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LA MALETA.



La maleta..


Cuero marrón extraído de la piel proveniente de la más fina res, su contorno enmarcado por tres letras en la solapa, ellas; A B y C en colores primarios, a eso le agregamos tres figuras abrazando las letras y tenemos como resultado el objeto de mi deseo, la posesión que siempre quise tener cuando niño: La maleta. Mientras tanto yo embelesado mirándola a través de la vitrina de acrílico transparente, justo ahí en la parada del bus, donde apareció ante mi sin avisar, como ocurren las grandes cosas. Cada vez que la veo suspiro, pienso y me digo: ¡Que desperdicio! es perfecta y ahí pudriéndose como un simple anuncio publicitario, frente a ella me dan ganas de pasar mis dedos sobre su A, su B o su C, bordear sus relieves, inspeccionar cada uno de sus bolsillos, hacer sonar sus hebillas de cobre, llevármela para mi casa y liberarla de esa cárcel de acrílico, llenarla de papeles, colocármela de medio lado, con la correa corta, con la correa larga, en fin llevármela para todos lados. Pero la maleta siempre está sola en la parada del bus frente al centro comercial; donde todos los días me bajo para caminar hasta mi trabajo como vendedor de zapatos en el local de mi cuñado, y a donde vuelvo para esperar el bus de regreso, a veces me quedo horas viéndola y hasta he dejado pasar de largo uno que otro por quedarme allí. Una tarde de enero mientras esperaba, mi mente se trasportó treinta años atrás, a ese día en el que mi papá compró la primer maleta para que yo llevara a la escuela los cuadernos, en esa época entraba a tercero y creía que era muy grande ya como para irme solo, llevar dinero para comprar onces y no arrastrar más lonchera, quería una maleta de cuero marrón con letras de colores como la que estaba en la vitrina, pero mi papá me compró un morral de lona, color azul oscuro con un estampado en caucho que decía “MEMORY” en el centro del bolsillo exterior, la miré y directamente leí eso que no entendía: me..mory… ¡No! Yo no me he muerto… no entendía por qué mi papá me había comprado ese morral, si yo no estaba muerto. Desde ese momento odié mi morral, lo odié tanto que tres meses después lo había dejado abandonado cambiándolo por una mochila de hilo con estampados de unos pequeños patos.

El plan..


Ayer, al final de un largo día de trabajo en la tienda de mi cuñado, después de haberle probado zapatos a cuarenta y dos mujeres indecisas, doce hombres inconformes y a tres niños distraídos; caminé hasta mi feliz encuentro con ella, me senté en la silla de acero inoxidable que sirve como amueblamiento urbano, y entonces una pequeña voz dentro de mí gritó –róbesela-, ahí decidí robarme la maleta de la vitrina. En ese mismo instante comencé a identificar las posibles soluciones al conflicto que nacía en mi mente, la solución más primitiva y fácil era traer un ladrillo, partir el acrílico de un solo y certero golpe, luego disponer mis poco atléticos pies para correr, y huir con la maleta hasta algún lugar seguro, o también podía esperar hasta que la noche con su oscuridad me dejara actuar con mayor libertad como para traer un taladro percutor, caladora y así extraer la maleta con la finura de un ladrón de joyas, pero para eso debía encontrar un suministro de corriente alterna a 110 voltios y una extensión eléctrica lo suficientemente larga y de buen calibre como para garantizar que el amperaje no decayera y así poder conectar el taladro y la caladora, cosa que me pareció poco práctica. Otra opción que tuvo sus cinco minutos de gloria fue la de robarme todo, para tal empresa debía alquilar un cargador para arrancar la valla desde sus cimientos y luego trasportarla por la avenida 68 unas cien cuadras hasta el sur, para entonces poder romper el acrílico con total tranquilidad, pero los embotellamientos que se generan por la venta de mazorcas asadas y chuzos refritos en la esquina del centro comercial donde trabajo, me hicieron abandonar esta idea. Pasaron tres semanas y no tenía nada claro, las posibilidades eran cada vez menores y además me agobiaba pensar que otro ladrón con menos escrúpulos pudiera ganarme de mano, entonces recapacité, yo no era ladrón, ni mala gente, ese no debía ser mi estilo y la idea de robarme la maleta entonces había muerto.

La resignación..


