…

Ya lo sabía, sos bolche.

El gordo le aplicó un tremendo shock eléctrico que convirtió la cara de Gunther en una máscara africana. El cuerpo mojado a baldazos y atado a la cama metálica se tensó hasta arquearse en forma increíble, las esposas que lo sujetaban dejaron en las muñecas y en los tobillos quemaduras de color violeta. Pero en seguida Funes se levantó los anteojos negros sobre la frente y le aflojó la corriente. Si todavía no había muerto, ya estaba a punto de morirse. Y necesitaba que antes hablara.

Una semana después, cuatro suboficiales y un oficial de la Marina tiraron el cadáver de Gunther como un paquete en uno de los basurales de "La Quema", en ese entonces desparramados por el Bajo Flores, y donde actualmente prosperan luminosos supermercados coreanos. En pocos segundos y provistos de tres palas "Lineman" lo cubrieron con basura. La noche era fría, lo que hacía bastante soportable el olor hediondo del basural. La camioneta que traía a los soldados y que unas horas antes había sido robada a un carnicero abandonó el lugar haciendo arar las ruedas traseras.


Está vivo, dijo el cartonero.

Le han pegado una buena cagada... ¿sabés qué?... vamo a llevarlo a la casilla del Chino. Si se muere lo volvemo a tirar acá... pero por las dudas, recién mañana a la noche....

"La Quema" resultó para Gunther un extraño paraíso de cartón y chapas. En la casilla del Chino comía, bebía y lo cuidaron durante varios días hasta que pudo incorporarse. Desde su catre vio entre sueños a varias personas que se interesaban por él. Algunos hombres armados, una mujer, unos chicos hambrientos y curiosos, pendejos que entraban a verlo fumando un joint de cannabis como quien va al museo de Ciencias Naturales a ver un animal desaparecido. Desaparecido: esa era la palabra. Acababa de entrar oficialmente, y para su bendición, en la categoría de los desaparecidos.

"Ciudadano alemán desaparece en una excursión de pesca", dijeron los diarios.
A partir de la noticia de su muerte, Gunther volvió a nacer.

Calisto volvía de repartir el pan cuando sintió la picadura en la nalga izquierda. Más que una hormiga y menos que una avispa, pensó. Se rascó con fuerza y el ardor se extendió por su cuerpo vigorosamente. Creyó que se le entumecían las manos, pero como se sabía hipocondríaco, respiró hondo, pensó en una de las tartas de manzana que hacía su mujer y todo pasó. Es increíble el bocho, se dijo. Solamente con pensar "no me pasa nada", toda esa sensación de miedo, de muerte inminente, se fue, no está más…. Y a pesar de sus manos transpiradas, estacionó con precisión frente a la panadería.

El Intendente, gordo, empapado en sudor, resoplando, pasaba en ese instante frente al negocio. ¿Todo bien, Calisto?
El panadero sospechó que el Funes lo adivinaba pálido y nervioso. Solamente pudo tomar una bolsa de papel llena de "mignones", y al tiempo que la tiraba en la caja de la camioneta le respondió: "Sí, Intendente, todo bien... algún bicho de mierda me picó en el culo, pero ya pasó. Estoy atento porque soy medio alérgico, sabe?".
- Sos flojo Calisto. A mí me picó una avispa o algo parecido hace un rato. Y sabés qué? lo mejor es no darle bola y seguir en la tuya. En esta época de calor el pueblo está lleno de bichos.
- Entre otras cosas... habría que fumigar, Intendente.
- Si habré fumigado... y no sólo bichos- , dijo el gordo quitándose los lentes oscuros y dibujando una sonrisa cínica que Calisto estaba lejos de comprender. Con su aspecto de parapolicial ¨pesado¨, el Intendente Funes desaliñado y grasoso, había actuado en la película ¨La boquilla de Nácar” , del cineasta canadiense Anthony Mac Lean, en el papel de ¨ El Gordo Rivero ¨, un personaje siniestro aliado de la tortura y el desprecio por la vida humana. Es decir, haciendo de sí mismo.

Calisto entró a la panadería a buscar más bolsas. Para potenciar su bronca, Gunther ya estaba acodado en el mostrador conversando con su mujer.
- Una docena de amores secretos, le susurró Gunther.
- El mínimo es dos docenas, contestó la panadera.
Calisto alcanzó a escuchar "mínimo dos docenas" y le pareció bien. Al alemán loco había que ponerle límites.


