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La muerte de Yolanda.

A la memoria de Yolanda Vargas Calderón.

Pareciera que la muerte de Yolanda desató dentro de mí nudos que siempre debieron estar amarrados, y a la vez surgieron algunos laberintos. Nudos ciegos, laberintos oscuros. Presiento que después de eso comencé a sentirme extraño, como nunca me había sentido, como si hubiese atravesado un portal o una energía desconocida. Como si hubiera vuelto a nacer o como si me estuviera despertando de un largo letargo. No lo entiendo completamente, aun no.
Afuera llueve. Dentro de mí también llueve. El cielo está rojizo, me gusta cuando el cielo está así y llueve, como lluvia ácida. Pareciera que la muerte de Yolanda trajo toda esta lluvia y esta sensación de atisbo crucial. Las personas transitan desesperadas, tal cual deben transitar en la sala de espera de un hospital, los camilleros llevan cuerpos ensangrentados a urgencias, se escuchan quejidos y el frío me rodea de una manera extraña, inquietante. Me arden los ojos y el cuerpo se me ha entumido pues llevo aquí sentado un buen rato. Frente a mí aparece de pronto una bata blanca que, a estas alturas de las circunstancias, ya me resulta familiar: es el doctor de nuevo. ¿Quiere entrar a verla por última vez?, me pregunta. Por última vez. Que raro suena eso, aunque sepa que no es la última vez. Yo no le contesto, sólo me paro y asiento con la cabeza.
Nos perdemos por varios pasillos. No me gustan los pasillos de hospital. No me gusta el olor de un hospital. Bueno, ¿a quién chingados le gustará un hospital? Sólo a los doctores, supongo. Ellos se ven felices siempre en los hospitales, sonríen y platican entre ellos, higiénicos, desinfectados, serenos, cuentan chistes de borrachos a lado de un señor con cirrosis, se dan el tiempo de flirtear con las enfermeras, hasta comen aquí mismo, cerca de la sangre y los bisturís, cerca de la agonía. Aunque indudablemente para un herido de muerte no hay lugar más prioritario que un hospital en esos momentos.
En menos de lo que me esperaba estoy adentro, de nuevo. Hace ratos estuve con ella aquí mismo, precisamente cuando murió. Afuera, la tormenta. Afuera el cielo enrojecido cruje por los rayos. Y frente a mí, sobre una cama de hospital, está Yolanda. Más bien, el cuerpo recién muerto de Yolanda.
Se murió precisamente cuando yo la cuidaba. Y el infarto que la hizo caer en coma sucedió cuando comíamos juntos, mojarras al mojo de ajo. El doctor me pregunta si puedo realizar los trámites ahora, el tedioso papeleo, blablablá. ¿Quién diría que aquella mujer tan hermosa y llena de vida se vería así como ahora, con la boca torcida, los ojos como salidos, la piel sin color? Quieta. Sólo así pudiste estar quieta.
Suena mi celular, es mi jefe. ¿Dónde estás?, pregunta. Se ha muerto, le contesto. Un confuso silencio inunda la bocina. (….) ¡Aaah!, sí, sí, cierto, olvidaba que estabas en el hospital, ¿cuánto más vas a estar ahí?, te necesito por aquí. Sólo firmo algunas cosas y voy, le digo. Apresúrate, pues, y… por cierto, lo… tú sabes, lo siento, y cuelga. No es cierto, yo sé que no lo siente. Por qué habría de sentirlo, ni siquiera la conoció. Dar el pésame es absurdo la mayoría de las veces, es una frase protocolaria para adornar la muerte de congojas y lamentos. Ni siquiera sé si yo lo siento lo suficiente, ni siquiera recuerdo haber llorado como los demás, no emití indicio alguno que demostrará realmente lo que sentí, simplemente pasó, se fue. Ya fue.
Antes de salir le digo a mis dos hermanas que alguien más se tendrá que encargar de los papeles. Hagan los trámites, necesito regresar a mi trabajo, luego me dicen cuánto gastaron, yo me encargo de eso. Yo tengo que irme. Pero si tú eres el hombre, dice una de ellas. ¿Y eso, en tus conceptos, qué diantres significa, María Gabriela?, pregunto yo. ¿Ya vas a moler a palos a algún deudor?, inquiere Berta, demasiado sardónica, yo le muestro el dedo ofensivo mientras me encamino a la salida, sintiéndome totalmente estúpido por haber actuado como personaje de película gringa. Dejo atrás la sala de hospital esquivando las pesadas miradas de los familiares, de los allegados, nunca he sido muy cercano a ellos. Al salir soy mojado por una violenta ráfaga de lluvia, llueve en cascadas, el cielo se desborda sobre la ciudad. Llego a mi auto. Me dirijo al trabajo.
