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Debo reconocer con un poco de vergüenza que hasta el último momento esperé el milagro.
Ayer domingo, los latidos de mi pecho se congelaron y mi respiración se sentía agitada.
No recuerdo haber tragado tanta saliva en mi vida. Los pasos eran pesados, lentos y la cercanía de tu cuerpo me hacía casi imposible el seguir andando. Y Valentina, siendo tan encantadora como siempre, saludando a Humberto que le decía lo hermosa que estaba. Por supuesto tu pecho se infló de orgullo.
Luego, reanudar la marcha, y me sentía como el cuerpo en su propio ataúd de carne, esperando, paciente, llegar hasta la tumba 206, que te llevaría hasta tu casa y te alejaría de mi vida, quien sabe por cuento tiempo, porque tiempo me pediste y yo te otorgué, aunque desde ahora la palabra tiempo la quiero eliminar de mi existencia, porque me golpea en el bajo vientre cada vez que la oigo.
Recuerdo la última mirada, mientras esperabas la micro. Estabas esperando que dijera algo, mientras yo esperaba (y reprimía una lágrima) que me sonrieras y te lanzaras a mis brazos para besarme y decirme que todo lo malo era una broma, que aún me amabas, me deseabas y que te perdonara. Pero parece que es cierto que los milagros murieron en una cruz, porque mi esperanza tuvo que observar inerte como tu cuerpo era consumido por esa bestia amarilla y te arrastraba lejos de mi vida. No sé cuento tiempo mis ojos intentaron grabar su recorrido y te gritaban que no te fueras, pero el salado líquido en ellos apagaron su voz y las preguntas sin respuesta ocuparon cada uno de los rincones de mi mente para martirizarme y complicarme aún más la vida. Acaso no basta con que hayas decidido alejarte.
Ahora estoy aquí, tratando de reflejar lo que ha sido el primer día de vida después de mi muerte, aunque no sé si estoy más muerto que vivo, porque te recuerdo, el motor de mi cuerpo es tu recuerdo, pues mi corazón te lo llevaste aferrado al tuyo.
Fue un día difícil, mas por suerte ajetreado, bastante trabajo y distracción. De hecho, el momento más complicado del día recién llegó a la hora de almuerzo, cuando tuve que confirmarle a mis amigas Magali y Sarita, que lo nuestro había acabado. Quise huir, alejarme para comer solo, pero ellas no se lo merecen. Además, conversar con ellas me hizo muy bien. Son grandes amigas. En los ojos de Magali mi pena se hizo suya. Y me sentí comprendido, al igual que tú, fuiste totalmente entendida.
Bueno, este es sólo el primero de muchos momentos que compartiré con mi soledad. En cada uno de ellos contaré lo que me va pasando día a día desde que por motivos aún para mí desconocidos (o quizá que no quiero reconocer) dijiste que tu amor por mí se había acabado y que querías un tiempo (maldita palabra) para pensar y recomponer tu vida, dejándome exiliado de tu lado, condenado a sufrir la espera de una posible (aunque ante mis ojos, casi imposible) reconciliación. Espero que el tiempo (maldito vocablo) quiera recuperar mi cariño y me enseñe que estaba equivocado.
Ahora te dejo, espero poder escribirte un día de estos cosas alegres, como el hecho de que mañana te veré en ensayos, donde cumpliré, como hombre que soy, la promesa de verte ahora como una amiga, y ayudarte a ti a verme como un amigo. Aunque por dentro sea desgarrado por la rabia de amarte y verte lejana. De sentir cercanos tus labios y no poder alimentarme de tus besos y reconfortarme con tus abrazos. Mas ya no está y lo prometido debo cumplir.
Hasta mañana, Pamela. Y grito te amo; quién sabe que mi pensar te lleve este mensaje hasta tu hermosura y me pienses un poquita también.

“Mátame con un “no te amo”,
pero por favor,
no mantengas mi agonía
alimentada con la incertidumbre
de tu decisión.”

Texto agregado el 30-01-2008, y leído por 93 visitantes. (0 votos)


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