A las doce de la noche del sábado, "Patito" y su barra deambulaban por el pueblo aburridos como casi todos los sábados del pueblo. Ya habían tomado unas birras en el bar y decidieron quemar un porrito cerca de la bajada que va hacia el arroyo. En esa zona no existía el alumbrado público, y ayudados por una luna timorata enfilaron por el sendero que los turistas utilizan de día para bajar al río. Hablaban del baile de carnaval, de las minas que nunca pudieron levantar, de lo fuerte que está la hermana del Petiso -que por supuesto esa noche no iba con ellos-, hasta que en un recodo apareció la casa del viejo Gunther. Una sola habitación, en la planta alta, aparecía iluminada por una lámpara tenue. El resto era silencio, algún gato durmiendo en el rellano de una ventana. La casa y su irrepetible habitante siempre les habían llamado la atención. Patito era desafiante con sus amigos: ¿a que nadie se mete a ver qué mierda hace ese viejo...? ¿Estará despierto?
El estilo art-nouveau de la construcción facilitó el escalamiento. El "Poyo" Lucas iba adelante, trabando las zapatillas gastadas en cada moldura para llegar a la ventana del primer piso. Patito, como buen líder, iba último, listo a tirarse desde donde fuera en caso de que el viejo los descubriera. Decían que tenía una escopeta, y tal vez una "Lugger". Trepando las paredes como una araña, el Poyo llegó primero, y al asomar apenas la cabeza por la ventana iluminada se volvió hacia los demás haciendo un gesto silencioso para invitarlos a asomarse también. Desde la cornisa, las cuatro miradas quedaron petrificadas ante lo que estaban viendo. Gunther estaba arrodillado, casi de espaldas a ellos, pero se veía que estaba armando algo con pequeñas maderas y cables. Frente a él. sobre una tarima, se desplegaba una enorme maqueta de una rara perfección. Calles, pasajes, desniveles, baldíos, vehículos, personas conocidas representadas por aquellos muñecos "playmobil" que ellos pudieron reconocer perfectamente porque los habían visto desde que eran pequeños, la plaza, la iglesia, el bar y la panadería. Todo el pueblo estaba duplicado en forma asombrosa en la gigantesca maqueta. Gunther acababa de colocar un cartel en perfecta escala sobre un edificio conocido: el Banco de Desarrollo Provincial.

Pero todavía les faltaba ver lo más sorprendente. A un costado de la maqueta se destacaba un vetusto tablero electrónico con botones de plástico verdes, amarillos, rojos y azules, palancas de baquelita negra, indicadores que parecían sacados del tablero de un auto prehistórico y un manojo de cables de colores que unían el tablero con distintos sectores de la réplica. El viejo acomodó un autito en escala en una de las calles. ¡Era la camioneta de Calisto, el panadero! Gunther se incorporó y accionó un botón verde, al mismo tiempo que deslizó hacia adelante una palanca negra. Un muñeco articulado, panzón y melenudo, igual a Calisto, salió repentinamente de su minúscula casa, se metió en el vehículo e inmediatamente comenzó a desplazarse por la calle doblando la esquina hacia la plaza. Luego, moviendo la palanca en sentido inverso, Gunther lo hizo estacionar exactamente en el punto de origen. El muñequito salió de la camioneta de juguete y colocó sobre el techo una bolsita de papel madera. El viejo oprimió otros botones y la maqueta comenzó a poblarse de acción, de personajes que iban y venían, autos que se desplazaban con precisión por las calles, carteles que se encendían y negocios cuyas cortinas metálicas se levantaban como para iniciar la actividad. Era el mismísimo pueblo, no había posibilidad de discusión. A través de la ventana, los cuatro pudieron descifrar perfectamente esos movimientos, los locales, los hábitos de los parroquianos. Pudieron reconocer en un muñeco pelado, gordo y con bigotes a Funes, el Intendente, subiendo y bajando las escalinatas de la plaza. Más allá, una réplica de la mujer de Calisto, la panadera, colocaba una pizarrita en la vereda con las ofertas del día.