Mientras circulo por el libramiento pienso en Yolanda, en cómo será ahora que estemos sin ella. Gracias a ella es que podíamos juntarnos de vez en cuando, para comer o cenar, y aunque a veces las discusiones y las diferencias no se hacían esperar, generalmente eran unas reuniones placenteras, funcionaban por el hecho de llevar suficiente tiempo sin vernos. Casi siempre las discusiones eran acerca de mi trabajo, de mi estilo de vida, cosa por la cual, varias veces yo no asistía. Pero Yolanda insistía en que fuéramos. Son hermanos, deben estar unidos, son familia, y mierdas como esas, no la juzgo, eran sus ideas. Yo aprendí a querer a mis hermanas a mi manera, cuanto y más a Yolanda. Por eso decidí alejarme desde hace tiempo, irme a otro lado con mi canción. Pero eres el mayor, ¿qué clase de ejemplo crees que les das a todos, a tus sobrinos?, decía mi hermana, la que sigue después de mí, María. Y Yolanda intervenía con algún comentario o diciendo si recordábamos esto y aquello, ¿se acuerdan cuando…?, intercediendo por mí, déjenlo, déjenlo, ya saben que en esta familia no se juzga a nadie. Fin de las discusiones.
Yo recuerdo a Yolanda, su sonrisa detrás de unas obleas de cajeta Coronado, con su cabello siempre suelto, dorado, reflejando destellos, con aroma a atardeceres de pan de mantequilla hecho en casa y a dulces del estanquillo.
Yo recuerdo a Yolanda, me pinta unos bigotes con su lápiz delineador, me arregla un sombrerito y yo le lloro y le jalo la falda, porque no quiero salir de juandieguito mamá, no quiero ser juandieguito.
Recuerdo a Yolanda, dormía desnuda, la observaba con toda la curiosidad y malicia de mis ocho años, la había visto desnuda toda mi corta vida pero aquella vez era diferente, recién había copulado con mi papá, que nos visitaba del gabacho, por cierto, esa fue la última vez que lo vimos; esa ocasión me escondí en el ropero de Yolanda, creo que estaba jugando, de pronto entraron al cuarto ella y mi padre, comenzaron a desvestirse y a coger frente a mí, ellos no lo sabían pero yo estaba ahí, viendo aquella tremenda embestida que mi padre le propinaba, escuchando cada gemido de placer, observando sorprendido ese extraño y epicúreo frenesí de los cuerpos; luego terminaron, él se despidió y Yolanda entró después al baño, recuerdo perfectamente que orinó por largo rato, aún suena en mi cabeza el chorro de su orina cayendo en el agua de la taza, después regresó a la cama y se durmió desnuda. Yo me quedé dormido tambien, pero al poco rato desperté y salí para verla, para observar aquella hendidura debajo de esa gran mata de pelo oscuro y crespo, me acerqué a ella para olerla, para sentir su olor, un olor fuerte, penetrante, estuve así varios minutos, extasiado; desde ese entonces comenzó mi curioso vicio, mi curiosa fijación. Recuerdo cómo me echó aquella vez de su cuarto, cuando despertó y me miró olisqueando su vagina, ¡eres un cochino!, me dijo, ¡cochino, cochino!, y me sacó a golpes y regañadientes.
Yo recuerdo a Yolanda: su bata para dormir movida por el viento, al igual que sus cabellos, mirando con una tremenda tristeza, con una gran melancolía, hacia el horizonte, recargada en el barandal del balcón, mis hermanas y yo abrazados pues nunca la habíamos visto así, llorando tan desconsolada, tan desolada, repitiéndose a sí misma, no necesitamos de nadie, no necesitamos de nadie, no necesitamos de nadie. Sus lágrimas salpicaban mi rostro pues había mucho viento. Y no necesitamos de nadie.
El ventilador es de esos viejos, de aspas metálicas oxidadas pero filosas, hace un ruido muy extraño al funcionar y pareciera que fuera a caerse del techo. Creo en mi mente la posible escena si esto sucediera: tanto mi jefe como yo quedamos sin cabeza, chorreando sangre y manchando la alfombra y las paredes. Pero no pasa nada, él está hojeando unos papeles del otro lado de su escritorio, con toda su vasta obesidad, la camisa de vaquero (esto lo deduzco porque trae un estampado donde se ve a un vaquero montando a un toro), abierta hasta el principio de su panza, la cual casi se confunde con el pecho que enarbola una resplandeciente medalla de la santa muerte, haciendo cuentas en una calculadora, mientras come una hamburguesa retacada hasta el tope de carne, catsup y mayonesa, hasta se le escurre entre sus dedos, llenando todo lo que toca con grasa, mentando madres entre cada masticada. ¡Estos hijos de su puta madre qué se están creyendo!, dice, y vuelan pedazos de comida por el aire. Ni crean los verguitas que se quedarán con mi dinero. Y ya apunta y raya y suma números, cifras, cantidades, manchándolo todo.
Mi jefe es “una persona de negocios muy peculiar”, dicho en sus propias palabras. Comenzó a ser una persona de “buisnes”, vocabulario tambien de mi jefe, hace varios años atrás, prestando dinero a gente que de verdad lo necesitaba, gente que quería dinero para la operación de vida o muerte de algún familiar, pobres diablos que debían pagar la renta, perdedores oficinistas con familia que mantener, gente endeudada con otras personas, apostadores de poca monta, adictos a algún vicio. Es decir, le prestaba a quién realmente estuviera jodido y necesitara de una luz. Pero cuando cobraba y no le pagaban, y resultaba que además las personas eran morosas (y, obviamente, la mayoría eran así), se tardaban meses y le daban la vuelta al asunto, Evaristo iba con unos amigos que habían estado en la milicia y a veces la hacían como orejas o madrinas de la policía, se presentaban en la casa del deudor, vestidos de tiras, con placas falsas, le propinaban una gran madriza, además de llevarse aparatos eléctricos o cualquier otra cosa de valor a cuenta del adeudo, hubiera familia presente o no. Por eso buscaba a lusers, a pendejetes faroleros que toda su vida han sido atropellados por otros, al ciudadano común, “comiun pipol”, decía siempre en su inglés de audiocaset.