Si no estoy mal eran las nueve de la noche y estaba por terminarse la última emisión del noticiero para ese día; era el miércoles 23 de enero del 2008, me senté en la cama del cuarto y una imagen a blanco y negro llenó de luz mi afiche azul y blanco de mi equipo del alma con sus trece estrellas, llegó hasta la sábana azul estampada con el escudo y los autógrafos de los cien últimos jugadores que vistieron la camiseta del balet, esa misma con la cual duermo todas las noches y con la que espero casarme y morir, la camiseta azul. La consigna que me trasmitía la televisión era simple pero poderosa, marchar, salir el 4 del siguiente mes a marchar en contra de esos los de las Farc- ¡Eso era lo que necesitaba!- me dije, había encontrado una nueva bandera, una causa por luchar y así sacar de mi cabeza esa idea tonta de robarme una maleta de letras. Apenas se termino el noticiero y con mi corazón hundido en el patriotismo comencé a llamar a mis amigos para convocarlos en un solo grupo para salir a machar, al primero que llamé fue a John Jairo:
-John Jairo… ¿Como está?
-Bien parce y voz.
-Bien Chino, mire, es que llamaba para invitarlo a que armemos un combito así bacano con los amigos para ir a lo de la marcha.
-Claro, además fíjese que mandé a estampar 500 camisetas, yo se las distribuyo parce, baraticas, no mas es que diga cuando y… -¡le hacemos!-
-Listo chino así quedamos.
-Se cuida mijo.
-Se cuida.
Ya tenía enlistado a JJ y así seguí casi hasta media noche, a esa hora había organizado dos cuadrillas de quince personas y solo era mi primer día de convocatoria, estaba ansioso y antes de acostarme llamé a Javier Martínez; el loco. Para asegurar un marchante más.
-Javi, ¿como está?...habla con Pérez del colegio.
- Hola compadre.
-Bien Chino, mire, es que llamaba para invitarlo a que armemos un combito así bacano con los amigos para ir a lo de la marcha, ya tengo como quince personas y John nos va a vender las camisetas baratas y de las que no se destiñen.
-No hermano, es que en estos momentos estoy en un proceso retrospectivo el cual no me permite hacer otra cosa diferente a meditar sobre el yo interior, mi pasado, mi recorrido en esta vida y sus efectos sobre el presente y el posible futuro. Pero bien por ustedes, que la gocen, si eso hace más livianas sus culpas por tantos años de simple expectación, aligerando el hecho innegable de ser solo testigos mudos de una realidad más cruel que la ficción… bienvenido sea.
- Bueno, solo es una propuesta, ahí se la dejo de tarea, cualquier cosa nos reuniremos cerca a la casa de John Jairo, para lo de las camisetas…chao.
-Hasta luego.
Tengo que aceptar que nunca he entendido a Javier, con él siempre existe el riesgo de perder, Javier es un caso perdido, y ésta vez había perdido. Pero no me dejé desanimar y la convocatoria siguió creciendo con un efecto “bola de nieve” abrumador, por todos lados solo se hablaba de eso, los noticieros acaparaban las emisiones informando y haciendo reportajes al respecto, en todas las esquinas se podían conseguir banderitas y camisetas blancas. Esto era una fiesta completa, y lo mejor para mi es que era la redención ante el abandono del plan para robarme la maleta, no estaba dispuesto a un nuevo fracaso, suficiente tenía con tener que verla todos los días en la parada frente al centro comercial como para dejarme vencer.
Faltando un día para la marcha teníamos un buen grupo particular de caminantes, en total doscientas personas entre amigos, parientes, conocidos y hasta desconocidos que se habían unido a la causa, teníamos tres pancartas con mensajes como los que veíamos en la televisión, catorce arengas totalmente ensayadas y organizadas para imprimirme momentum dramático a la marcha, programadas e intercaladas con la entonación del himno nacional y sus desconocidas doce estrofas. Entre nuestro grupo habían subgrupos como: los encargados de la hidratación; doce voluntarios provistos con agua en presentaciones de pequeñas bolsas: los que llevaba las pancartas; entrenados para soportar el peso de los parales, la tela y el efecto del viento: los que comenzaban las arengas; preparados con megáfonos y organizados a cierta distancia dentro del grupo, y hasta estaban programados los que nos aplicarían el protector solar y los que llevaban mandarinas para repartir a los marchantes. Muy seguramente iríamos a ser el grupo mas organizado entre el millardo de caminantes que se esperaba para la jornada, estaba feliz porque todo estaba saliendo tal y como estaba programado.

El día de..