Desesperado por ver más detalles de la maravillosa máquina, el Poyo se dejó llevar excesivamente contra el vidrio de la ventana. Imprevistamente ésta se abrió hacia adentro haciendo un ruido seco. La mirada de Gunther se clavó en los ojos aterrorizados del Poyo. A un metro del alemán, apoyada sobre la pared, había un arma, una carabina o algo así. Antes de bajar como podían, dejando pedazos de piel sobre las molduras y cornisas exteriores, los cuatro alcanzaron a ver que Gunther corría hacia la ventana rifle en mano. Se tiraron desde un angosto balcón hacia el jardín y corrieron hacia el cerco con el corazón a pleno. Alcanzaron a escuchar un disparo desde la planta alta, un chasquido seco. Patito se tocó la espalda. Un ardor líquido, una intensa quemazón le recorrió la columna de arriba a abajo, pero siguió corriendo casi a ciegas por el sendero hasta el arroyo. En la oscuridad de la costanera, cayeron uno a uno sobre el pasto, agarrándose los riñones tratando de recuperar un poco de aire.


El Presidente de TranSudaca Systems lamía con su mirada irónica cada uno de los rostros de los Directores y Gerentes. Nueve hombres y una mujer escuchaban el relato de Oviedo, sin comprender cómo un gerente con más de diez años en la Compañía arriesgaba su futuro contando ese tipo de delirios.

- Otra vez, Oviedo, y por favor despacio.... ¿Quién y en qué momento vio esa máquina?
- Mi hijo, señor Adams. Y no es una mentira de adolescentes. Yo sé perfectamente que mi hijo no miente, no tendría motivos para contarme algo semejante... Además, pasan cosas raras en el pueblo, hay gente que dice que una fuerza extraña la impulsó a cruzar la calle dos o tres veces sin sentido, y el panadero dijo que hace poco su camioneta había arrancado sola y se había movido unos metros para adelante y para atrás.
- Emmm... Oviedo, Oviedo... nunca quisimos ofenderlo y no nos gusta meternos en la vida privada de nuestro personal... pero... se comenta que cuando su hijo sale... esteee... se toma alguna cervecita... y hasta dicen que por ahí se prende algún cañito de Mari-Juana... Este... disculpe, no? Pero ésta es una empresa seria, Oviedo, somos la filial argentina de un grupo norteamericano con casi un siglo de experiencia en el mundo, con años de presencia en el mercado, líderes en la investigación de sistemas de transferencia de datos... y usted me dice, Oviedo, que un viejo loco puede reproducir en escala todo un pueblo, y más todavía, dirigir a voluntad los movimientos de la gente con un sistema armado con pedazos de basura... Nooo, Oviedo, no vamos a convertir una reunión de Directorio en una payasada, parece un chiste para el Día de los Inocentes, está claro Oviedo?. Y Ahora pasemos al tema siguiente, que creo... era... el nuevo Impuesto al formateo de discos. ¿Alguna pregunta, señores?


Oviedo y su hijo traspusieron el portón de entrada. Gunther los esperaba con la puerta entreabierta y una amable sonrisa. Subió delante de ellos las escaleras hasta la planta alta, con la confianza del que lleva las de ganar y se dejó seguir por la ansiedad de un par de curiosos como Patito y Oviedo. Pero éste traía otras intenciónes. Cuando se enfrentaron con la perfecta maqueta, las lucecitas de los controles y la magia de los pequeños personajes que iban y venían, Oviedo, superado el impacto, vislumbró el negocio. En un segundo imaginó su futuro como Presidente de TranSudaca Systems Argentina, tal vez Director de la filial canadiense, o tal vez mucho más alto. Las posibilidades de la creación de Gunther no tenían techo.

- Patito, dejanos solos, querés…?
- No, papá, yo te traje hasta acá, yo descubrí esto y…

Gunther accionó con dedos finos una especie de joystick conectado a los controles. Sin decir una palabra, Patito dio media vuelta, bajó las escaleras y se fue.
- Cómo hizo eso? Preguntó Oviedo cada vez más asombrado.
- Siéntese, dijo el alemán. Siéntese frente a aquel monitor.
Oviedo le obedeció. En la pantalla se veía a Patito caminando como un chico obediente y prolijo por la calle que llevaba hasta su casa.
- Patito ya está incorporado al sistema...
- Qué sistema? Preguntó Oviedo girando la silla para dirigirse a Gunther.
- Este - le contestó el alemán, apuntando el rifle de aire comprimido hacia el cuerpo del visitante. Este levantó las manos. -No, por favor, no dispare…! -
- No es nada, dijo el alemán, solamente arde un poquito... Un chasquido brotó del arma al tiempo que Oviedo se tomaba el muslo derecho.
- ¡Qué hace, Gunther…! ¿Está loco?
- Nada, una microcápsula, inocua, estéril, una vacunita, jee...
Oviedo se levantó con toda la furia para golpearlo. Pero Gunther accionó el joystick y la expresión de odio se tansformó en una sonrisa complaciente. Oviedo volvió a sentarse.

