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--Buenas tardes, Dra. Anselma Rodríguez.
--Buenas tardes, bienvenido, Lic. Romualdo Sánchez. Cuénteme su caso.
--Después de pensar mucho, de reflexionar en solitario, he decidido venir a contarle lo que me sucede a usted, que me han dicho es una gran psicóloga, y puede encontrar solución a mi drama. Sé también que es discreta, pues no quiero que nadie sepa lo más mínimo de esta historia, ya que dañaría mi buen nombre social y mis negocios. Además, esto no debe ser contada a gente que dude, niegue la autenticidad de mi historia, y hasta califique de loco a quien narra. Sé que usted sabrá escucharme y me ayudará a encontrar el camino perdido. Sé de lo caro de sus consultas, pero conozco la calidad de su trabajo. Confío en usted!
Enfermedad o virtud, dicha o desdicha, no sé cómo calificar lo que me sucedió. Me dedico a las ventas inmobiliarias, para lo cual mi mente es ágil en buscar las mejores soluciones a los difíciles obstáculos que pone el comprador, hasta convencerlo. Sin embargo, mi mente es pobre y frágil para analizarme a mí mismo, y no logra convencerme de la normalidad o anormalidad de mi situación. Soy Romualdo de Jesús Sánchez Latcham, y mi mujer –la de esta vida- se llama Clara. La de la otra, la de la otra vida, Ariadna.
Todas las noches soñaba con Ariadna, y con los ojos cerrados entraba a su país desnudo, donde la gente nunca conoció la ropa, y eso era ella, una dama desnuda que andaba por calles y avenidas, participaba en recepciones y fiestas y comidas donde también los caballeros -yo me convertí en uno de ellos- también andábamos sin más cubierta que nuestras pieles, sin la sorpresa de nadie. Ella no era una sombra de esas que cambian de nombre y forma o una aventura de las casuales que aparecen en un sueño y no vuelven a dar la cara. No. Tenía casa, nombre, besos, sabía hacer el amor, tenía frases hermosas. Paseaba conmigo por los campos, cocinaba, ordenaba mis ropas en el armario y me perfumaba con una pasión inimaginable en un ser de sueños. Cuando yo salía de su casa al que era mi entretenimiento, -porque allí nadie trabajaba sino que hacía únicamente lo que había seleccionado como su pasatiempo favorito- mientras me desplazaba en el auto por las calles, la llevaba en el pensamiento. Apuraba cada juego del día para volver a casa y continuar nuestra vida de esposos. Me absorbió tanto que cuando yo despertaba en las madrugadas me pasaba horas y horas tratando de volver al sueño para encontrarla. ¡Cómo sufría cuando no lo lograba!
No podía soportar la mirada de Clara, mi mujer de este mundo sin sentir la culpa de serle infiel con la de los sueños. Si mi mujer me abrazaba o besaba o me invitaba a amarla, yo lo hacía, aunque en mi interior fue desarrollándose un fuerte desinterés por ella. Era como si un iceberg fuera saliendo vertiginosamente en mi interior, enfriando la relación con ella y envolviendo mi alma en la niebla, en el enjambre de Ariadna. Un dolor de conciencia me punzaba a cada instante vivido con mi mujer de este mundo, que me grita frecuentemente su necesidad de que le haga el amor. Se duele en las mañanas cuando ve nuestra sábana húmeda de semen. Me dice que en las noches la despierto con raras e inentendibles frases en un extraño idioma, acompañadas de grandes contracciones eróticas en mi cuerpo, jadeos, suspiros. No se lo creí hasta aquella noche en que activó una grabadora de video y registró todo lo que hablé y grité, lo que hice y deshice. A la mañana siguiente me mostró la grabación, en la que de inmediato reconocí mi voz, y a pesar de que ciertamente hablaba en una lengua distinta a todas las conocidas, entendí perfectamente el sentido de lo que hablaba. Yo no tenía idea de la gramática, reglas de pronunciación o escritura de esa lengua, y, sin embargo, extrañamente la entendía. En la filmación no se veía la cama ni mi cuarto, sino una oscuridad iluminada por una madeja de hilos que me envolvían en una bruma gris en la que estaba como si volara, como si la gravedad no me hiciera efectos ni mi cuerpo obedeciera a los límites propios de su estructura sino que me desplazaba en movimientos y curvas que despierto no puedo realizar.
