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Insomnio

La falta de sueño me ha hecho ver lo que en toda una vida no he visto realmente: aquí no hay montañas, el cielo y el suelo se funden hasta el punto de no poder decir donde comienza el uno o el otro, el sol se mete dentro de la tierra, anaranjado, casi rojizo, y la luna ilumina las noches de este verano que ahora parecen días, eso desde el día en que ese rumor comenzó a invadir los ranchos. Ahora todos esperan despiertos a que el hombre de la camioneta negra llegue, abra la ventana y comience a repartir los fajos de billetes, dicen que lo vieron en los barrios cerca al río, por allá donde no hay Dios ni ley, por los lados de las casas mas humildes de esta calurosa y olvidada ciudad, cerca de esas gentecitas a las que la ley no les llega ni racionada, como el agua potable. Donde la policía nunca se acerca por miedo a que los roben y donde la esperanza no es más que un carro negro a las tres de la mañana que reparte montones de billetes. La gente dice que el "don" se siente tranquilo trabajando de esa manera, con su camioneta negra, sus vidrios oscuros y la compañía de la noche. Yo, que no creo en eso, no pierdo mi tiempo saliendo a recorrer las calles en estas madrugadas que pueden ser mis ultimas, porque para mí es más sagrado dormir que la plata, a esta edad no importa cien mil pesos más o cien mil pesos menos, porque cualquier día será para mi el ultimo, y luchar para quedarse dormido a estas alturas de la vida es una vaina jodida, a veces paso la noche sin pegar el ojo y veo salir de nuevo al sol, por allá entre los moriches.

Todos en esta ciudad andan como locos con ese cuento, unos dicen que es el diablo, otros que es un mafioso con cáncer, que esa plata está maldita, porque es de alguien muy malo que mató a mucha gente y ahora quiere pagar sus pecados repartiendo miseria, porque eso es la plata mal habida. ¡Miseria!. Yo si le decía a mi hija, que no se fuera por allá a buscar lo que no se le había perdido y vea lo que pasó: Con el embeleco de toparse al señor del carro negro que les regala plata, mi hija y el marido se fueron a esperar a un parque; eso fue como hace tres días, recuerdo que me dejaron al chino para que se los cuidara, y entonces se fueron. Dizque se quedaron parados en una esquina bien cerca de los ranchos, que es donde han visto al hombre misterioso, bondadoso e incógnito. En las esquinas cercanas al lugar que ellos escogieron para esperar, había gente con cobijas y taburetes hablando y riendo mientras oían música en radios y equipos de sonido que sacaban frente a sus casas, algunos hasta estaban tomando ron y aguardiente, pero esa noche no se apareció ni un espanto y los pendejos no durmieron nada. En fin, después les tocó andar tomando café espeso al otro día para no quedarse dormidos en el trabajo, pero siguieron empeñados en buscar al señor ese, y me volvieron a dejar al chino para que se lo cuidara, se pusieron sacos mas abrigados, llevaron café en los termos y salieron juntos al encuentro con lo que ellos llamaban “la suerte”.

Yo no se muy bien que paso esa noche pero desde que volvieron, mi hija y su marido están diferentes, no dicen nada, andan despacitico apoyándose en las paredes, ella de repente se pone a llorar y luego cuando me ve, se suena y mira para otro lado, se les ve en la cara una vergüenza y una pena que viene desde muy adentro. Yo los vi llegar esa mañana. Era muy temprano, ni siquiera el sol comenzaba a teñir el alba en el plan, ella entró, tenía un "morao" en la cara y él traía los pantalones embarrados casi hasta la cintura, ambos llegaron con los zapatos rotos, sin saco y sin los termos. No sé que les pasó ni quiero preguntarles, suficiente tendrán ellos con soportarse a ellos mismos, porque anoche no durmieron juntos, se quedaron en la casa desde muy temprano, sin hablar, hicieron las tareas del chino y mi hija se acostó con èl, dejando al marido solo. Yo en cambio no pude dormir, me quedé dando vueltas en la pieza y a eso de las tres de la mañana me paré a preparar un agua de valeriana para ver si me quedaba dormido, pero me acerqué a la ventada y por la esquina vi una camioneta con vidrios de esos oscuros que frenó en seco, luego desde adentro de la camioneta alguien dejó un paquete en la acera, entonces sin pensarlo bajé al primer piso y salí a la calle, caminé hasta la esquina con el viento de la madrugada como único acompañante, paré frente al bulto tendido en la calle y a simple vista parecía un costal de fibra, pero adentro había un montón de billetes, los miré y me dije: de seguro son de juguete... ¡Yo si soy guevón! y me devolví porque el agua de valeriana ya estaba hirviendo.


COGUI THOR V

Bogotá, Una noche cualquiera de febrero de 2008.

Texto agregado el 14-02-2008, y leído por 253 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
25-02-2008 Me gustó mucho. Ella_la_mariposa
16-02-2008 Yo entro el costal… encuentrillo
 
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