El negocio prosperó, pues en cierta ocasión Evaristo prestó una gran suma de dinero a un comandante de policía, conocido de sus amigos ex milicos, y nunca le cobró; algún día necesitaré de tu ayuda, es mejor tener a la ley de mi lado, le dijo, ya sabe usté cómo opero, may chij, y con el pasar del tiempo el comandante ascendió a un cargo más alto, un cargo político, de peso. Evaristo no desaprovechó la oportunidad y amplió su cartera de “clientes potenciales”, ahora buscaría perdedores pero de nivel social más alto, total, siempre abundan en todos lados, pensó, y, gozando de la protección de cierto presidente municipal, antes comandante de policía, Evaristo, ahora Don Evaristo, mi jefe, ya no se presentaba él mismo a las casas, ahora contaba con un “equipo especializado de cobranza”, aquí entro yo, por cierto; ahora Don Evaristo aparte de prestamista usurero, líder de transportistas y de la asociación de ganaderos del estado, era, por decirlo así, intocable, pues se codeaba con los grandes, con los caca grande. Y la caca grande apesta.
¡Estoy que me relleva la verga, chingados! ¡Pero estos putos no saben quién vergas soy yo o qué? ¿No saben que puedo mandar a reventarles el culo? Dime, Víctor, ¿por qué a la gente le gusta que la hagan entender a punta de vergatanazos? ¿Eh? ¿Eh? Me queda viendo, de verdad parece contrariado, ¿por qué les gusta que les den una lección a chingadazos?, parte de la hamburguesa está sobre su barbilla. No lo sé, Don Evaristo, supongo que la mayoría somos masoquistas. Silencio. Arranca una hoja, escribe algo, luego raya desesperado sobre ella, la hace bola y la tira a la basura, comienza a carcajearse. Y con lo sádico que soy yo, bola de pendejos. Se medio limpia las manos con una servilleta y me señala, alterado, temblando de coraje, con el índice derecho. Busca al Carroña, y al Chato, van a ir a visitar a Don Mario, me dice. ¿El dueño de la nueva cantina, donde van todos los del congreso? Ese verguita moderfuker, vayan y espérenlo en su casa, no vayan al local, espérenlo ahí en su casa hasta que llegue, generalmente llega como a las cuatro de la mañana, pero ustedes espérenlo toda la noche por si llega antes, van y le dan una leve calentadita para que recuerde su deuda y dile que si no paga perderá ese pinche bar. Demonios, pienso de inmediato, el velorio de Yolanda. Don Evaristo, yo, es decir, mi… acaba de… Tengo asuntos luctuosos que atender, digo al fin. Silencio.
Mira, Víctor, sabes que eres mi perro más fiel y de verdad necesito que estés ahí, sólo en ti confío para este tipo de cosas, me dice, dame la dirección del velatorio y yo mandaré a alguien para que se encargue de todo, yo cubriré todos los gastos. Ni siquiera lo pienso un segundo. Está bien, Don Evaristo, contesto yo, La Pompa Selecta, será en la Pompa Selecta. Excelente lugar, muy elegante, y muy costoso, dice. Lo que usted me paga, Don Evaristo, es suficiente para cubrir los gastos. Perfecto, pero ahora yo me encargo, concluye.
Salgo de la oficina pensando que antes de hacer todo lo que se me ha dicho necesito un poco de salvación, necesito dispersarme, después de tanto abrumo, de tantas sorpresas, total, aún tengo algunas horas. Voy en busca de Marcela.

La vagina de Marcela huele a piel con bronceador de coco tostándose por el sol, a sol que se oculta en el mar, en ocasiones con cierto toque a brisa de espuma. Pero tiene un sabor muy peculiar, potente. Como un buen vino. Un sabor que no va con el aroma. Aquí estoy, olisqueando entre las piernas de Marcela, una compañera de cama, después de haber copulado. ¿Ya antes mencioné mi vicio, mi extraña inclinación? Soy un coleccionista de aromas vaginales, o de paisajes vaginales, ni siquiera sé cómo llamarlo. Sólo sé que desde aquella ocasión, en el cuarto de Yolanda, comencé con mi vocación odorífica. Con las vecinitas del barrio o con las primas que llegaban a la casa, a jugar con mis hermanas, satisfacía mis intereses, mis ansias de olisquear. Varias fueron las veces que me cacharon debajo de las faldas de una niña, con mi nariz hasta el fondo. Fue hasta mi juventud que comencé a registrar, en libretas pequeñas, los nombres de mis amantes y sus olores, sus aromas, a veces no son olores específicos en sí, sino más bien estímulos sensoriales que evocan ciertos estados de ánimo en mí, ciertos lugares, reales o imaginarios. Por ejemplo, tuve una pareja a la que siempre que la olía me sentía transportado a un lugar lleno de agua, es decir, si cerraba los ojos, todo alrededor mío era agua, y ella olía a tierra mojada. No, más bien olía así como huele antes de que va a llover.