--¿Continúo, Doctora? ¿Quiere más detalles, preguntarme algo?
--Continúe, Lic. Romualdo Sánchez, que va bien. Tomo notas.
Por un instante me creí loco, desquiciado, traumatizado. No supe qué hacer, pero dejé a Clara con el misterio y la duda. Pensé que lo mejor era esperar mi próximo encuentro con mi mujer de los sueños para preguntarle sobre el fenómeno. Me dormí esa noche, y enseguida apareció ella, como salida de entre cenizas celestiales, desnuda como en toda ocasión, con el cuerpo de todas las mujeres bellas que recuerda mi imaginación, me vi otra vez desnudo y empezamos los abrazos. Pero nada recordé de este mundo. Me había ocurrido lo de siempre: cuando entraba allí perdía toda idea de esta vida, olvidaba toda la cultura, mi memoria, todo mi yo se vaciaba como un cántaro se vacía de aire cuando el agua lo llena. No quedaba espacio para nada más que vivir el sueño. No le hablé del asunto, y ella, según su costumbre, no me preguntó sobre mi vida.
Tanto se desesperó mi mujer de este mundo con mis raras noches y por mi carencia de atención amorosa que decidió aprovechar mis contracciones corporales y erecciones motivadas por la mujer de mis sueños, para hacer el amor conmigo sin que yo despertara. Duró mucho tiempo empleando este truco, y cuando me lo contó no le creí. Tan absorbido estaba con la otra mujer que no me daba cuenta de nada. Un día me filmó y pude ver a mi mujer subir sobre mi cuerpo y penetrarse ella misma y moverse y yo moverme. Se veían los mismos hilos de la primera vez que me grabó, pero ahora ellos querían como ahorcar a Clara y a mí, y pensé que debía tener los moratones y marcas, pero no. Nada mostraban nuestros cuerpos ni habían sentido nuestras mentes. En secreto lloré estas infidelidades instintivas contra mi adorada Ariadna.
Mis estadías se prolongaban cada vez más fuera de mi conciencia. Un día desperté mucho más tarde de lo habitual, porque esta vez me había pasado dos años en el sueño, equivalente a unas 6 horas en este mundo. Al día siguiente desperté más tarde porque me pasé unos 5 años en el sueño, que equivalieron a unas 8 horas de este mundo. Muchas veces me quedaba absorto pensando en la incomprensible matemática de estas equivalencias antojadizas, donde en ocasiones un año era igual a 6 ó 7 minutos, 30 segundos o 10 horas de este mundo.
--¿Voy bien, Doctora?
--Muy bien, Lic. Sánchez Latcham. No se detenga, llevo bien el hilo de su historia.

En los días subsiguientes las horas de este sueño aumentaron en proporción geométrica. Más y más y más. Empecé a pasarme varios días consecutivos sin despertar. En el mundo de los sueños llegué a sentir que me golpeaban, me sustraían el alma de una lugar hacia otro, me ponchaban con algo hiriente, pronunciando mi nombre sin voces, y escuchando conversaciones imaginarias. Era un preocupante misterio. Lo consultaba con mi mujer de los sueños, y Ariadna me decía que no le hiciera caso, al tiempo que me abrazaba y al hacer el amor me olvidaba de esas obsesiones. En esta vida, supe que esto lo producían las medicinas inyectadas, el suero y los alimentos Clara me hacía tomar. Rompí mi hábito de cumplir con mi trabajo, compromisos sociales, amistades.
Después de acumular muchas faltas a mi oficina de la inmobiliaria, los días que solía ir me dormía para encontrar a mi mujer de los sueños. Me enfurecí varias veces con mis jefes porque mandaba a que me despertaran. Fueron disminuyendo mis ventas, perdiendo clientes, haciéndome cada vez más huraño y antisocial, hasta que un día el Gerente se enfureció él y me botó. No me preocupé por buscar trabajo ni seguir mis actividades de ventas.