- Dígale a los de TranSudaca que quiero tres millones.
- Es mucha plata… habrá algo para mí, una tajadita..? dijo Oviedo, quien a pesar del ardor provocado por el implante de la microcápsula no perdía la voracidad por el dinero.
- Sí, le dijo Gunther. Una patada en el orto.

Accionó el joystick con destreza, Oviedo se levantó obediente, le dio la mano, hizo una reverencia, golpeó los tacos de los zapatos en el aire como un militar y salió corriendo escaleras abajo.

- Voy a llevar… un cuarto de criollitos.
- Nada más, Gunther? Preguntó la panadera sorprendida por la ausencia del acostumbrado piropo.
- No, contestó Gunther. Ya habrá tiempo para todo. Se viene algo importante.

La panadera sonrió, con cierto aire de pena.

A las 8.30 de la mañana, la limusina dobló con esfuerzo la angosta esquina norte de la plaza. En su interior, Oviedo y tres ejecutivos más de TranSudaca miraban hacia ambas veredas mientras se desplazaban hacia la calle principal.
-Es aquel. - dijo Oviedo.
Gunther caminaba, como siempre, hacia la panadería. La limusina estacionó y dos de los hombres descendieron. Oviedo observó desde adentro cómo abordaban al viejo y lo invitaban a acompañarlos a la limusina. Al abrirse la puerta trasera, el alemán se sorprendió al encontrarse con Oviedo de traje y corbata, nunca lo había visto así.

- Trato hecho, Gunther, le dijo Oviedo. - La Compañía ha decidido pagarle los tres millones. Aquí tenemos el cheque y el contrato. Léalo, y si está de acuerdo, la máquina, la maqueta, el sistema o como carajo se llame pasa a ser propiedad de TranSudaca Systems.

Gunther recorrió con una mirada superficial el voluminoso contrato, pasando las hojas como quien baraja un mazo de naipes.
- Hay una sola condición, dijo.
Oviedo transpiró frío y tuvo que tragar saliva: - Cuál es?
- La máquina será presentada en la plaza del pueblo, el sábado 26 a las ocho de la noche.

Los tres directores de TranSudaca intercambiaron miradas con Oviedo. Las respectivas cabezas sincronizaron inmediatamente un gesto de aprobación.


"Como Intendente de este pueblo tengo el orgullo de decirles que tenemos entre nosotros a un vecino ilustre, un genio de la tecnología, un paladín de la invención, un maestro deeehhh, bueno, un hombre que merece toda nuestra admiración y respeto. Hasta ahora no habíamos descubierto su talento, pero hoy quiero pedirles un aplauso, una ovación para nuestro querido vecino… Gunther Maers…!!!

El pueblo asistía emocionado al espectáculo desde las escalinatas y canteros de la plaza. Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, niños. Todos estaban allí, con excepción del Patito Oviedo y su barra de amigos que aprovechaban un momento tan propicio para desvalijar la casa del Intendente.