Deja de olerme y chúpamela ya, me dice. Ella sabe, ella me conoce. Sabe que después de habérmela tirado tengo que olérsela por un buen rato. Ella consciente mi nariz entre sus dos lubricadas paredes porque le gusta, tambien. Pero le gusta más que me la coma. Sabe que después de olerla querré comérmela. Pero a ella le gusta invitarme siempre, exigirme. Cómetela papito, cómetela a lengüetazos, dice libidinosa. Hundo más mi nariz, rozando con ella el clítoris que va hinchándose cada vez más, doy una potente exhalación y entonces la penetro con mi lengua hasta hacerla alcanzar un orgasmo, incluso más salvajemente que cuando la penetré hace unos momentos. Mientras recibo su miel en toda mi cara, pienso en el velorio, en lo que dirán mis hermanas acerca de mi ausencia. Sé bien que puedo ir ahora un rato, pero, la verdad, es que ni siquiera antes de que Don Evaristo me diera este encarguito tenía pensado estar ahí. Solamente estaré presente mañana temprano, cuando tiremos sus cenizas en el mar, como ella lo pidió. Veo a Marcela complacida, estirándose en la cama. Un cigarrito post coito, dice, para extender el placer. Y pienso en aquello de que cuando hay un velorio, cuando alguien muere, muchos de los familiares, de los allegados, fornican desesperadamente ese día. O simplemente fornican.
¿Dónde has estado todos estos días?, me pregunta mientras enciende el cigarro, ¿qué has estado haciendo? Ya murió Yolanda, le digo de golpe. Marcela me mira como alguien que ve a una canasta llena de gatitos abandonados debajo de la torrencial lluvia. Víctor, no sé qué decirte. Eso es, no esperaba menos de ella, una frase mucho más sincera que el típico “lo siento mucho”. ¿Estás bien, necesitas algo?, continúa comportándose espléndidamente. Todo lo que me podías haber dado me lo diste hace unos momentos, le digo, y ella pinta una sonrisa en sus labios de lo más coqueta. Eso no quiere decir que luego no venga por más redención tuya, mi querida Marcela. Sabes dónde encontrarme, me responde. Me voy a dormir un rato, no quiero estar ahí en estos momentos, le digo, acomodándome en la cama. Supongo que nos vemos al rato en el velorio, dice. No, no estaré ahí, tengo trabajo. Ahora me queda viendo perpleja. Y así la dejo, pues ya he comenzado a dormirme, presiento una noche agitada. Sueño que voy corriendo desesperado por las calles de una ciudad que se está incendiando, una ciudad que huele a sangre.
Me despierto de golpe, con esa sensación de no haber dormido nada, de apenas haber cerrado los ojos unos segundos antes. Pero parece que afuera ya ha comenzado a oscurecer. Marcela está durmiendo a mi lado tan profundamente que no quiero despertarla. Le doy un beso en la frente y me pongo mi ropa. Salgo de ahí para verme con los muchachos, en la taquería de siempre.

El taquero me sirve tres de tripa, dos de bistec y uno de ubre. El Carroña pide otros seis y el Chato dice que ya cenó, pero después dice, bueno pues, mejor sí, y pide ocho de un ramplón; el que ya había cenado. Mientras comemos pienso que Don Evaristo no quiere que vayamos a la cantina pues no quiere que golpeemos a don Mario ahí, que hagamos un escándalo ahí; pero yo podría mandar a uno de estos dos a vigilar afuera del local, mientras con el otro esperamos afuera de la casa. Así, si ese cabrón piensa irse a otro lado, pues es muy sabido que le gusta irse a coger a moteles con alguna puta o alguna clienta ya medio borracha, nosotros lo apañamos y quizá terminemos antes con este pedo y pueda ir un rato a ver a Yolanda.
Ahora que lo recuerdo, sí lloré. Estaba cuidándola. Pasé toda la noche despierto, observándola, dándole masaje en los pies. Un aparato registraba su ritmo cardíaco, su respiración. Estaba llena de cables, con suero, con respirador artificial. Siempre tuvo miedo a que la entubaran. Cuando me pase, si es que me pasa, quedarme en el hospital, no quiero que me entuben, decía, antes de comenzar a decaer. Los doctores dijeron que sufría de una enfermedad, ahora no recuerdo el nombre, pero hace que el corazón, conforme va avanzando el tiempo, crezca más de lo normal. Y eso fue algo irónico para mí, quizá hasta metafórico. Yolanda, la del corazón grande, pensé. Y se lo dije esa noche, en ese cuarto frío de hospital, en voz alta, eres la del corazón grande.