Ese 4 de febrero de 2008, me desperté temprano como cualquier día, realicé los respectivos rituales matutinos, tendí mis sábanas acolchadas y azules, colgué mi pijama-camiseta-mortaja en el gancho que solo uso para colgar esa camiseta azul, limpié los afiches de mi equipo del alma, me vestí totalmente de blanco y en mis oídos coloqué los audífonos del radio que llevo al estadio cuando hay futbol y con los cuales he llorado, reído y sufrido a la par con mi equipo, estuve a tiempo en mi trabajo y a eso de las ocho de la mañana salí hacia la casa de John Jairo por las camisetas para la marcha, en mi morral llevaba las fotocopias de las arengas para repartirlas en el grupo, la tela con el estampado del mensaje y en mi mano izquierda los palos para apoyar las tres pancartas. Salí del centro comercial y pase frente al anuncio donde se encontraba la maleta de cuero con letras, la miré sin rencores como quien mira por primera vez algo que le es indiferente, me sentí aliviado porque tenía en mi mente algo serio para luchar, sin ninguna angustia en mi pecho me alejé de ella, caminé hasta donde John y fui el primero en llegar, la pequeña vivienda se veía tranquila, como si nadie se hubiese despertado aun, toqué a la puerta y nadie abrió, toqué como veinte veces y nadie abrió, entonces fui a la tienda de la esquina y lo llamé por teléfono pero no contestó, lo llamé al teléfono celular y tampoco contestó, mientras le enviaba un mensaje de texto a John buscando que me devolviera la llamada, los convocados para conformar nuestro grupo de marchantes comenzaron a llegar e impacientes preguntaban por las camisetas que ya habían pagado, y que según John Jairo a 30 mil pesos eran una ganga por la calidad y el estampado, en menos de media hora todos habían llegado, la radio azul me decía que las calles estaban llenas de gente que gritaban ¡Libertad!, ¡libertad a los secuestrados!, y yo para tratar de apaciguar los ánimos les repartí las copias de los himnos y las arengas a quienes esperaban las camisetas, organicé los subgrupos, hasta cantamos el himno nacional, completo, con sus doce estrofas, para tratar de calmar los ánimos repartimos las mandarinas y el agua, nos aplicamos el protector solar, pero no sabía nada de John. En ese momento y al ver que me había quedado mal salí corriendo dejando al grupo de gente esperando impaciente, fui directamente hacia el centro comercial con una pancarta en mi mano y mi morral vacío, seguro de encontrar a algún vendedor de camisetas en la esquina del lugar, tal vez al lado de los vendedores de mazorca asada y chuzo refrito. Llegué tan rápido que no me di cuenta que ya había llegado, reaccioné cuando en la radio comenzaba a sonar el himno nacional dando comienzo a la manifestación, mire a mi alrededor, la avenida 68 estaba vacía, no había nadie en la esquina del centro comercial, ni en la acera del frente, a duras penas pasaba uno que otro bus también vacío, estaba solo en la parada del bus, en ese amueblamiento urbano de acero inoxidable, ahí en un anuncio publicitario de una maleta de cuero color marrón con letras de colores, preso de ira cogí a golpes el acrílico de la valla y mis manos se rompieron primero que el acrílico y la madera se dobló pero seguí golpeando, gritando ¡Libertad! ¡Libertad para todos los secuestrados! ¡Libertad! ¡Libertad para todos los secuestrados! Y seguí golpeando la valla hasta que cedió y la maleta quedó libre, entonces la tomé entre mis manos y la guardé en mi morral, con la tela de la pancarta que había preparado para la marcha forré la valla para que no se dieran cuenta tan pronto de la ausencia de la maleta, dejando hacia el frente el letrero que decía: ¡Libérenlos ya! Y hacia atrás ¡No mas Farc!, en ese momento mi teléfono celular sonó; era John Jairo que había llegado con las camisetas y que me estaba esperando frente a su casa.

Bogotá, 10 febrero 2008.
FIN

Texto agregado el 10-02-2008, y leído por 437 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
24-08-2008 narrativa, sorry! migueltr
24-08-2008 Que coincidencia, en 6 dias tendremos en Mexico una marcha igual, voy a pensar que me robo... Excelente texto, me gusta tu narratica. Estrellas y Saludos! MTR migueltr
13-02-2008 Eso no es mucha maleta… es mucho ladrón… ENCUENTRILLO
11-02-2008 ¡eso si es mucha maleta! DalaiLama
 
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