La máquina de Gunther, iluminada por spots y reflectores de diferentes colores, se veía maravillosa. La réplica del pueblo provocaba comentarios de admiración y otros más risueños, cuando en un pequeño muñequito vestido con sotana, identificaron claramente al cura saliendo de la casa de la viuda Rosita. El Intendente había alquilado una tarima y un escenario, tapizado con una imitación de terciopelo y adornado con guirnaldas de crepe. El sonido estaba como siempre a cargo de Carlitos Caché, líder de la banda de rock "Extraños Apósitos", y cada tanto se cortaba en medio de acoples y chiflidos. Carlitos iba y venía corriendo agachado debajo del escenario como para que nadie lo viera, pero en realidad cada vez que lo hacía, todas las miradas lo seguían para ver qué carajo pasaba con el maldito micrófono. A los costados de la calle principal, autos caros y nunca vistos en el pueblo habían estacionado a 45 grados con respecto a la vereda, idea que al Intendente le pareció buena y el lunes firmaría una resolución para hacerla aplicar. Varios de los autos y camionetas tenían el logo de TranSudaca Systems aplicado en las puertas. Choferes con lentes negros esperaban a los funcionarios de la empresa, que estaban, naturalmente, compartiendo el escenario con el Intendente y Gunther. Solucionado el inconveniente, Funes se secó la transpiración con la manga rabona del saco, agarró el micrófono y retomó la palabra.
"Además…. Además quiero pedir perdón públicamente. No sabía que este ilustre vecino, invertía su tiempo y talento en esta máquina, que sin duda es un invento memorable. A partir de ahora, nuestro pueblo y sus vecinos entraremos a la Historia por la puerta grande…"
Haciendo un ademán exagerado, señaló a Guther y continuó -"Entonces, quiero agradecer al talentoso Ralf Gunther... a quien... a quien..."

Un gesto mínimo en la mirada del alemán lo hizo empalidecer. El rostro lampiño e indiferente de Gunther se transformó de pronto en un fantasma de barba y pelo largo, ojos desorbitados y gritos que estallaban entre las paredes de "El pozo de Banfield". Veinte años después, Funes se acababa de encontrar con el cadáver que él mismo había hecho arrojar en "La Quema" de Flores. Tartamudeó un par de palabras más y ya no pudo seguir hablando.
Gunther le deslizó una sonrisa cínica. Se había convertido en protagonista absoluto del evento. La gente coreaba su nombre con un ritmo y un volumen creciente. Los directivos de TranSudaca también estaban impacientes y comenzaron a aplaudirlo de pie, como para decirle a Funes "che gordo largá el micrófono". El mismísimo Vicepresidente de la compañía abrazó al alemán y le levantó un brazo hacia la gente. La ovación fue completa. Funes intentó pedir silencio, gritando y levantando la mano. Finalmente, resignado, se acercó a Gunther, le entregó el micrófono y lo abrazó.
- Bolche hijo de puta, le susurró al oído. Pero no se había dado cuenta de que el micrófono estaba abierto y el final de la frase "…jo de puta", se escuchó claramente en toda la plaza. La rechifla para Funes se mezcló con las miles de voces que gritaban "gun-ter… gun-ter...", y el evento originalmente festivo dejaba su lugar a un clima enrarecido.