Me quedé en casa durmiendo, y entonces era mi mujer la que me despertaba. Nos invadió el hambre, mis 3 hijos se pasaban días llorando, faltaban sus útiles escolares, ropas, artefactos de uso doméstico se dañaban y no había dinero para repararlos. El hogar se derrumbaba y Clara estaba convencida de mi locura. Aprovechó una madrugada para marcharse dejándome dormido. Al regresar a este mundo y darme cuenta del hecho, no le di importancia. Estaba embebido por Ariadna, mi seductora mujer de los sueños. Pero un pensamiento traspasó como un cuchillo mis neuronas, me sacó de quicio: yo no tenía hijos con mi mujer de los sueños. Me duró varios días la tristeza que me causaba esta idea de no tener hijos que consolaran mi vejez, que me llevaran a pasear cuando flaquearan mis piernas, que me pasaran la comida cuando cayeran mis brazos, o que inocularan el alimento necesario a mi cuerpo durante las largas estadas con mi mujer de los sueños.
Esta preocupación me produjo un insomnio que se prolongó por mucho tiempo. Y en una relación en cadena, como las fichas de dominó se caen consecutivamente empujadas por una, así vinieron los delirios psicológicos, y veía los muebles, las paredes, los cuadros, la gente, como si fueran visiones o sombras de cosas inexistentes, violando las leyes de gravedad, veía dos lugares ocupados por un mismo cuerpo en el espacio, un punto ocupado por dos, el círculo y el cuadrado se asemejaban y los triángulos y el trapecio se entrecruzaban en un viraje contra toda geometría.
Iba a sentarme a un mueble y duraba horas pensando si ese sofá o sillón no serían falsos, si no serian un precipicio, una trampa de la vida para hundirme y matarme en castigo a mis maldades y pecados. Y me aterraba con el león que abre la boca en la pintura colgada en la pared, pues ¿qué engaño contra mí tendría al aparentar ser un pedazo de lienzo pintado, qué ardid para esconder la verdad de que iba a matarme si me acercaba?
A esa cadena de dolores le siguió el peor; como un gigantesco aerolito de mil toneladas cayó sobre mi cabeza la idea de que Ariadna ya no estaría en mis sueños, que ante mi larga ausencia había huido a los sueños de otro hombre, que me había abandonado irremisiblemente, después de tantos días que el insomnio me mantenía aislado de su excelsa presencia.
--Doctora Rodríguez, la verdad es que no sé cómo no morí después incontables días y noches en continua vela y desvarío. Usé todos los métodos para conseguir el sueño. Decidí consumir drogas de todas clases, desde las del antiguo Egipto hasta las del moderno Estados Unidos: pinchadas, bebidas, fumadas, inoculadas, olidas, untadas. Y nada.
Con las drogas me evadía, se alejaba mi espíritu del cuerpo pero no entraba en el sueño, no podía ver a mi mujer. Sólo encontraba monstruos deformes con la cara de la Virgen María, gigantescas serpientes con patas metálicas y uñas eléctricas, elefantes con aletas de pez punzantes en forma de miles de anzuelos, peces que volaban con plumas de afilados cuchillos, árboles con ramas de fuego en forma de rubias melenas y raíces que se abrían como fauces de cocodrilos para comerse ellas mismas, fuegos de agua y vientos de piedra. Lo dejé. Por instantes, era infelizmente feliz con aquellas fantasías pero una felicidad sin mi mujer de los sueños es una maldad.
--¡Oh, llegó usted hasta las drogas, Lic. Romualdo!
Pasé largas horas sin ingerir alimentos. Fumé hasta podrir mis pulmones, perforados por la nicotina y congestionados de su propia materia hedionda y espesa como una mezcla de cemento y arena, y mi cuerpo ya no soportaba más pinchazos. Traté entonces de usar esta dificultad de respirar para conseguir un desmayo. Pero mi conciencia es muy tozuda. Se niega a abandonarme. Finalmente, desarrollé el método de tirarme del pasamanos que separa la sala del comedor, en busca de un desmayo. Lo conseguía, pero el desmayo no es sueño. Me iba de este mundo, lograba doblar de repente una de las esquinas del espíritu y escapar a la conciencia como la mosca se le pierde al elefante al caer al agua. Me iba del peligro de este mundo, pero quedaba en la frontera, en la peligrosa situación donde ni se vive ni se duerme ni se muere. Claro, llegaba cerca del sueño. Lo sé porque en ocasiones oía ecos escombrosos de la voz de mi mujer Ariadna, veía las sombras que podrían ser su luz, pero nada: una conspiración del deseo.