Yolanda siempre fue muy enamorada, después de mi padre vinieron otras parejas más. Siempre vivió la vida con alegría y estuvo siempre en nuestra niñez, pendiente de nosotros, educándonos amorosamente, dándonos todo lo que podía darnos gracias a su trabajo. Después, yo abandoné el hogar desde muy temprano, en la adolescencia, por razones que no vienen al caso mencionar; mis hermanas se casaron pronto, así que Yolanda se quedó sola en la casa. Pero fue precisamente después de que nosotros la dejamos, fue cuando más comenzó a vivir, a salir a donde quisiera y hacer todo lo que le viniera en gana. Siempre andaba feliz. Y en ocasiones no sabíamos dónde estaba. Se fue a Boca del Cielo, a visitar a su comadre, me decía la vecina cuando iba a verla y no la hallaba. Yolanda, la del corazón grande. Ahora estaba ahí, tendida, quieta. Entubada.
Quizá serían las siete de la mañana cuando decidí dormirme unas dos horas, pues sabía que alguna de mis hermanas vendría a suplirme a las nueve o nueve y media. Me acomodé en la silla. Ignoro cuanto tiempo pasó pero, de pronto, un ruido me despertó, era ese sonido, inconfundible, ese zumbido, ese tono que avisa que ya estás muerto.
¡Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii iiiiiiiiiii….
Yolanda había muerto. Y yo estuve presente. No sé por qué, pero nunca me sentí más en complicidad con ella. Era como si, después de tanta agonía, después de tanto dolor (la enfermedad la había acabado, todo su sistema inmunológico se vino abajo, los síntomas se presentaban dolorosos, tenía un tanque de oxigeno a lado de su cama debido a que se le dificultaba respirar, aquella gallarda mujer de pronto se había convertido en una señora flaca, avejentada, decadente), hubiera decidido morir hasta ese día, que por cierto, fue el único que pude quedarme, pues esa noche estaba libre. Más tarde, Berta, mi hermana menor, hizo algunos comentarios que hasta ahora me han hecho reflexionar más al respecto de ellos. Qué raro que muriera mientras tú la cuidabas, ¿no?, igual el infarto pasó contigo, por haberla llevado a comer mojarras, en qué cabeza cabe, dijo. Y siempre que estaba contigo se emocionaba mucho, se agitaba, la agitabas con tu presencia, agregó, ¿qué le dijiste ahí dentro? Y era cierto, ella no debía haber comido eso por su estado de salud. Yolanda siempre se agitaba con mi presencia pero porque platicábamos con mucha emoción, nuestra charla siempre fue intensa. Y ella me decía que eso la hacía sentir viva, nuestras charlas. Las mojarras al mojo de ajo otro poco, también. Ay, Víctor, quizá sea la última vez que coma esto, además, aquí queda entre nosotros, me dijo. Y sí, fue la última vez. Se infartó en pleno restaurante. Y si me llego a morir no te preocupes, habrá sido mi culpa, y, te confieso, si esto se llega a poner más insoportable, más doloroso, a ti sería a quien le pediría que me matara, te lo juro, dijo, luego se río y esa risa fue convirtiéndose en una mueca retorcida. Luego cayó al suelo. La llevé al hospital en mi auto, pidiéndole que resistiera, toda ella era un espasmo permanente, su cuerpo tensado, ojos en blanco, para atrás, no me hagas esto Yolanda, le decía, aguanta un poco más. Y después la hospitalización, una semana de agonía, de aguantar en la sala de espera, de aguantar los reclamos de mis hermanas, ¿cuándo te dignas a venir?, ¿es más importante tu trabajo? ¿Cuándo te quedas tú a cuidarla?
Y ahí estaba ese día, cuidándola. Y era como si ella hubiera estado esperando hasta ese momento para morir, conmigo al lado, en el cuarto, esperando a que yo fuera su cómplice, …a ti sería a quien le pediría que me matara, te lo juro…
Fue entonces cuando lloré. Tranquilamente, sabiendo que sí iba a extrañar a aquella mujer, consciente de la ausencia que dejaba. Pero a la vez consciente de que con el tiempo, con el inevitable pasar del tiempo, se nos iría cada vez más y más. Hasta que todos los que la conocimos, todos los que la pensamos alguna vez, ya no la pensemos más, o hallamos muerto, o nos dé amnesia; hasta que Yolanda sea no más que un nombre pronunciado al aire. Una persona desconocida encerrada en una vieja fotografía.
Chato, pide la cuenta y pagas, le digo, saliendo de mis cavilaciones y pasándole unos billetes. Observo la hora en mi reloj. Las nueve cuarenta pe eme. Miren; tú Carroñas te me vas a la cantina, si quieres te tomas unas cuantas, nomás no te empedes, checas a qué hora sale don Mario y lo sigues, me hablas para que sepamos, el Chato y yo nos vamos a la entrada de la casa, no sé por qué presiento que este cabrón irá a echarse un palo antes de llegar a dormir con su amada y gorda esposa. ¿Entendido?, pregunto. Ellos asienten. Todo listo, el Carroñas toma un taxi y se dirige a la cantina mientras que el Chato y yo abordamos mi auto para ir a nuestro destino. ¿Están buenos los taquitos, no?, le pregunto, mientras enciendo la radio. Simón, pero aun quedé con hambre, dice. No friegues, cabrón, eres un cerdo. En la radio suena algo parecido a un vals.

Yolanda se sienta a lado mío, yo estoy acostado en mi cama. Me revuelve los cabellos y se ríe conmigo. Ahora se para y se pone a horcajadas encima de mi cara, se agacha para que huela. Después brinca hacía un ataúd que ha comenzado a incendiarse.
