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Amanecí con la idea fija que hoy me voy a morir. No sé de que modo la etérea dama de concretas acciones se dejará caer sobre mi aterrorizado pellejo y por lo mismo, al levantarme de mi cama reviso mis zapatos antes de embutírmelos, no vaya a ser cosa que una tarántula venenosa esté al acecho dentro de uno de ellos para morderme e insuflarme gratuitamente los pasajes de ida al más allá. Me imagino transformado en un gaseoso fantasma, para cuya caracterización es bien poco lo que va restando porque, a decir verdad, en cierta forma ya lo soy. Luego de estas filosóficas elucubraciones, parto a afeitarme y antes de pasarme la afilada hoja por mi gaznate, ensayo un tímido padrenuestro que va aumentando de intensidad a medida que el filo roza peligrosamente mi yugular. Enciendo la cocina y la llama arde furiosa bajo la tetera que comienza a silbar algo sospechosamente parecido a la marcha fúnebre. Vierto con sumo cuidado el agua hirviendo sobre la taza en la cual esperan coludidos el café y el azúcar. Teniendo la cautela de no derramarme el contenido en el cuerpo y sufrir severas quemaduras, unto la mantequilla sobre la tostada caliente recién acabada de emerger del aparato eléctrico, el cual había encendido tomando todas las precauciones del caso. Salgo de mi casa para dirigirme a la oficina, no sin antes cerciorarme que la cornisa esté en su sitio, que no estén lloviendo ascuas del espacio exterior y que no ande merodeando un asesino serial buscando su víctima propiciatoria. Mientras desayunaba, leía que un francotirador se había atrincherado en la mansarda de su vivienda y había comenzado a disparar a los transeúntes como si fuesen patitos de feria. Antes de ser abatido por la policía, alcanzó a dar en el blanco en tres ocasiones, llevándose, no tres ositos de peluche, sino las certeras balas de las fuerzas del orden. Un vecino que poco conozco, se asoma a la ventana de su dormitorio que está en un segundo piso y yo, instintivamente, me oculto detrás de un poste de la luz. Asomo mi cabeza con mucho cuidado, no vaya a ser cosa que el delincuente aquel me despeine con un disparo calibre 38 y allí se termine para siempre la historia de mi vida. No sucede nada porque el asesino, hoy al parecer, ha saciado sus ansias de sangre, ultimando de seguro a su esposa y a su suegra.
Cruzo la calle con extrema cautela puesto que un automóvil se aproxima raudo diez cuadras más abajo y bastaría un tropezón, un repentino desmayo o una parálisis, para que yo quedara a su merced en medio de la calzada. En el extremo opuesto, un hombre barbudo y greñudo se queda mirándome con fijeza y de inmediato las imágenes de mi vida comienzan a pasar velozmente en mi cabeza. Siento que ahora si va a suceder. El tipo se aproxima, en breves segundos va a extraer un puñal de sus bolsillos y me lo va a enterrar en pleno corazón.
-Flaco ¿Eres tú? ¿El Pacheco?
-S sS ss si…soy …yo. ¿Y…usted…qqq quien es….?
-Vamos, Pachecote hombre. ¿Así que ahora no reconoces a tu compañero de curso, el fiel Horacio Carez?
-¡Horacio! En realidad nunca lo hubiese reconocido con esa chasca de hippie y esas barbas de patriarca. Conversamos un momento breve, yo al aguaite que el amigo este no haya enloquecido y de veras ande trayendo entre sus ropas un arma homicida para darme el bajo.
Cuando me desembarazo de mi ex compañero, miro mi reloj y me doy cuenta que estoy muy retrasado. Hoy justamente vendrá el Gerente General y es de aquellos tipos que están media hora antes que se inicie la jornada. Apuro el paso, me encaramo a un microbús que va repleto, por lo que tengo que irme equilibrando asido de una simple manilla. Bastaría que el aparato sufriera la llamada fatiga de material para que yo saliese despedido por los aires y si te he visto no me acuerdo.
Nada malo ocurre, sin embargo y llego a mi trabajo a las ocho con veinte. El Gerente me contempla con esos ojos de tigre viejo que me hacen temblar, sin decir ninguna palabra. Me acomodo en mi escritorio y veo la ruma de papeles que esperan. Es la tarea que me ha sido asignada. Siento que me voy a desmayar, veo las caras difusas, las luces que se van apagando, el techo…¡Cataplún!
Una baja de presión. Me llevaron donde el paramédico, quien me derivó a la clínica más cercana. Tres días de licencia.

Acostado en mi cama, cuando el reloj marca las 00:01, repaso lo que fue este día. A no dudarlo, hoy la muerte me estuvo rondando…

Texto agregado el 06-04-2004, y leído por 313 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
07-04-2004 Bueno el décimo de lotería ya lo compramos al nacer. Hay que esperar sólo que toque. Besos maravillas
07-04-2004 je,je,je,je, el trabajo nos matará a todos, que disfruté leyendo. barrasus
07-04-2004 ostras¡¡¡ bUen texto saludos, Gui Besos monilili
07-04-2004 !Pero que bueno! divertidisimo y encantador yoria
06-04-2004 Guiiiiiii me rei comno no tienes idea, pues si esa era la intención qque bien, si la idea era prevenir la muerte, ñues no le atiné. me ha dado gusto leerte ruben sendero
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