Micrófono en mano, Gunther caminó unos pasos hacia el borde del escenario. El griterío se transformó en un silencio que pareció una cámara de hielo. Las miradas se centraban en el alemán.
- "Ustedes saben que soy hombre de pocas palabras" , comenzó Gunther sin entender por qué, solamente por haber dicho eso, recibió otra cerrada ovación.
- "Durante años he trabajado en este proyecto solitario. Un sistema que permite reproducir y dirigir los movimientos de, por ahora, una comunidad. No es un invento ni bueno ni malo, es así. Lo hice con esfuerzo y medios escasos. Y ahora, que he vendido la patente a la compañía TranSudaca Systems, les haré una demostración, que será mi último contacto con la tecnología. Sólo quiero ser un habitante más de este pueblo, y vivir en paz los años que me quedan." Al decir esto, Gunther clavó la mirada en los ojos de la panadera, que lo miraba mezclada entre la gente, a cuatro o cinco metros del escenario. Dejó el micrófono, caminó hacia su máquina y tomó el joystick con su mano izquierda, mientras con dos dedos de la derecha hizo avanzar la palanquita. En el acto, el Intendente Funes hizo una reverencia ridícula, luego, en un gesto chaplinesco, golpeó los tacos de sus zapatos en el aire, giró dando la espalda a la gente y bajó del escenario caminando como un muñeco mal articulado. La carcajada fue general, y no habían terminado los aplausos cuando Gunther hizo girar la palanca del joystick, y el Intendente comenzó a correr en círculos como un niño. Luego accionó un par de botones del rudimentario tablero, volvió a tomar el control y mirando fijamente a la panadera accionó la palanca hacia sí mismo. La mujer dejó su lugar entre la gente y caminó hipnotizada hacia el borde del escenario. Gunther le extendió la mano y la ayudó a subir. Una vez arriba, ella se desarmó en sus brazos y le dio un profundo beso en la boca. En medio de la ovación enloquecida de todo el pueblo, Calisto se levantó furioso del banco donde estaba sentado y quiso abalanzarse sobre su mujer y Gunther, pero el alemán lo detuvo con un par de teclazos y un movimiento de joystick. Calisto volvió sobre sus pasos, corrió hasta su camioneta, arrancó el motor y luego de que Gunther levantara una especie de potenciómetro, la camioneta y su conductor empezaron a dar vueltas indefinidamente alrededor de la rotonda de la plaza. Los funcionarios de TranSudaca no paraban de aplaudir y sonreían satisfechos, seguros de que el precio que habían pagado por la máquina de Gunther era irrisorio, y la transacción les reportaría fama y ascenso de posiciones en la competitiva empresa. El alemán empezó a disfrutar de los aplausos y de la compañía de la panadera, que ya no soltaba su brazo. Su parquedad habitual mutaba hacia una sonrisa bocona, que parecía saltar de su rostro, saludaba y saludaba a la gente con una efusión que no se correspondía con su físico ni con su personalidad. Hasta Funes parecía haber recobrado su antiguo aire de importancia y saludaba a la gente imaginando que esa fiesta era suya, que miles de rostros le devolvían el saludo. La gente quería más, más demostraciones del poderoso invento. Así que cada tanto, el alemán dejaba de saludar, tomaba el joystick por unos segundos, y todos se divertían mirando al cura Detomatti correr hacia la capilla, tocar la campana, salir por una ventana y lanzarse como loco a la casa de Rosita la viuda. El show era monumental, el pueblo deliraba, otraaaa, otraaa, otraaa… Los chicos se trepaban al escenario para ver la réplica de las escenas en la maqueta, sus cabezas estaba lejos de comprender por qué si el cura se movía en la maqueta también lo hacía en la vida real. Los viejos quedaban embobados con la prfecciónlograda en la réplica del pueblo. -Pensar que lo llamábamos viejo loco, -decían-, y resultó ser un genio, un arquitecto talentoso, un científico, un visionario…

Los adjetivos para la figura de Gunther se iban sofisticando. El escenario fue poblándose rápidamente de gente que quería tocarlo, abrazarlo, pedirle perdón, y por supuesto, también los que pensaban que tenía un montón de dinero encima y buscaban aprovechar el amontonamiento para bolsiquearlo. El Intendente había hecho repartir cervezas, gaseosas y vino de tetrapack entre la gente, así que hasta los solemnes ejecutivos de TranSudaca brindaban con vasos de plástico y lanzaban interjecciones en inglés… Shit ! This is the fucking face of business, but how beautiful it is! Gunther saludaba a dos manos, la panadera lo abrazaba y besaba, Calisto daba vueltas interminables a la rotonda y el cura saltaba la reja de la viuda, de ida y de vuelta, trepar, entrar, trepar, salir, porque Gunther se había olvidado de él. Así que el recorrido del cura se circunscribía a un ida y vuelta en los cuatro metros que separaban la vereda de la casa de Rosita: trepar, entrar, trepar, salir. Funes, que veía empalidecer su prestigio minuto a minuto, había logrado recapturar el micrófono y se dirigía al pueblo, su pueblo, con una solemnidad forzada. "Los he convocado para homenajear a este ciudadano, a este vecino ilustre", pero la multitud ya no lo escuchaba, ya estaba en otra, igual que Gunther. Más allá, los directivos de TranSudaca también abandonaban toda formalidad. Acostumbrados a beber vinos de colección, cognac Napoleón y champagne de las casas más nobles de Francia, estaban malheridos por el etílico en alta concentración del tetrabrick "Viñas del Pantano", se reían de cualquier pavada y bailaban con las chicas que subían a mirar la maqueta. Cada tanto, levantaban el pulgar en señal de "Todo OK" hacia sus choferes,que permanecían alejados de la fiesta, clavados como estacas en sus Audis negros. Los chicos subían y bajaban del escenario, moviendo a mano los personajes y los autitos en escala para donde se les daba la gana. A veces en un indicador digital con letras verdes titilaba la leyenda "Acción imprevista", pero Gunther, que también tenía en sus manos una caja de vino, hacía un clic en el botón de "Aceptar", haciendo que el Banco abriera y cerrara las pesadas cortinas metálicas, o que la maestra de la escuela izara la bandera mientras el vicedirector ponía a todo volumen el cassette de la marcha "Aurora". El evento no podía tener una música de fondo más adecuada: el rock metálico de "Extraños Apósitos" se mezclaba con un tenor cantando el Himno a la Bandera: "Alta en el cieeeeelooooo, un águila guerreeeeeeeera… audaz se eleeeeeeeva…. En vuelo triunfaaaaaaaaaaalllll… "