Al despertar de un desmayo, me fijé en mi casa sola, abandonada, sucia, con herrumbre y un penetrante olor que quema las paredes de la nariz como el plomo de las baterías de carro. Pensé en Clara, mi sacrificada mujer de este mundo y en desgraciados hijos. ¿Dónde estarán? Me acosté en mi cama polvorosa, con la sábana revuelta y el colchón a medio caer. Mis pulmones maltratados no pudieron soportar el polvo que me taponaba la nariz. Fui arrastrándome hacia la hamaca de la terraza. Me recosté hasta envolverme, con un libro en la mano y escuchando una música irrecordable que no sé de dónde venía. La traía el mismo viento vesperal y mortecino que acariciaba mi cuerpo.
Por fin me dormí. Encontré de inmediato a Ariadna, pero no quiera usted, Doctora, tener un encuentro así. Había desaparecido todo el mundo de encanto que la rodeaba. Estaba flaca, vieja, con los ojos desorbitados, y aunque conservaba su belleza, de nada le valía ni me valía, porque iba sangrando en el aire, corneada por una vaca que volaba sin alas. Ambos cuernos entraban por su espalda y salían por su vientre. Lloré mucho, hasta que me consoló el recuerdo de mi otra mujer, de Clara y de mis hijos.
Pensé que me quedaban vivos mi mujer e hijos de este mundo. A ello contribuyó el hecho de que por primera vez en el sueño yo podía recordar mi otra vida, y pensé que había logrado el milagro de juntar una existencia con la otra. Y así fue. ¡Ay, pero de qué manera! Al mismo tiempo que me cruzaba este pensamiento, aparecieron ellos sangrando, mientras escuchaba la explosión que colocaba la última bala de mi vieja pistola en la sien de Clara. Mi conciencia se tranquilizó al ver mi cadáver cayéndose a pedazos de la hamaca, aunque ello no me impidió sentirme culpable.
De repente, desperté y me vi pasando por una larga y solitaria agonía de mi cuerpo, que pendía bajo el techo en la habitación de mi hijo mayor. El último pensamiento que como abeja vuela alrededor de las neuronas es la idea de que una noche él ha de encontrarme cayendo pedazo a pedazo, mientras mi ser se mece como el péndulo que siempre fue.
--Dígame, Doctora, ¿Qué me sugiere, qué hago?
--No hay nada que yo pueda hacer. Usted está muerto.
--¿Muerto?
--Sí. ¿Quiere comprobarlo? La puerta de mi consultorio está cerrada. Intente salir sin abrirla, y ya verá.

Texto agregado el 28-01-2008, y leído por 474 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
26-02-2009 Es un cuento perfectamente ordendo, pulcro, en donde todo esta en su lugar. Me gustaria meterme adentro, ser una intrusa y alborotarlo todito y darle un poquito mas de gracia. Perdona la broma. Estuvo muy, muy pulcro. Me encantaria tirarle una migajita de pan, de aceite o alguito mas. Te noto muy serion, pero talentoso. Suerte en tu creacion. Un abrazo inkaswork
11-03-2008 tan muy bueno esta. emosionante. quisiera verlo cine. se necesitan cuentos asi de suspense sin tanto palabra y palabra patriciowk
03-03-2008 Hola! En primer lugar gracias por leerme. En segundo te quería agradecer por invitarme a leer PENDULO. Me gustó. Esta muy bien narrado. Al parecer ambos cuentos son similares, en ambos hay romances en sueños. Saludos Alina
07-02-2008 Estás hecho el Allan Poe de la página, jajajaja... Con sus diferencias a favor... ¡Para que repetir el nombre del gran literato! jajajaja... Con la próxima entrega separa los párrafos, que a la gente mayor, como yo, se le hace más agradable la lectura, Delfín. (El comentario de Ysobelt es muy acertado) maravillas
07-02-2008 Es un cuento de taller, es correcto porqué cada reacción está por delante de una acción, todos los clavos tienen cuadros y de allí no hay nada que nos haga decir que sea malo. El problema viene cuando al cuento le sobra la técnica y se vuelve intermedio. Hay que despegarse, a veces, de los talleres. La voz del doctor pudo haberse evitado, así el discurso del protagonista, bastante elaborado, hubiese quedado más creíble. La última etapa me ha gustado, es como el final o el comienzo de un capítulo de la dimensión desconocida. En fin. Un saludo. Ysobelt
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