¡Jefe, jefe, despierte jefe!, me dice el Chato, mientras me zarandea. Suena su celular, jefe, me dice, mientras voy saliendo de mi ensoñación. Oprimo send. ¿Sí? ¡Dónde chingados estás! Es María, gritando furiosa del otro lado de la bocina. Estoy ocupado, hace rato le hablé a Berta y le dije que no podría llegar, tengo trabajo. Es cierto, en el camino hacia acá, había hablado con Berta. No pensé que fueras capaz de faltar, pero por lo visto te vale madres tu propia madre. La imagino hecha una fiera. Mira, María, en serio, no te preocupes, ya se encargarán de todo, le digo. Sí, si ya vino uno de esos monigotes de tu jefe, y le dije que no aceptábamos ayuda de criminales. María, por favor… Y luego viene tu putita esa, ¿qué chingados quiere aquí? Mi celular vibra. María, aguántame un momento, tengo otra llamada. Si me cuelgas, cabrón, ya veras lo… pero oprimo el botón al ver que es una llamada del Carroñas. Sí, ¿qué sucede? Hey, Víc, tienen que venirse para acá, está onda se puso más fea de lo que creen. ¿Qué te pasa?, te oyes agitado, le digo. Estoy bien, estoy bien, pero vengan al motel El Chipilín, ahora está en uno de los cuartos con… mejor vengan para acá. Lo sabía, le digo, ¿pero por qué chingados me hablas hasta ahora?, nos hubieras hablado mientras lo perseguías. Como crees, no se debe hablar mientras conduces, contesta, en tono indignado. No friegues, eres un golpeador nato y te fijas en esas cosas. Es cuestión de moral, mi hermano, es cuestión de moral, me dice. Va pues, ahora nos vemos ahí. Oprimo el botón, para hablar con mi hermana, pero del otro lado se escucha el tono muerto, ya ha colgado. Demonios, digo.
Vamos al motel El Chipilín, al parecer ese cabrón se consiguió a una acompañante, le digo al Chato. Va que va, dice. Oye, ¿cuánto dormí? Pues como unas tres horas, no lo quise despertar porque hasta roncaba. La verdad, tuve un sueño muy raro, le digo, mientras enciendo el carro y luego la radio. Las noticias hablan de un tipo que se ahorcó en un pueblo cercano, debajo del cuerpo desnudo que colgaba del techo se hallaron unos ejemplares del Marques de Sade. ¿Has leído a Sade?, le pregunto. No, no me gusta leer. Estaba loco, le digo. No creo que más que ese pendejo que se ahorcó desnudo. Sí, le digo, mucho más.

¿¡Estás seguro que es ella, cabrón? Te puedes morir por lo que estás diciendo, le digo desesperado al Carroñas. Te lo juro, Vic, en buen pedo, pa’ qué te voy a mentir. ¡Me lleva la chingada!, digo, y lanzo una patada a un bote de basura que se estrella contra una cortina metálica, en la esquina del motel. ¡Puta madre!, grito.
La luz de un farol nos alumbra; el Carroñas, tipo robusto, 34, 35 años, casi de mi edad, se acomoda la chaqueta que hace unos segundos antes le había arrugado por haberlo confrontado. El Chato, 10 años más joven que nosotros, flaco pero macizo, como él mismo dice, sostiene un bat con sus manos, bateando al aire.
¿Qué vamos a hacer ahora?, pregunta el Carroñas. ¿Llamar al jefe?, inquiere el Chato. Ni madres, contesto yo, venimos a quebrarle la madre a este cabrón y eso es lo que vamos a hacer. ¡A huevo!, vociferan ambos, parecen niños contentos.
Hablé antes de mi curioso vicio. Tengo otro (de hecho, tengo varios más, soy tan terrenal como ustedes) Yo golpeo gente. De la manera más sanguinaria, torturamos gente. Quien es un golpeador debe tener la capacidad de poder darle un beso a su hijita por la mañana y por la tarde destripar dedos de otros tipos, como el Carroñas o el Chato, ambos padres de familia. Cuando golpeamos, o al menos yo, cuando golpeo, no escucho nada. No huelo, ni escucho nada. No siento nada. Yo soy el centro nada más. Todo está alrededor, todo gira alrededor de mí. Y la sangre es hermosa cuando brota. Ellos son iguales que yo. Somos iguales.
Entonces, actúo como si yo fuera el traicionado, el humillado. La mujer del jefe. La esposa de Don Evaristo, el tan mentado Don Evaristo, cogiendo con Don Mario, el dueño de la nueva cantina de moda. ¿Quién lo iba a pensar? Saco mi arma de la guantera del coche. Por si acaso. Nunca he tenido que matar a alguien, nunca he matado a nadie. Una cosa es golpear y la otra muy distinta… No ha sido necesario, pues además, para esos casos, Don Evaristo manda a otros tipos. Pero siempre la llevo conmigo, metida entre la espalda baja y el pantalón, por si acaso. Enseñamos unas placas falsas al encargado y le preguntamos por nuestro amigo. Nos dirigimos al cuarto, adentro, la mujer de Don Evaristo puja tremendamente, exageradamente. Recuerdo las palabras de mi jefe: Tú eres mi perro más fiel, Víctor. Tiro la puerta de una patada. Los amantes sorprendidos tratan de esconderse, de ocultar su desnudez, pero el Carroñas ha tumbado de tremendo patadón en los huevos a Don Mario, mientras que el Chato envuelve a doña Sarita, que grita espantada, en unas sábanas.