Pedro Santorelli, responsable de los fuegos artificiales, esperaba en vano la orden del Intendente. Supuestamente debía llegar en el momento en que los funcionarios de TranSudaca Systems le entregaran simbólicamente a Gunther un gigantesco cheque que decía "Tres Millones". En ese momento, Gunther les daría las “llaves" de la máquina -que en realidad era un CD con un programa encriptado-, y Santorelli debía disparar la primera secuencia de cohetes luminosos, los que según sus cálculos, escribirían en el cielo la "G" de Gunther. Pero la orden no venía, el Intendente seguía gritando su discurso en el micrófono, los de TranSudaca nunca entregaban el cheque y Gunther parecía estar en otra cosa. Así que Santorelli, habituado a las circunstancias cambiantes de ese tipo de eventos, decidió disparar la primera batería.

En la oscuridad del cielo, la "G" no se formó plenamente, pero casi. La curva de abajo de la letra no se terminó de encender, así que la "G" terminó casi como una "F". Funes vio dibujarse la "F" en el firmamento, levantó ambos brazos a lo alto, y tetrapack de por medio, pensó que era el momento de lanzar su reelección, de manera que su discurso cambió instantáneamente. "Impulsamos durante años la educación, la investigación, la ciencia y la cultura, y este es el resultado, un ciudadano, un vecino como Gunther Maers ha cosechado los frutos de nuestro esfuerzo y nuestra dedicación…".

En la confusión de luces y sonido, la gente logró escuchar apenas "…un vecino como Gunther Maers", por lo que las voces de la multitud se elevaron sobre el micrófono y Gunther aspiró los gritos del público, un viento refrescante que coreaba su nombre. Anthony López, CEO de TranSudaca recién llegado de USA, entendió que su autoridad gerencial le daba licencia para permitirse alguna travesura. Aprovechó la distracción momentánea de Gunther para tomar el control del tablero electrónico, el joystick y el rifle de aire comprimido, con el que empezó a disparar a la gente provocando algunas escenas de pánico. Con la destreza adquirida en el video-juego "Mortal Kombat", accionó el joystick consiguiendo llevar el camión de los bomberos a la calle donde se estacionaban los autos de la Compañía, bloqueando involuntariamente cualquier intento de salida. Los choferes bajaron de los autos y se la agarraron con los bomberos, que no sabían cómo ni quién ni qué fuerza oculta los había depositado allí, hasta que el chofer de la autobomba dijo "a mí me pegó en el cuello ese yanqui pelotudo con el aire comprimido".
Santorelli, que cobraba trescientos cincuenta pesos por los fuegos artificiales, decidió que era el momento de demostrar su eficiencia, y rápidamente se puso a lanzar morteros, bengalas, cañitas voladoras trazadoras, y hasta le pareció oportuno encender los petardos que le habían sobrado la semana anterior en el partido Personal de Limpieza vs. Departamento de Marketing, auspiciado por la misma empresa TranSudaca. La secuencia de los fuegos y la precisión no serían las mismas, pero Pedro recordó la única frase que había asimilado en su vida: "el espectáculo debe continuar".

Varios tubos de cartón incandescentes, que lanzaban chorros de fuego verdes y amarillos cayeron en forma sorpresiva sobre el escenario.
El tablero electrónico, que Gunther había armado pacientemente con "leds" de nebulizadores y termostatos de heladeras usadas recibió el impacto de una poderosa bomba de estruendo.

Anthony López disparaba sin parar microcápsulas con el rifle, y dejándolo cada tanto apoyado sobre un parlante, tomaba el joystick y se divertía observando cómo Patito y su banda corrían hasta el escenario con los objetos robados al Intendente, los depositaban sobre la tarima y se acercaban de rodillas para pedir disculpas. Funes no podía atenderlos: había muerto electrocutado por un cortocircuito en el micrófono. Era sólo un paté de intendente, las manos crispadas, los ojos fijos en el alemán, que ajeno a todo, seguía saludando a la multitud. En ese momento, la cañita voladora más confiable, la más cara, con explosivos preparados para lanzar miles de luces de colores y generar un espectáculo sin precedentes, desvió su trayectoria y se clavó para explotar en el mismo corazón de la máquina.
Ahí sobrevino el apagón.

La mirada de Gunther se congeló sobre la maqueta humeante, que en la oscuridad parecía una ciudad bombardeada. La réplica en escala de la panadera, una muñequita de rostro hermoso y sonriente, aparecía solitaria en ese universo mínimo y destruido. La gente huía, los directivos de TranSudaca intentaban hacer arrancar sus autos para escapar, mientras los ojos del Intendente muerto, abrazado al pie del micrófono, perdían poco a poco su brillo y tomaban el aspecto vidrioso de los pescados congelados.

Gunther intentó en vano resucitar su creación: presionó todas las teclas, movió la palanca del joystick hacia uno y otro lado. Fueron tres, cinco, diez minutos que parecieron años. Bajó los brazos y un dolor profundo en el pecho le avisó que todo había terminado. Dando la espalda a su máquina, la máquina más perfecta del mundo, se volvió con paso tambaleante hacia la panadera, la única persona que a pesar de todo continuaba a su lado, esperándolo con los brazos abiertos y la sonrisa tímida.

- Siempre te quise- fue lo último que alcanzó a decir.
- Yo también, dijo ella.

Antes de poder abrazarla, las piernas le fallaron y se derrumbó de boca sobre los tablones del escenario.

Unos chicos que permanecían sentados en las primeras filas comenzaron a aplaudir.

Texto agregado el 26-01-2008, y leído por 659 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
21-04-2008 Bueno pues excelente y entretenido. en este capítulo nos brindas un cóctel de caos teledirigido que se convierte en fiesta descontrolada ya acaba en muerte no programada. Excelente!!!Un saludo! josef
20-04-2008 Me dejaste con la boca abierta. Es un relato excelente y con situaciones que van desde lo trágico hasta lo ridículo. Es increíble el manejo de los personajes. Me dieron escalofríos las escenas de tortura y había detectado la similitud entre el intendente y el represor Funes, pero realmente tu imaginación no tiene límites, este capítulo está genial, sin desperdicios. Mis felicitaciones. Un beso y mis estrellas. Magda gmmagdalena
10-04-2008 Puedo tragarme un sapo pero no puedo leer este choclo! ( al menos ahora) mechitagarcia
30-03-2008 Bien, este retrato que haces de la personalidad, y por ende, del comportamiento del “tarado” Gunther tiene casi la jocosidad y el frescor del capítulo II que narraste sobre Guigue. Impresionante, la forma tan divertida y a la vez tan sarcástica, como narras la genialidad de Gunther para vengarse de la obstinada ridiculez al cual fue sometido, constantemente, por los habitantes del pueblo; creando, para ello, una maqueta donde un mecanismo electrónico simula y deja al descubierto la psicología intrínseca de cada habitante del pueblo, que se divertía a costa de la personalidad de Gunther quien era, para los habitantes de ese pueblo, una especie de rareza humana, por el simple de hecho de pertenecer a una cultura diferente, y por creer o tener conocimientos filosóficos-políticos contrarios a todos en general y al gobierno de turno en particular. La supuesta “quema” de Gunther y su “resurgir de las cenizas”, por decirlo de alguna forma, de genialidad total. Especial mención merece la conducta colectiva a la que estamos habituados y que es una especie de herencia cultural de todos los pueblos del mundo. Al final, cuando la maqueta se quema, todos quedan reducidos a la nada, como lo que realmente somos y dejas colocar el mensaje implícito en tu obra de que por mucho que queramos ser diferentes, somos demasiados semejantes. El cierre con la frase: “Unos chicos que permanecían sentados en las primeras filas comenzaron a aplaudir”, es de creatividad total, ya que vemos que es el teatro de la vida lo que aplaudimos todos los días. Narrativa diáfana, fluida de un contenido humano y muy reflexivo, el cual es presentado de una forma sencilla y agradable. Te regalo todas las estrellas que están en el cielo de mi bello lago donde vivo. Un beso y te felicito. Sofiama
 
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