Llévala para fuera, consíguele su ropa y espéranos ahí fuera, en el auto. El Chato sale con la señora. El Carroñas y yo pretendemos “hablar” un rato con nuestro amigo. Ahora sí que la cagaste mayito, le digo. Mira que cogerte a la mujer de Don Evaristo, y todavía le debes, cabrón. Patada en la boca, tres dientes zafados, labios reventados, hasta me dolió mi pie. ¡No me peguen, no me peguen más!, mañana se lo iba a pagar, ¡lo juro!, gimotea, escupiendo sangre. Mi risa sale tan natural, sin esfuerzo. Ja, esto ya no tiene nada que ver con dinero, mayito. Carroña, le digo. Sí, Vic? Diviértete con él un rato, le diré al Chato que lleve a la señora a su casa, que la lleve en un taxi. ¿Adónde vas tú?, pregunta. A ver al jefe, esto se ha salido de nuestras manos, creo que se necesitan a los otros muchachos. ¿Lo vas a ver a su casa?, vete con el Chato entonces, si para allá van ellos. No, Don Evaristo me dijo que dormiría en la oficina, hasta que yo llegará y le contará cómo nos fue. Don Mario comienza a sollozar. Lo quedamos mirando, ahí tirado, desnudo, sangrando y llorando en el suelo, de lo más patético. Qué cosas, no?, me dice el Carroñas. Qué pinches cosas, le digo yo.

Sé que para este tipo de situaciones se requiere de tacto. Pero, ¿cómo le dices a tu jefe que se estaban cogiendo a su mujer, el mismo cabrón que le debe dinero? Pues así, como es, pensé yo durante todo mi trayecto a la oficina.
Por eso Don Evaristo está ahora que se lo lleva la chingada, mucho más enojado que otras veces. ¡Esa pinche putaaaaa!, ¡si yo la saqué de pobre a la perra! Cálmese, jefe, recuerde su presión. ¡Mi presión me vale madres!; pero yo a esta puta la mato, cabrón, la mato yo mismo. Don Evaristo destruye todo lo que se le interpone a su paso. Luego busca desesperadamente su pistola, dentro de un cajón. Mira, Víctor, qué bueno que la mandaste a la casa, hiciste muy bien, yo a esta perra tengo que matarla. Sí, señor, pero mejor mande a uno de los muchachos, no se involucre, le digo, siéntese y piense mejor las cosas. Pero parece que no me escucha, habla desesperado, como ido. Mira Víctor, pronto va amanecer, te diré qué vamos a hacer, hay que ser rápidos, yo me voy a mi casa y yo la mato a ella. Tú te regresas al motel y tú te despachas a ese hijo de la verga, le das un tiro en la mera frente al cabrón, llévate mi pistola, tengo otra en casa. Me acerco a él, para tratar de calmarlo, trato de hacer que se siente en su silla giratoria, pues ahora sí que ha perdido la cordura, pero me empuja exaltado. ¡Nooo!, grita, tú te vas al motel y me matas a ese desgraciado, le metes un tiro en la frente, yo me voy para mi casa y mato a mi mujer, toma mi pistola. Don Evaristo, sabe que yo no mato a nadie, si quiere le digo a uno de los muchachos que… ¡Noooo!, grita de nuevo. No quiero que nadie más se entere, ¿acaso pretendes que sea el hazme reír de todos o qué? No, para nada, Don Evaristo, pero… Pero nada, Víctor, ya te dije. Te vas al motel y yo a mi casa. Nadie más se entera de esto, sólo ustedes tres y yo, ¿entendido?, pregunta. Yo no le contesto. Me queda viendo directo a los ojos. ¿¡Entendiste!? Aún tengo que ir a la cremación de mi… ¡¡Pero que putas pasa contigo, Víctor!! Te he dado una orden y quiero que cumplas esa orden, me dice. ¡Ve y mata a ese hijo de la verga! ¡No!, le digo firmemente, no lo hare. Tengo que ir al crematorio, van a cremar a Yolanda y luego tengo que ir a tirar sus cenizas en el mar, le digo yo, poniéndome de pie, disponiéndome a salir. Lo siento, Don Evaristo. Y le doy la espalda, dirigiéndome a la puerta. ¡Pero si ya murió!, me dice de pronto, ¿no entiendes que la puta de tu madre ya murió?
Recuerdo a Yolanda, cuando nños, jugábamos con Negro, un perro que teníamos, que era como de la familia. De pronto el perro la mordió y ella le pegó una patada, para después encadenarlo. Que eso te enseñe, Víctor, que hasta el perro más fiel siempre puede morder a su dueño, me dijo. No me puedo mover, siento mareos.
No me mires así, tu madre, al igual que la perra de mi mujer, fue bien puta. No hable así de ella, le digo, usted no la conoció. No puedo mover las manos, ni los dedos, no puedo despegar los pies del suelo mientras lo escucho. ¿Quién no conoció a la putilla de tu madre?, sé de varios rucos que podrían decirte cosas de ella, muy conocida en la ciudad. No puedo moverme. Siento el frío del arma latiendo atrás de mí, y aunque sé que está fría, quema mi piel, como fuego. De pronto ya puedo moverme; y quien tiene ahora un orifico en la frente, es Don Evaristo, que cae de espaldas sobre su silla giratoria. Siento entonces un golpe tremendo en mi pecho. La cabeza comienza a dolerme, se me nubla la vista, veo el arma en mi mano. Siento que algo me sube desde el estómago hasta mi garganta. Vomito con desesperación y luego caigo inconsciente, sobre mis propios vómitos.

Conduzco hacia el mar. Ayer amaneció lloviendo y hoy el sol alumbra voraz desde muy temprano. La carretera hacia el mar es una serpiente de fuego interminable, que me conduce hacia el final… ¿el final de qué? Aún no lo sé. Todo, de pronto, se jodió, me digo. Llamo a María, sé que aun pueden esperarme siquiera para lo de las cenizas. No me contesta, me manda a buzón. Recuerdo bien que la cremarían a las nueve para que se tiraran las cenizas a las diez y media, y así como es mi hermana, sé que todo se hará puntualmente. Veo mi reloj, las diez con quince. Aprieto más el acelerador.
Siempre me agradó la idea de que el mar estuviera tan cerca de ciudad Arisca, a escasos minutos. Solíamos venir de niños, mis hermanas y yo, con Yolanda. Siempre le gustó el puerto, los mariscos, bañarse en el mar. Por eso fue que pidió que tiráramos sus cenizas en la playa de San Benito.
Recobré el sentido en la oficina por el olor penetrante del vómito, que apestaba mucho a cebolla, por los tacos que había cenado. Vi mi reloj. Nueve diez. Me quité la camisa manchada, recordé que siempre traigo una camiseta en el asiento trasero del auto. Dejé mi arma en el suelo pues en realidad pensaba entregarme más tarde a las autoridades, explicaría lo sucedido, por qué me había exaltado, mis razones para haberlo matado, ahora tengo que ver a Yolanda, pensé. Al salir de la oficina, en el estacionamiento, me topé con el Carroñas y otro de los muchachos. ¿Qué pasa, por qué vienes sin camisa y estás todo manchado? Luego te explico qué pasó, ¿dónde dejaste a Don Mario?, le pregunto. Lo traigo en la cajuela, amordazado, dime qué demonios sucede, Víctor. Pero me subí al auto y le dije que él sabía dónde encontrarme, que luego les explicaría a las autoridades lo sucedido. ¿De qué hablas, Vic?, pero arranqué el coche y me fui.
Por eso los veo ahora en el retrovisor, detrás de mí, ya me han alcanzado. El Carroñas viene en una camioneta de la policía, adelante, con ellos. Puedo ver la expresión de su rostro desde el retrovisor.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí, hasta este punto? ¿Cómo, realmente, sucedió todo esto?, me pregunto. Nunca me había sentido tan pequeño, tan insignificante, tan impotente frente al acontecer de la vida. Primero la muerte de Yolanda, todo lo sucedido, cómo aconteció, así de manera tan normal, sin prisas, como encajando todo donde debería encajar desde el principio. Ahora recuerdo las palabras proféticas de aquel doctor, el día de la muerte de Yolanda. ¿Quiere entrar a verla por última vez?
Ahora sé qué nudos se desataron en mi interior tras su muerte. Sé en qué tipo de laberintos he comenzado a meterme a partir de ello.
Llego al lugar de la ceremonia de despedida. Mis hermanas ya están en el muelle, con sus hijos y sus esposos. Bajo corriendo del auto, la policía viene detrás de mí. El Carroñas me grita, lo oigo muy lejos. ¡Detente, Víctor, no lo hagas más difícil! Mi familia voltea por el grito, observan cómo voy corriendo velozmente hacia ellos, con tanta desesperación. Llego justo en el momento en que María está tirando las cenizas hacia el mar, pero los policías también llegan acelerados y chocan conmigo, ocasionando que yo choque contra Berta y esta empuja a María, que a su vez impulsa el recipiente con las cenizas hacia arriba, girando por los aires, cayendo buena parte de las cenizas sobre nosotros, que estamos en el suelo, y parte en las aguas del mar. Siento el polvo que entró a mi boca y comienzo a reírme a carcajadas, ahí tirado, tosiendo escandaloso, mientras mis hermanas se levantan, sollozando, alteradas, y los policías me levantan luego a mí y me ponen las esposas, pero a mí ya no me importa nada, en verdad que para mí ya nada tiene sentido. Y dejo que me lleven, sin ningún escándalo, a la patrulla.

Texto agregado el 12-02-2008, y leído por 173 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
10-06-2008 Oh. Me tardé demasiado en pasearme por tus letras y por mi dscuido, me perdí de variios meses de este relato. Tienes en verdad el don de la narración. Te pregunto sui no has publicado algo. Me mojo nomás de pensar en poder tener un recuerdo de ti en papel bond o kraft o el que sea. Déjame saber estimado sureño y mis estrellas están de más. Excelente relato. Como todos, no puedo dejar de leerlo hasta que se acaba. Asesina_Serial
 
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